Polvo de naúfragos

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(Tiempo estimado: 13 - 25 minutos)

 

El agua tardaba en calentarse. Juan tenía todo el tiempo del mundo. En el estante de un aparador marrón había una descolorida foto familiar. Un matrimonio en traje de baño con una nenita posaban delante de lo que seguro era un balneario de Córdoba. Se apoyaban los tres en un 504 rojo que seguramente los tenía muy orgullosos. El papá de Nora -el de patillas debía de ser su papá-, tenía el pelo oscuro y abigarrado. Juan reconoció que cada vez estaba más pendiente de ese tipo de detalles capilares, desde que la caída del suyo se hacía cada vez más indisimulable, sobre todo para él. La mamá estaba sonriente, enfundada en una malla enteriza naranja. Llevaba el pelo castaño claro recogido con una vincha blanca. Los anteojos de sol no alcanzaban a esconder la expresión de su rostro. Felices los tres, en unas vacaciones largamente esperadas. Norita, de unos tres años, sostenía un balde y un rastrillito. Parecía un equipo más pensado para la playa que para un río serrano, pero la mirada de la nena hacia un costado fuera del plano, y el brazo de la mamá que la contenía para la foto, denotaba que ya existía un proyecto de obra, de todos modos.

Cargó la yerba de una marca que no conocía. Le puso un par de cucharadas de azúcar en el fondo del mate y se tomó la libertad de cortarle un poco de cáscara a un limón de la mesada de granito gris.

Preparado, volvió al pequeño comedor. La cara de Nora ya estaba más suelta. Siguieron un buen rato con las bromas del viaje, el mate y la torta.

-Tendría que darle de comer a Bichi.

-¿A quién?

-A mi perro, por eso debe ladrar tanto el pobre. No come desde ayer.

-¿Qué le das?

-Alimento, es lo más cómodo. En la semana estoy poco en casa y es más fácil ¿vos tenés?

-¿Alimento? No, no traje, no sabía que tenías mascota.

-Ja, no tonto. Si tenés perro.

-No, vivo en un depto. Una cucaracha tengo, pero ella se encarga de su almuerzo, ya estamos todos grandes en casa.

-Ja, sos un loco. Te reconozco. Hablás como escribís cuando chateás. Sos divertido.

-Sí, pero no soy de Mar del Plata…

- Ufa, dale. Acompañame a darle de comer al Bichi.

-¿Ataca?

-Ja, es chiquito el pobre. No puede atacar a nadie.

-No me fío, decime dónde está tu arma, por las dudas…

-Ja, dale, vení. Acompañame.

Andaba con hambre, Bichi. Le dedicó su atención unos dos o tres segundos, no más, hasta que los primeros granos del balanceado comenzaron a caer en su cacharro.

-Tengo que dedicarle más tiempo a este fondo, mirá cómo está.

-Lindo está.

-Descuidado, si lo hubieras visto antes.

-¿Cuánto antes?

-Cuando lo mantenía mi vieja. El pasto estaba reverde.

-Bueno, no es la época ¿no?

-Igual, ella lo tenía siempre bien… y las flores.

-¿Qué pasó con tus viejos? -se animó a preguntar.

-Murieron los dos. Fue un accidente, en la ruta

-La cara de Nora se empañó.

-Lo siento mucho.

-Sí… gracias, qué sé yo. Fue hace mucho, y no tanto. Unos seis años… siete casi. Pero los extraño igual.

-Aunque fueran setenta, los seguirías extrañando.

-Sí. Si vieras cómo tenía mi viejo este cuartito. Era un loco de los asados. Los findes esto estaba lleno de amigos. Nos la pasábamos arriba de la calesita con mis primos –mientras lo decía, acariciaba los banquitos de madera con la misma ternura que le había dedicado al perrito un rato antes-. No sé, siempre digo que tendría que sacarla, pero es un trastorno. Además…

-¿Además?

-No creo que me haga mal acordarme de esos tiempos. Era todo tan… no sé qué palabra usar. -¿Feliz? -No. Bueno, sí, era feliz, me doy cuenta ahora. Pero creo que en aquel tiempo… no sé, era fácil ¿entendés?

-Creo que sí.

-Los problemas ¿cuáles eran, tener prueba al otro día? ¿Qué se acabara el fin de semana y tener que volver a la escuela? Cómo los cambiaría.

-Y los de ahora… ¿cuáles son?

-Si te cuento te vas a perder el partido.

-No importa.