Polvo de naúfragos

el .

(Tiempo estimado: 13 - 25 minutos)

 

Los flacos estaban bastante distraídos, el partido que arrancó con fiesta se embarraba. El billar quedaba cada vez más de costado al tiempo que ganaba protagonismo el fútbol. Y en él, los de Liniers apretaban cada vez más.

-¡Penal! -gritó sin darse cuenta. Los cuatro y el gordo giraron hacia él con mala cara – Cobró penal el hijo de puta de Bassi -simuló. Lo logró parcialmente, pero sabía que tendría que cuidarse luego de la ejecución.

El uruguayo López la mandó adentro.

-¡Ta que los parió! -gritó el más flaco, agitando el taco.

-Sí, sí, la puta que los parió -sostuvo Juan, ambiguo, e hizo el gesto de otro cortado. El gordo lanzó un chistido fuerte, luego gritó “Gisela, Gisela, ¡¡Giselaaaaaaa!!!”, la panza se movía mientras gritaba, era un ventrílocuo que se había comido el muñeco.

Una chica desgarbada, con cara de aburrida, entró desde una puerta angosta que separaba el bar de una vivienda trasera. La puerta tenía una cortina para moscas a tiritas plásticas rojas y negras.

-Preparale un café al… señor. Yo quiero ver el partido.

El ambiente se caldeaba.

Tardó bastante en traerlo. Mientras lo servía el Burrito Martínez la enganchó para afuera y sacudió de zurda poniendo a Vélez al frente.

Los gritos de los tipos sobresaltaron a la chica. El temblor de sus manos delgadas derramó café en el platito.

-Uy, traigo otro.

- No dejá, todo bien –dijo- y cobrame.

Ya había oscurecido. Ni un alma por la calle, menos un taxi. “Cuánto tardaré en llegar caminando a la estación”, se preguntó.

Centro desde la derecha, Nanni mete un pase de pecho que a Maradona no le saldría, el Ro Ro fusila a Pozo.

Todo Vélez se fundió en un abrazo, los jugadores y el banco se convirtieron en un borbotón de euforia. La gente en la tribuna no paraba de saltar.

Juan se acordó de su Viejo, lo imaginó a los saltitos en el living de su casa, yendo hasta la estatuita de San Roque para tocarla otra vez, como al inicio de cada tiempo –la cábala de todos los partidos- agradeciéndole la manito. Es el patrono de su pueblo en España, Lagunas de Somoza, pero su influencia celestial alcanza hasta donde el Fortín se presente.

El de la camiseta de Colón rompió el taco contra el borde de la mesa. El dueño del bar salió disparado desde el mostrador a las puteadas. Los otros tres alcanzaron, apenas, a pararlo. La chica gritaba pidiendo una calma que no tenía.

Definitivamente no es momento para aplicar el método Moe –concluyó.

Final del partido. Imagen de Mohamed, el técnico de Colón, en primer plano.

-Metete el toscano en el culo, forro –propone el del taco–, ¡¡quién te enseñó a hacer cambios, gordo gil!!

-¡¡Por qué no te fumás esta, tragaleche!! – coincide el dueño con el de la camiseta de Colón, mientras se agarra debajo de la panza.

-¡¡Papá!!

-¡Y qué querés, Gisela... si es un secaplanta el boludo ese!

Decidió irse, saludó con un gesto y salió por la puerta de la ochava. Los tipos ni lo miraron, enfrascados en su tragedia futbolera. Arrancó para la terminal.

Llegó bastante fácil. Se ubica bien aún entre calles desconocidas.

Sacó un pasaje para Buenos Aires y esperó la salida de su micro en el buffet de la terminal. En la tele sin volumen jugaba River.

Se acordó de que tenía hambre.

-Una milanga vendría bien –calculó. Si se confirmaban las dudas que el aspecto de una napolitana solitaria despertaba bajo la campana del mostrador y sobrevenía un ataque de hígado, tendría muchas cosas para olvidar de esa noche. No se animó. Tal vez, se dijo, fuera el primer indicio de la vida nueva.

No faltaba mucho para su horario de salida y trató de apurarlo llegando antes a la plataforma. No importaba si no se ponía en movimiento, los viajes comienzan al subir al ómnibus y él necesitaba que el suyo empezara de una vez. Tampoco Buenos Aires lo esperaba con los brazos abiertos, sabía, pero lo de Santa Fe fue demasiado para un día. Pocos minutos después el doble piso comenzó a desplazarse pesadamente. Otros suburbios pasaron por las ventanillas que pronto se hicieron noche oscura. De vez en cuando alguna estación de servicio desolada, un caserío aislado, una gomería, una parrilla, el sueño.

Despertó confundido. Probablemente la posición no fuera la mejor para sus cervicales y el dolor de cabeza ya amagaba lo que vendría. Devoró el sandwich de miga y el alfajorcito, que había dejado muy atrás sus mejores épocas. De todos modos, serían base suficiente para dos aspirinas.

El narigón de anteojos que estaba en el asiento contiguo, del lado del pasillo, esperaba la oportunidad para conversar y no la desaprovechó.

-Dan sueño estos viajes ¿no?

-Seee.