El cabo Juan

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(Tiempo estimado: 8 - 15 minutos)

Un relato inédito del escritor boliviano Oscar Martínez.

 

cabo Juan thumbs

Pienso que el hecho de haber ido a los doce años a la morgue para ver lo que quedaba de mi padre, me da una especie de inmunidad al asco y las emociones que producen el contacto frecuente con cadáveres.

Recibo una llamada de la policía: piden hablar con la trabajadora social, -No está la licenciada -le respondo. La voz al otro lado del teléfono pregunta con mucha amabilidad quién soy. -Le habla el abogado de la institución -digo. -Va a disculpar, doctor… -extiende la erre para que caiga en la cuenta de que quiere saber mi nombre. Como es lunes en la mañana, digo mi apellido con fastidio y mala gana.

Se identifica, es el jefe de la división de homicidios, capitán Fausto Nina. Después de un saludo breve decide ir al grano, toma aire y dispara. -Sabe, a horas siete y media de la mañana y por denuncia de los vecinos, los agentes de la división de homicidios Benedicto Mayta y Fernando Aguilar procedieron a realizar el levantamiento legal  del cadáver de un menor “NN” de sexo masculino de aproximadamente quince a veinte años de edad, con características de bebedor consuetudinario que ha sido hallado en posición decúbito dorsal en la zona denominada “Los brujos” con una botella en el recto… y sin ningún otro signo de violencia. -Se le termina el aire en la palabra “recto”, vuelve a inspirar y logra concluir su informe. Su silencio me dice que espera una respuesta, pero yo sólo he escuchado las palabras: homicidios, cadáver, menor, bebedor y botella en el recto. Me hago una imagen de la escena mientras me froto el trasero. No sé qué decir.

-Qué pena -respondo en voz baja.

-¿Pena? Mire Doctor, no sé si será una pena, lo único que sé es que ustedes hacen escándalo cada vez que los levantamos a esos K´olos y no les avisamos. Le ruego que vengan  lo más antes posible a la división de homicidios de la Policía Técnica Judicial del distrito para ver si lo reconocen al muerto. Hasta luego.

Todos los edificios de la policía son verdes y blancos, lo que me hace pensar que eso de la esperanza y la pureza son cuestiones legales o puras mamadas psicológicas.

En la puerta de la PTJ, hay tres cosas que se pueden encontrar eternamente y a toda hora del día: policías comiendo; tipos encorbatados con maletines bajo el brazo hablando con gente vestida de luto y tinterillos que ofrecen llenar cartas y formularios en sus máquinas de escribir portátiles.

Procuro pasar desapercibido y me saco la corbata en la esquina, aunque dentro de mí, sé que eso no va a bastar porque aquí, en el distrito, a los abogados se nos reconoce por estar vestidos como mafiosos italianos buscando nuevos negocios.

El piso del patio de la policía está lleno de grasa mecánica y la gente que la atraviesa anda resbalándose y maldiciendo a todo el mundo. Cuatro oficiales  irrumpen a carcajadas con una bolsa negra, de la cual extraen un pantalón ensangrentado; uno de ellos alarga una manguera y empieza a limpiar el pantalón con un débil chorro de agua. La sangre del pantalón empieza a gotear sobre las manchas de aceite y forma un charco marrón y tornasol. Los otros policías lanzan monedas al aire. Están haciendo una apuesta. El perdedor se lamenta e insulta a sus compañeros que satisfechos sonríen y le alcanzan un par de bolsas de basura que se pone en las manos a modo de guantes y extrae algo del bolsillo del pantalón. Es una billetera: después de hacer varias muecas de asco, encuentra el documento de identidad. “¡Ahistá carajo! me debes veinte lucas, estaba entre treinta y treinta cinco años”. Los otros policías por incrédulos se van a cerciorar de que sea verdad y ofrecen pagarle en otra. Me he quedado parado mirando la escena, por lo que Arminda, la trabajadora social, me llama varias veces por mi nombre. Subimos dos pisos y un letrero borroso nos indica que estamos en el lugar indicado: La división homicidios de la PTJ.

-¿El Capitán Nina? no se encuentra pues, no va a venir. Está en un caso toda la mañana -responde fastidiado y sin levantar la vista un policía chamuscado por el sol, con la nariz guinda y lentes de cristal ámbar, mientras picotea con el dedo índice una viejísima máquina de escribir “Olimpia” que exhibía el código de su inventario en la parte trasera donde se veía la lejana fecha de su inventariado: 09/23/86.