Leopoldo Marechal

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El escritor argentino Jorge Landaburu nos brinda una mirada oportuna sobre la obra de Leopoldo Marechal y nos induce a visitar o revisitar, del mismo autor de algunas de las "novelas necesarias" de nuestra literatura, el ensayo "La autopsia de Creso”. En  su letra profética este texto describe "los principales síntomas de la decadencia que aqueja al organismo comunitario."

Por Jorge Landaburu*

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Es sabido: por su riqueza estilística la obra de Leopoldo Marechal (1900-1970) puede asociarse con la producción de esa discreta minoría de autores que lograron dilucidar en el idioma una promesa de felicidad. Es sabido: quedan testimoniando lo anterior tres novelas necesarias, Adán Buenosayres (1948), El banquete de Severo Arcángelo (1965) y Megafón o la guerra (1970), varias colecciones de poemas, artículos, ensayos, piezas de teatro y uno de los mejores sonetos escritos en castellano, Del amor navegante, que ofrece al menos un verso inolvidable. En efecto, allí Marechal volvió a la tesis de san Agustín referida al posicionamiento amoroso de un sujeto activo (el amante), otro pasivo (el amado) y del nexo que los une, el amor, para expresar un renovado punto de vista y clausurar el soneto de manera categórica: “Con el número Dos nace la pena”.

 

Es sabido que las raíces de la poética de Marechal están a la intemperie y remiten a la antigüedad clásica helénica y latina, una marca epocal, porque si el nombre del cubano Alejo Carpentier surge en tanto coetáneo suyo con similar aspiración (y realización) estilística, es el de Juan Filloy, por ejemplo, el que viene a cuento para ilustrar abordajes de la antigüedad clásica eficaces y creativos, donde pueden dialogar Sócrates y Lenin, como en la novela Ignitus, al tiempo que transcurre el relato de una tragedia griega. Y es sabido: apostar al encuentro, a la formulación y transmisión de una promesa de felicidad, apelando para el caso a la definición de Stendahl de lo bello, implica también asumir una perspectiva de tránsito, de quehaceres y desvelos que se inscriben (y así definen) una tendencia, y de recorridos virtuosos pero inacabables e inacabados. La promesa que se cumple, por mero acceso a la realidad, deja de serlo; entonces encuentra sustento en las realizaciones parciales y en la renovada formulación como promesa, en aquello que se dice y se desplaza para continuar atrayendo a la realidad desde el futuro.

… es Creso el aportante del núcleo de la descomposición; es él quien por abandono de la distribución y agudización de la producción ha minimizado sus funciones de producir y repartir lo producido; y es él quien se ha vuelto un mero acumulador vicioso (...)

 

Leopoldo Marechal colaboró con las revistas Proa y Martín Fierro, fue nacionalista, católico y peronista, padeció los sinsabores del silenciamiento por motivos políticos y recuperó su visibilidad a mediados de la década de 1960. En 1966 publicó Cuaderno de navegación, una colección de ensayos que implicó cierta cortesía, habida cuenta de que allí proporcionaba (desde sí mismo) las claves de lectura y comprensión de su vasta obra. Además en Cuaderno de navegación, al cierre del capítulo sobre Adán Buenosayres, incluyó un juicio para dar cuenta no sólo de su derrotero filosófico y literario, sino también de su autoconciencia en tanto emergente de una situación histórica determinada, y en tránsito hacia otra: “Soy un retrógado –escribió–, pero no un ‘oscurantista’, ya que voy, precisamente, de la oscuridad hacia la luz.” Y con esas palabras (merecedoras de una lectura atenta) aludía Marechal a la decisión de animar un itinerario gradualmente reconocible en su transcurso, cuando no a la de permanecer en un mero procedimiento.

Uno de los ensayos incluidos en Cuaderno de navegación, el titulado “Autopsia de Creso”, contiene la descripción (desbordante de elementos proféticos) de los principales síntomas de la decadencia que aqueja al organismo comunitario.

 

 Metafísico y con explícita vocación religiosa, para el autor de Antígona Vélez la historia de la humanidad es la constatación de una decadencia, de un olvido y de un abandono. La pérdida del sentido trascendente, de las Verdades Primeras –accesibles a través de la Revelación– y de la comprensión de la vida no como derecho sino como deber para con las posibles y diversas manifestaciones del Ser, motivarían la necesidad de un movimiento reactivo y restaurador. Entonces Marechal propuso marchar hacia atrás, hacia la luz, al tiempo que la humanidad, según su perspectiva, lo haría en sentido contrario, hacia la creciente oscuridad. Y esa cuestión trascendió el plano de las disquisiciones filosóficas y devino un registro intenso en el orden social, a tal punto que se hallaría en la base de la opción política concreta que ejerció Leopoldo Marechal en su momento.