María Jimena Molina

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(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Presentamos un cuento inédito de la escritora chaqueña María Jimena Molina (Argentina, 1981), que mereció el Primer Premio en el concurso CCU- UNNE por las Letras 2012.

Ulises

Ulises

Hacía calor esa tarde, inoportuno, caprichoso; poco imaginable en otro lugar que no fuera Resistencia. Los estudiantes salían y entraban, agobiados, y sólo algunos lapachos en inminente éxtasis botánico podían dar cuenta de que estábamos en agosto o septiembre y no en enero.


El profesor movió trabajosamente un postigo y entreabrió una de las cenefas de la vieja ventana de su despacho, que emitió un breve quejido de herrumbre al dejar pasar la luz. Sabía que ella vendría. La esperaba a esa misma hora y no solía demorarse.


Abajo, una súbita ráfaga de viento norte calcó el cuerpo de Laura de un lado; luego del otro. Le revolvió el pelo y tuvo que apurar el paso para que el polvo no le dañara los ojos. Saludó a algunas personas en el pasillo, miró distraída el transparente y subió de a dos los escalones que separaban la entrada principal de la Facultad de Humanidades del despacho del profesor.


Golpeó apenas, y entró sin esperar respuesta.


    •    Qué sorpresa, Laura, la verdad es que con este tiempo no creí que vinieras. Pasá, por favor, sentate.


    •    Buenas tardes, profesor. Permiso.


Arrimó la silla de plástico al escritorio, ya sentada, de un salto; lo miró fugazmente para calcular el grado de expectativa, y sin agregar demasiado sacó algunas hojas abrochadas de una carpeta azul y se las extendió como si se tratara de una ofrenda.


    •    Me gustaría que lo lea.


    •    ¿Terminaste el cuento? Mirá que tenés tiempo hasta mediados de octubre, no hay por qué apurarse.


    •    Sí, ya sé. Es que quiero tener tiempo para corregirlo. O para hacer otro. Me gustó la propuesta de retratarnos en el protagonista, creo que tenía mucho para decir.


Laura guardó silencio durante unos segundos, justo los necesarios para que el profesor se enterara del título y la extensión del trabajo. Se acomodó el pelo detrás de las orejas, y apoyó los codos en el escritorio.


    •    Quiero que sea sincero conmigo: vale la pena, o no. No puedo darme el lujo de presentar un trabajo mediocre a estas alturas.


Después de un suspiro, el profesor sorbió un mate y comenzó la lectura. Se reclinó en su asiento, tomando cierta distancia del escritorio. Sus párpados iban de arriba abajo, y al pasar cada página, la mano izquierda parecía acompañar la caída del papel. Se detuvo en algunas palabras del texto, saboreando mentalmente su sonido. En un punto y aparte miró a Laura de reojo, que se mordía las uñas despacito y se apoyaba, descuidada y radiante, sobre un brazo blanco y llovido de pecas. Procuró que ningún gesto adelantara su veredicto, pero una mínima sonrisa lateral se escapó de sus labios cuando terminó de leer.


    •    ¿Y?


Una puerta se cerró de golpe, y el viento comenzó a agitar las hojas formando remolinos con rítmica violencia. Flores rosas, blancas y amarillas, papeles y bolsas de plástico que se sostenían dramáticas en el aire, todo parecía sucumbir a la cálida vorágine. El silbido se interrumpió por un instante, cediendo la palabra al profesor.


    •     A ver… no es el tipo de relato del cual tu hijo podría decir: “¡esto escribió mi mamá!” y correr a mostrárselo a todos, ¿no?


Laura asintió con una risa forzada y se inclinó hacia él, indicando que esperaba lo que había ido a buscar. El profesor se aclaró la voz y prosiguió.


    •    Decime, ¿por qué una sirena?


Un poco avergonzada de su infantil personaje, después de haber escuchado esa palabra en voz alta, Laura levantó los hombros y al no poder o no querer responder, repreguntó.


    •    ¿Por qué no?


    •    Bueno… básicamente porque no es un ser humano. La propuesta no era incursionar en la literatura fantástica. Luego, porque las sirenas históricamente son símbolos de la seducción; y por último, porque no tienen piernas, Laura. No es que no me guste la trama, es interesante, es sugestiva, es… provocativa.


Hizo una larga pausa en la cual se apagó la extraña sonrisa que venía sosteniendo por cortesía.


 


    •     Sólo que… me genera curiosidad el hecho de que tu protagonista, que vendrías a ser vos misma de alguna manera, ¿no?, se niegue al final como mujer y decida permanecer en una situación… digamos… intangible. Virginal. Ni siquiera animalizada: asexuada, o algo así.


Ella bajó la vista y miró al suelo largamente. Se mordió los labios en un gesto nervioso. El piso debía de estar frío, pensó. En días de humedad siempre el piso está frío.


    •    No lo había pensado de esa forma. Bueno, es un claro ejemplo de apropiación textual, ¿no? Cuando el texto sale de uno pasa a ser de quien lo lee.


    •    Justamente, me lo trajiste a mí para que lo lea. Me lo trajiste hoy –y remarcando estas últimas palabras, señaló la ventana sin voltearse-. Creo que quisieras que yo forme parte de esta historia, de la tuya. ¿Cuántas veces viniste a verme, Laura? ¿Cuántas veces me pediste mi opinión sabiendo que soy un auxiliar y nada más que eso?


Un invocado silencio hizo que ambos miraran por la ventana en un gesto unánime. Salieron, se llenaron de todos los olores del viento, se dejaron acariciar por sus dedos ágiles, se interrogaron y se midieron; al reconocerse, recuperaron su lugar en la pequeña oficina.


- Me hacés acordar a las hojas esas.


Antonio pudo ver que subía a sus mejillas, despacio, un color que no le había visto nunca. Se imaginó cómo sería tocarla, sentir su temperatura. Juntar su pelo con las manos y enmarcarle el rostro a su antojo. Descubrir su escala cromática, del blanco más inmaculado al rojo más promiscuo, y que todo se mezclara sin saber qué nombre darle a cada cosa.


Laura respiró hondo, se restregó las manos sobre la falda y con una inusitada valentía derramó un pequeño discurso que pronto le pesaría por su intrascendencia.


    •    Me gustó imaginar el momento en que usted leería eso. Me gusta imaginar lo que ocurrirá después. Imaginarlo, nada más. Creo que la mejor obra de arte es la que no se termina, o tal vez la que nunca sale de la mente de su autor. Tal vez si…


Y no pudo terminar, porque la puerta se abrió súbitamente, como un insulto. Alguien se asomó.


    •    Profesor, ¿ya pasó las planillas de ayer? Hoy deberíamos cerrar las notas.


Antonio movió la cabeza en un gesto afirmativo, y aprovechando la puerta abierta y la mirada ajena, Laura se escabulló de la oficina, golpeando el hombro con la persona inoportuna.


Se detuvo un instante en la escalera antes de bajar, y un intenso deseo de transformarse, mezcla de vergüenza e impotencia, la poseyó por completo. Caminó bastante, perdiéndose en el caos del viento y la hojarasca. Y llegó a su casa.


El profesor contestó algunas preguntas más sin importancia, despachó al visitante e inmediatamente cerró la puerta de su oficina con llave. Observó a Laura marcharse a lo lejos, con esa blanda cadencia que él conocía ya hace tiempo, o acaso había elegido para su propia imagen mental de aquella mujer.


Miró a las personas que se apuraban por entrar a un colectivo, ansiosas por eludir el temporal. Desde el patio interno, a sus espaldas, un perro viejo y sucio que alguna vez había sido blanco aulló con angustia.
Se dirigió hacia el baño, cerró la puerta y permaneció allí varios minutos, ajeno a todo. Como siempre que Laura venía a verlo. Como sabía que ya no lo haría.


Laura vivió otras vidas durante un par de horas. Preparó palabras y objetos que habrían de ser consumidos y olvidados de inmediato. Cerró puertas y días, y cuando estuvo segura de que ya todo dormía, se desnudó lenta, negligentemente, con la ventana y los ojos desplegados. La luz había abandonado la ciudad por completo, sumiéndolo todo en una especie de pronosticada orfandad.


Se sentó en el piso, con las piernas extendidas, y las baldosas heladas le erizaron la piel. Durante largos minutos, se permitió buscarse, encontrarse y reconocerse. Al tiempo que sus pupilas se acomodaban a la semipenumbra, sus manos se volvían deliberadamente ajenas, y su cuerpo caliente, ahora sí extendido por completo, se fundía sobre la mordiente humedad. El tacto regresaba del exilio y paseaba de incógnito, tratando de que no se le notara el paso de los años. Por un instante olvidó su nombre, y sólo recordó una imagen, una imagen incompleta. Su respiración se agitó como las ramas del viejo quebracho, descontroladas allá afuera por aquella violencia que les recordaba que, después de todo, estaban vivas. Fue intenso, doloroso. Fue profundo e inexplicable.


No se oyó caer la primera lágrima, densa y salada; la lluvia había explotado con histeria, harta de reglas y de censura, torturando al techo de chapas.


En un intento de atesorar los resabios de un último espasmo, bañada en lágrimas, o en sudor, o en agua de lluvia, Laura vomitó satisfecha un canto profundo de placer y de nostalgia. Y tal vez haya pensado esa noche que después de todo era un alivio no ser siempre una mujer.

La autora:

María Jimena Molina nació en Villa Ángela, Chaco, en 1981, y creció en la ciudad de Resistencia. Estudió Derecho en Corrientes, y luego de un tiempo de desempeñarse en esta profesión viró el timón radicalmente hacia las letras. Actualmente colabora en la cátedra de Griego de la Facultad de Humanidades, escribe cuentos y más cuentos y es madre a tiempo completo. Ulises fue galardonado con el Primer Premio en el concurso CCU- UNNE por las Letras 2012.