OCTAVIO ARMAND: Leer es como abrir puertas

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Johan Gotera (Maracaibo, 1974) entrevistó al escritor cubano Octavio Armand. En este reportaje, Armand apela a una ética del lector, tan importante como la del escritor: "No es lector, no de veras, quien no se deje transformar". Poeta, ensayista, la presencia de lo monstruoso en la escritura de Armand se presenta como metáfora de un lenguaje en constante mutación.

Por Johan Gotera* (Caracas, 17 de noviembre de 2012)

Boccanera

 

Octavio Armand, como ensayista, parece desarrollar en su prosa las promesas del novelista, esbozar el puente por el que fluyen las más extrañas afinidades y ponderar, al mismo tiempo, las menos averiguadas asimetrías. Así se abre paso en la historia de la cultura, para señalar –en  un paisaje aparentemente desorganizado–,  las series de lo dispar y lo coincidente; y desbordar, a fuerza de intuición y erudición, los marcos previsibles del saber institucionalizado. De ahí que Severo Sarduy percibiera en su prosa los atributos del alfil, la audacia de un pensamiento en diagonal, “una pedagogía inédita, abstrusa, sin hilo, constituida toda de espejismos semánticos”, “como si las ideas se sucedieran  en virtud de una similitud invisible”. 

 

Para leer al Quijote, estudia, por ejemplo,  los tratados de psiquiatría del siglo XVII; para llegar a Lezama, tiene en cuenta oscuros significados del mundo egipcio, y para aproximarnos a la geografía naciente de América, recuerda los avances quirúrgicos y anatómicos contemporáneos al  “descubrimiento”.

Audio: fragmento del libro El Aliento del dragón:

 

En el espíritu que recorre su prosa, subyace, sin embargo, el deseo del poeta, la mirada lateral y lúdica que desmiente la organización del mundo y cuestiona sus lenguajes. En el deslizamiento de una sílaba, intuimos, de pronto, la realización de una justicia poética e histórica. Al desorientado descubridor de las indias, le llama en algún momento Cristóbal Locón, poniendo el énfasis en un error que se ha tornado revelador. Para referirse al ex presidente Menen y a su “Menempsicosis” (o la transmigración del alma de un coronel) nos dice, desengañado: “Un talco de bebés para un país decrépito”, y al referirse a su isla natal, recordará la maldita circunstancia de estar rodeada de Marx por todas partes. Así vira sus letras, sus barajas, abismando en esos deslizamientos gramaticales los saberes acumulados en el lenguaje. La etimología como locura, la carcajada culta como salida de emergencia. Así sacude, sin desmantelarlas, nuestras ilusiones nacionales, intuyendo un orden inesperado y secreto para avanzar hacia la fascinante síntesis de lo que somos y no somos.

 

La siguiente es el resumen de una entrevista que tuvo lugar en un café de Caracas a pocos pasos del apartamento del poeta, en donde se le puede ver cada tarde, y fue corregida posteriormente vía correo electrónico.

 

-¿Hay una ética del lector? ¿Quien lee tiene el deber de responder y transformarse ante la exigencia de lo que lee?
Atreverse a leer es atreverse a escuchar cantos de sirena. Arriesgarse a la locura, como don Quijote. No es lector, no de veras, quien no se deje transformar, quien no sea capaz de ser metáfora. Abogo, pues, por una lectura chamánica.
A mí, al joven que fui y que en buena medida sigo siendo, la lectura de Walden me transformó profundamente. Según Thoreau, para ser rico, verdaderamente rico, hay que aprender a prescindir. Traducido a Vallejo esto es exactamente el oro de no tener. Nada tengo contra el dinero. Sencillamente dejó de ser o más bien nunca llegó a ser una prioridad en mi vida. Emerson, Whitman, Gandhi, Martí, la Biblia, Homero, el Quijote ayudaron a orientarme en el norte y sur que ha sido mi vida por fuera y en este oeste que soy por dentro. Si suponemos una ética en el escritor, tendríamos que suponerla asimismo en el lector. De lo contrario, la escritura quedaría a medio camino y como leída a medias. ¿O acaso no nos enseñan nada las metáforas, por ejemplo? La metáfora tal cual, más allá de la contorsión que en determinado giro obliga a que el lenguaje diga más o diga otra cosa, sugiere la posibilidad de una transformación radical. De cada palabra hay que aprender no solo su querer decir sino su querer querer decir. La voluntad de decir, de decir hasta el colmo, puede traducirse en voluntad de ser, de ser hasta el colmo. El lenguaje, sobre todo en el poema, es una puerta. Leer es tocar esa puerta. Si el poema se abre, la decisión de pasar o no, la tiene el lector, cada lector. ¿Qué hay más allá? Quizá paraíso o más infierno.
Jamás olvidar que el poeta o quien se deje guiar por el poeta debe leer pero desatender la advertencia: Lasciate ogne speranza voi ch'entrate. Hay que leer y seguir leyendo, abriendo puertas y abriéndose como esas puertas. De lo contrario, no se llega al cielo. 

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