Polvo de naúfragos

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(Tiempo estimado: 13 - 25 minutos)

 

Nora se quedó callada. A Juan le pareció que sus ojos se estaban llenando de lágrimas. Los entrecerró. Estaba seguro de que en su cabeza desfilaban las imágenes de este mismo lugar, en otros tiempos y con otra gente. Se sintió de más, un colado en la reunión de otros.

-¿Querés dar una vuelta?

-Hace mil que no me subo.

-Por eso, subí que te llevo, vení.

La expresión cambió. Se puso dura, incómoda. Si hubiera bajado un plato volador en su jardín ella habría subido con la misma actitud. El artefacto rechinó por la falta de uso y aceite, pero el mecanismo se puso en marcha, lenta al principio –Nora no ayudaba con el manubrio, el viaje era solo tracción a Juan- pero fue ganando ritmo. El vientito desordenó el pelo largo y despejó los temores. El rechinar del buje gastado fue tapando los sollozos. A la hora de los ruidos también Bichi hacía lo suyo, ladrando alrededor de ese socotroco hasta ahora inmóvil. Era la misma Norita, más grande sí, claro, pero pudo reconocerse en su esencia. Un poco machucada por la vida, con más experiencia, pero la misma persona. Y por un rato, ese pasado dejó de ser carga para convertirse en patrimonio, en bagaje. Se bajó de la calesita como quien sale de un bautizo profano.

-Vamos adentro. Sigamos con los mates ¿no querés más torta?

Sacó un álbum de fotos para documentar el feliz pasado de su jardín y puso un CD de cumbia colombiana. Juan no necesitaba chequearlo, estaba seguro de que todos los jardines tenían pasados auspiciosos. Pudo confirmarlo: ahí estaban todos. Entre muchos otros podía reconocer al de las patillas atendiendo una parrilla generosa, arropado con una camiseta de Colón con el dos en la espalda, la nena del balde y la linda mujer, esta vez sin anteojos, con una mirada muy parecida a la que ahora tenía adelante. La calesita había funcionado como nave del tiempo.

Muchos cumpleaños. En ellos pudo otear cómo la nenita fue dejando el balde hasta convertirse en una bella adolescente, algo flaca, vestida de princesa para bailar con el de patillas en saco y camisa.

Se dio cuenta de que los cumpleaños dejan una huella notable para cualquier investigador, hasta para los más chambones. Las bebidas fechan el acontecimiento con gran precisión. Si bien Nora no tiene los años suficientes para alcanzar marcas desaparecidas –como en los suyos, donde aparecen las crush, la neuss, o las tab- las formas de las botellas y los logos marcan la era. No lo había pensado antes, pero notó que la evolución en materia de bebidas no es acompañada por los platos. Las papas fritas, los sanguchitos de miga y los demás bocaditos no evolucionan al paso de las gaseosas.

Las fotos, y los diques que habían cedido en la charla los relajaron completamente. Nora estaba cómoda con él. Podía percibirlo hasta en los movimientos de su cuerpo. Sobre el sofá, demasiado mullido, sentada sobre una de sus piernas hizo un detallado (demasiado minucioso para Juan) recuento de los últimos años. De todos modos, la escuchó atento. Habló de su soledad, otra vez de la pérdida de sus viejos, de los años de su internación en el neuropsiquiátrico, de los cinco chicos de la calle que sostenía de manera informal. La vida, que no es fácil para nadie, había estado encarnizadamente cuesta arriba para ella. Las huellas de ese tránsito estaban a flor de piel, ahí nomás. Se acurrucó más para llorar amargamente mientras él le acariciaba el pelo.

Juan, confundido y tocado, le recordó dos frases hermosas de tipos horribles: “Todo pasa”, y “los días más felices son los que quedan por venir”. Logró consolarla un poco –eso creyó él- actuando una fe que había perdido.

-Ya está por arrancar el partido ¿querés verlo?

Él soltó un “mejor no, otro día” sin mucha convicción.

Tras otra rueda de mate, corta, quedaron en hacer un café en Buenos Aires, cuando Nora fuera a visitar a su tía, la que vive en Congreso. Se despidieron con un abrazo sincero y largo, que les hizo bien a los dos.

Se alejó caminando por las calles del barrio extraño. ¿Y si se quedaba, si empezaba de vuelta en otra ciudad? ¿Con Nora?

Entró en un bar viejo. Mesas de fórmica desvencijadas, una barra recubierta con madera machimbrada. Estanterías con botellas raleadas cubiertas de polvo, una mesa de billar y al fondo un televisor. Jugaban dos muchachos, uno con la camiseta de Colón, otros dos tomaban cerveza en una mesa cercana. Festejaban el triunfo parcial: dos a cero. Pensó en repetir ritual que traía desde la época de la secundaria. Era un remedo de prácticas aprendidas en Los Tres Chiflados. Cuando a Larry le dolía una muela, Moe lo solucionaba dándole un feroz martillazo en los dedos del pie. Entonces consultaba “¿qué te duele?”, “¡El pieeeee!!!” aullaba Larry. “¿Ves? Te curé la muela”, “… pero me duele el pieee!”. Acto seguido Moe le retorcía la oreja con una pinza, mientras preguntaba “¿y ahora?”.

De adolescente, cuando tenía alguna pena importante, se comía una fugazzeta entera en Soria, la vieja pizzería de Bolívar y Belgrano, en Ramos Mejía. No fallaba. Al día siguiente el ataque de hígado era atroz, capaz de empañar cualquier dolor. No era muy sano el método, sin dudas, pero trasladaba el foco de atención eficazmente.

Pensó en provocar a los del billar, meter un comentario sobre el promedio del descenso, y si ni con eso se enganchaban preguntar por la inundación. -Con eso me hago fajar seguro–, se convenció. El descuento llegó rápido.

Estaba en eso, dándole vueltas al asunto, cuando lo distrajo el dueño del bar.

-Estos de Vélez son unos pelotudos –afirmó mientras arrimaba un cortado. Era un gordo con la camisa abrochada en un único botón. En la panza marrón y peluda, bien acomodado, entraba un lechón entero.

-Sin dudas, por lo menos uno que conozco es el campeón -asintió.

Bien, un día tenemos que perder –pensaba- pero la actitud es buena. Miró medio de reojo el partido de billar, no entendía mucho. Habría querido conocer el juego. Le gustaba a su viejo, y jugar con él las tardes de sábado era una ilusión guardada.