El cabo Juan

el .

(Tiempo estimado: 8 - 15 minutos)

 

Intento poner cara de estar tranquilo y no hago ninguna pregunta, aunque ya Mayta y Arminda se han reído hasta cansarse. El oficial Mayta me mira desde su silla y me dice:

–Hay que tener fe joven licenciado… perdón, doctor; hay que tener fe. Para salir de la casa hay que tener fe, para trabajar hay que tener fe. Hasta para estar con las mujeres hay que tener fe. Para todo siempre hay que tener fe, sin fe no hay nada. Nada siempre no hay. Si al cabo Juan le pide con fe, agarra ladrones, asesinos, responde preguntas y disuelve maleficios. Todo le avisa en sueños, hay que tener fe. El mismísimo comandante en persona viene a preguntarle al cabo Juan, cuando hay casos graves y el presidente le presiona diciendo que su cabeza va a reemplazar a la del cabo Juan. Por eso, cada viernes se lo trae cigarro importado y trago caro; y el cabo Juan no falla, cumple. Bueno, claro que a la fe hay que ayudarla a veces pues doctor, por eso se piden unos pesitos para comprar cigarrillos y traguito de vez en cuando. No se compra cigarro ni trago con fe pues, es lo malo.

Sigo en silencio avergonzado por mi poca fe. Mayta pide que le sigamos para identificar el cuerpo del niño que estábamos buscando. Yo sé que la morgue no está aquí, está en otro distrito, por lo cual dudo si vamos a tomar un coche para ir a la morgue o qué. Como nadie dice nada, pregunto:

-¿En qué vamos a ir a la morgue? –Mayta, sin parar de caminar junto a Arminda, me responde:

–La morgue está cerrada por refacción, hemos habilitado una morgue móvil, ahí está el cuerpo.

Cómo no sé qué carajo es una morgue móvil, prefiero dejar de hacer de estúpido, me acuerdo de tener fe y no pregunto más. Atravesamos la calle, Mayta se vuelve loco y empieza a gritar:

–A ver, ¡que les he dicho carajo, fuera, fuera, no sean irrespetuosos, no ven que esta es la morgue móvil! ¡Cómo vas a estar vendiendo mandarinas en la puerta de la morgue! ¡Fuera, fuera… ahorita me los voy a cargar!

Fastidiados los vendedores empezaron a esgrimir todo tipo de razones que Mayta no quería escuchar. Al final, cuando levantaron el puesto de mandarinas y maní instalado junto a la puerta trasera de una vieja ambulancia Toyota que estaba siendo usado como anaquel, Mayta sacó un par de bolsas de su bolsillo y me dijo:

–Un poquito atrás, vaya doctor y cuidado con el olor.

Arminda se tapó la mitad de la cara con la chompa, veo que no puedo hacer lo mismo con mi camisa, así que utilizo mi corbata como pañuelo. Mayta pelea más de tres minutos para abrir la puerta de la ambulancia que parece que se encuentra atascada; maldice mientras jala el sujetador de la puerta poniéndose morado de rabia y luego dice:

–Como ya no podemos usar la morgue de la ciudad, tenemos que taquear a todos los cuerpos aquí hasta que la alcaldía haga una morgue, van a disculpar.

De pronto la puerta se abre y el golpe del olor termina de espantar a los vendedores, pero acerca a unos cuantos curiosos a los que no les importa  ese olor a sangre quemada, carne podrida y pescado soleado que flotaba como un vaho espeso por la acera. Mayta trepa a la ambulancia con prestancia. Siempre con bolsas plásticas en las manos, arrincona unos cuerpos que perdieron el orden de caja de lápices en el que fueron acomodados. Esquiva unas bolsas de basura y ropa deshecha. No le importa pisar los cadáveres. Al fin, después de buscar debajo de una pila de cuerpos y acercando con esfuerzo uno menudo pregunta si es ese. Arminda voltea y me mira sorprendida. Así es, lo conocíamos: cuando estaba vivo le decían el Chino Tintaya, un chico de 12 años que trabajaba en los buses que iban a la ciudad y al que siempre se lo veía con bolsas llenas de clefa.

Ahora, el Chino Tintaya ya no tiene la apariencia siniestra que la ocasión ameritaba. Más al contrario y por sus ojos, parecía que de alguna forma estaba enojado por el hecho de que hayamos tardado tanto en encontrarlo. Arminda me dice  al oído:

–Lo tendremos que enterrar hoy, ya está podrido.

Así es, pero el Chino no es el único podrido aquí. Podridos estamos todos. Podridos de la vida y podridos de la muerte. Pienso en las palabras que voy a usar para redactar mi carta de renuncia y huir de ese infierno que se llama Distrito de Rodas. Los curiosos, satisfechos de alimentar su morbosidad, se van, los vendedores de fruta miran de reojo para reacomodarse ni bien nos vayamos. Ayudo a cerrar la ambulancia, Mayta mira su reloj y como ve que ya es hora de almorzar, se va sin despedirse.


foto oscar1El autor:

Oscar Martínez (36 años) Escritor potosino de nacimiento y paceño de adopción. Psicólogo Social Comunitario de la Universidad Católica Boliviana de La Paz, Miembro y colaborador del Colectivo de escritores paceños "Urbandina" y miembro del colectivo literario "La Jauría"  Actualmente prepara su primer libro de cuentos "Cuentos para blancos y otras diatribas".