El cabo Juan

el .

(Tiempo estimado: 8 - 15 minutos)

 

En el escritorio algunos papeles desordenados eran aplastados por un platillo con un sándwich de huevo a medio comer que hacía de pisapapeles. El policía, después de ver las identificaciones de nuestra organización, se despabila milagrosamente, identificándose como el oficial de homicidios Mayta.

–¡Claro! El chico que hemos levantado esta madrugada. Parece que se ha desangrado por que le han atravesado una botella por el recto. Aunque puede también que se le haya ido la mano con la clefa o  el trago y se ha congelado. O puede ser todo al mismo tiempo ¡Ja ja ja!

Mayta suelta una risotada ignorando la cara de indignación de Arminda. Se lame el dedo índice de la mano derecha y empieza a hojear un cuaderno escolar de cien hojas, repleto de manchas de grasa y ají donde se lee en tinta azul una lista de los cuerpos encontrados en los últimos días y en el que, en el mejor de los casos, figuraba el sexo, ya que en todos se anotaba “NN” y la edad aproximada.

Nada extraña la indulgente ineficiencia de Mayta que de todo y nada ríe, buscando la mejor forma de congraciarse. De pronto irrumpe en el ambiente una señora que por su aspecto parece una comerciante muy humilde. Carga un niño en la espalda que duerme con un pan chupado en la mano y los cabellos en la boca. Pregunta algo en aymara; Arminda y yo nos miramos las caras ya que no entendemos ni una palabra. Mayta le señala con un gruñido la parte trasera de la oficina que se separa de todo el ambiente por una especie de pared falsa de madera. La señora agradece con lágrimas en los ojos y gimoteando se dirige al rincón indicado. Aparta una silla y empieza a llorar desconsoladamente. “¡Justicia!”, grita varias veces. No alcanzo a ver a quién le pide justicia ni con quién habla con tanta vehemencia. Debe ser alguien importante pienso, seguro es el capitán Nina y este Mayta nos está mamando, maquino. La señora, se suena la nariz se me queda mirando y sin saber que soy abogado me dice: -Ay, doctor, cómo me lo van a hacer así esos desgraciados, malditos, agárrenlo pues. -Me incomodan los hipos sufridos de esa mujer, por lo que resuelvo no responderle y evitar mirarla. Mayta y Arminda conversan y bromean de lo más normal, se ve que para ellos estas escenas no son nada nuevas.

–Cálmese señora, lo vamos a agarrar, vaya no más tranquilita -le dice Mayta como para deshacerse de ella. La señora mete su mano en la profundidad de sus senos desde donde extrae una bolsa multicolor llena de dinero y se marcha sin despedirse. Estoy seguro de que se trata de un tipo de soborno. Algo fastidiado por el hecho de que aparte del dolor y la circunstancia dramática por la que se ve que está atravesando esta mujer, se atrevan a sonsacarle de repente sus últimos centavos, inquiero a Mayta:

–¿Hay que darle plata al capitán Nina para que nos atienda? -Arminda y Mayta no me dan la más mínima importancia y siguen conversando. Levanto la voz:

–Qué si hay que pagar algo para hablar con el Capitán Nina.

Arminda me da un codazo en medio de mis costillas y Mayta se pone serio.

–Ya le he dicho que el capitán no está, joven… perdón, licenciado o doctor… Allá atrás está el cabo Juan, el mejor policía de aquí, del distrito y tal vez del país sino del mundo.

Mayta se pone de pie y le hace un guiño a Arminda.

–¿Lo quiere conocer? -me pregunta. Arminda añade:

–Andá a conocerlo al cabo Juan, bien buena gente es -y suelta una carcajada. Recomponiendo la seriedad me dice: -Andá,  además tarde o temprano vas a tener que hablar con él para algún casito, ¿no ve oficial?

Mayta se vuelve a sentar –Si, joven… perdón, licenciado o doctor… vaya a verlo ahorita que esta desocupadito.

Sospecho que algo raro está pasando, todo ese ambiente de misterio en una oficina mugrosa de la policía  tiene que tener algo de interesante. Siento que ambos me desafían con la mirada; alentado por la incredulidad y la desconfianza que percibo en ellos, dejo mi maletín en el piso y busco palabras que ayuden a justificar mi presencia cuando me encuentre cara a cara con el tal cabo Juan. El corazón me empieza a latir más rápido y siento las manos mojadas. Me acerco decididamente al lugar donde debería estar el mejor policía del distrito, de la ciudad o del mundo, con paso largo y acelerado. A pesar de que no hay más de cinco metros de distancia hasta allá, el tramo parece mucho más largo.  Llego al diminuto recinto donde está el cabo Juan. La silla estaba fuera de su sitio, tal como la había dejado la mujer. Dirijo la mirada al escritorio donde veo un pequeño altar con flores, candelabros y ceniceros. En el medio del altar, una pequeña caja de madera con una ranura posterior que le da apariencia de alcancía, tiene pegado un papel que dice: “CUOTAS VOLUNTARIAS PARA MEJORA DE PROCESOS INVESTIGATIVOS”.

Las velas están prendidas; los nardos se ven radiantemente blancos y frescos.

El cabo Juan y yo nos vemos directo a los ojos, por así decirlo, ya que el está usando unas oscuras gafas estilo Ray Ban; me acerco y veo que tiene los huecos de los ojos llenos de algodón y que entre sus dientes de calaca, fuma un L&M light que le da un aire de calavera autosuficiente y petulante. Su gorra de policía, más que de cabo parece de capitán y un montón de mixtura blanca le da un aire de haber llegado de una fiesta. Claro, soy un completo pelotudo, debería haberme imaginado que el cabo Juan era una calavera; una ñatita, otra más de las oscuras tradiciones de este distrito que empieza a parecerse al infierno.