Polvo de naúfragos

el .

(Tiempo estimado: 13 - 25 minutos)

 

Después, con la tensión apagada y el amanecer demorado, toman protagonismo los detalles que no habían querido ver. Y los amantes, fugaces fugitivos de sus destinos, devienen miembros de una rara cofradía. La de los sin proyecto. Los que tienen la brújula descompuesta y el amor con una vacante. Los que hacen número en una ciudad ajena. Una donde nadie los espera ni los extraña. Donde las posibilidades se convirtieron en oportunidades perdidas. Los de un presente desolado y un futuro que mete miedo.

Ante eso, dos reacciones: la solidaridad, que toma la forma de módica compañía, en una oreja dispuesta –hasta ahí-; o el espanto, el horror que devuelve el espejo que no se quiere mirar. Frente a la segunda solo queda huir, si hay alguien capaz de escapar de sí mismo.

“Perdido en el mar, apenas flotando agarrado a una tabla, si llega a aparecer alguien lo más probable es que también sea sobreviviente de una tragedia”, le gusta decir a Juan, bastante conforme con la imagen que encontró para describir lo que le sucede. Una, dos, mil veces: “polvo de náufragos”.

Conoció a Nora en un sitio de encuentros. Ahí exhibía un perfil atractivo. En realidad, la atractiva era ella. Sargento del ejército, y una de las chicas que anticipan con una especie de desfile, disfrazado de coreografía sexy, la salida de Colón de Santa Fe cuando juega de local.

Su belleza dolía. Las fotos en traje de fajina, armada hasta los dientes y la cara pintada para camuflarse, alternadas con otras de mínimas polleritas y ajustados tops de porrista le despertaban todas las fantasías. Bah, en eso no podía considerarse original: las despertaban en él y en todos los hombres de buena voluntad que habitan el suelo argentino.

Los primeros intercambios fueron tranquilos. Juan es dueño de un sentido del humor algo especial. Trató de desplegarlo para ella: se presentaba como ganador de la Santa Fe-Coronda, especialista de sistemas de armas especiales y hasta como veterano conocedor de los secretos de la pesca en el Paraná.

La chica reía mucho con él, y empezó a contestar sus mensajes de manera cada vez más animada.

La fecha 11 del Torneo Clausura del Fútbol Argentino enfrentaba los clubes de sus amores. Juan puso en la mesa varias apuestas. Todas eran divertidas. Lo más importante era que con cualquier resultado terminaban paseando juntos.

Nora se mostraba más lanzada y decidida. Y en la semana previa sus respuestas fueron subiendo de tono: a los románticos paseos por la costa los cambió por cenas en su casa; y los tres resultados posibles generaban variantes como vestido violeta mínimo y flor en el pelo, tanguita roja y negra o ropa de fajina.

Llegó el día del partido.

Esa mañana bien temprano estaba firme en Retiro (firme y bien temprano, se rio al pensar que ya no le desagradaban tanto las costumbres castrenses), listo para abordar el Chevallier que lo depositaría a tiempo en Santa Fe.

Fue leyendo “Ciri, el buscapiel” durante el viaje. El libro compila las crónicas de un personaje, un buscahistorias, un narrador de la vida cotidiana, un biógrafo de la gente de a pie.

En destino bajó entusiasmado. Le pareció compleja la combinación de colectivos que planteó un viejo lustrabotas. Prefirió un taxi para llegar hasta la casa. Quedaba en las afueras de la ciudad. En un barrio de casitas parejas, probablemente de compañeros de arma.

Decidió dar una vuelta a la manzana. Un poco para tranquilizarse, calmar la ansiedad que le alborotaba la piel y para familiarizarse con el barrio de su amiga. Le gustaba imaginar historias. Siempre jugaba a eso, a reemplazar con su imaginación los huecos de las vidas de los demás. A buscarles pasados, parejas, profesiones, familias, sueños, pasatiempos.

Estaba en eso cuando llegó a la puerta. Un jardín prolijo pero despoblado separaba la casa de la vereda. No había timbre afuera. Abrió la verja baja y caminó por el camino de cerámica roja que llegaba hasta la puerta. Un cuzquito bajo, marrón, ladraba de desde una reja lateral.

Se propuso tocar un solo timbre, pero sólido. Muchas veces, con afán de no molestar hacía uno tan corto que no llegaban a escucharlo. Luego, ante la tardanza, no sabía si volver a tocar, o no. Por lo tanto, esta vez sería un único sonido, pero nítido; con determinación que disimulara su inquietud.

Se escuchó un “ya voy” animado, de una voz joven. Eso lo tranquilizó. Nora abrió la puerta, tan hermosa como en las fotos. Su sonrisa, plena, comenzó a ensombrecerse en una mueca.

-Vos no sos Juan de Mar del Plata ¿no?

-No… pero una vez me saqué una foto con los lobos marinos, no sé si con eso aplico -su sentido del humor apareció otra vez, aunque no alcanzaría para salvarle la tarde.

El encuentro tuvo una forma muy distinta a la deseada.

Ingresaron a la casa y navegaron la incomodidad con unos mates. A algunos silencios incómodos, fruto de la decepción de los dos, los superaron con gran dosis de franqueza. A Nora la soltó mucho la descripción burlona que Juan hizo de él mismo, caricaturizándose en viaje a una cita que no era suya.

-Preparé una torta- dijo, más para salir de la situación que por verdadera amabilidad. Él también se sirvió de la excusa. Con la boca llena de bizcochuelo y dulce de leche los silencios se alivianarían un poco.

-Yo renuevo los mates, déjame cebar a mí- se ofreció Juan. Tomo la pava casi vacía y el porongo lavado y arrancó con ellos decidido para la cocina. Era grande, con viejos azulejos celestes. Una ventana daba a un jardincito trasero. El pasto estaba bastante quemado por el frío y muy raleado a los costados. Se ve que el perrito usaba los bordes de las medianeras para ir y venir, ladrándole a los ruidos de los vecinos, a los autos, a los aviones, a la luna. En medio del parquecito había una calesita infantil, esas de bancos de madera y un manubrio metálico. Más atrás, un limonero escuálido y un par de rosales deshojados. Al fondo, apoyados contra la pared, un cuartucho para trastos, una parrilla que llevaba tiempo sin ver la carne y una mesada. Tres o cuatro alambres cruzaban todo el ancho del terreno. Uno tenía colgado un par de toallones y un jean.