Polvo de naúfragos

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(Tiempo estimado: 13 - 25 minutos)

 

-¿Vas para Buenos Aires? ¿sos de ahí?

-Sí sí -se dio cuenta de que la repetición quedaba redonda, esta vez. Lo empezaba a preocupar la locuacidad de Nariz.

Sacó el libro de la mochila y trató de que su cabeza se volara con la lectura, y de que el gesto fuera bien decodificado por su compañero de camino.

-¿Te gusta el aceite de oliva?

-¿Queeé?

-Aceite de oliva ¿te gusta?

-No… no mucho en realidad, prefiero el de maíz para las ensaladas –era, a su criterio, la charla más disparatada de su historia.

-Ahhh, sí, hay gente a “la que le pasa eso”. Yo estoy representando una marca de Mendoza.

-Bien.

-Sí, muy bien. 18 pesos el litro te sale. Y te la mandan por un transporte en bidones de 5. De primera primera ¿eh? De la que va para afuera.

-Sí, no pero… no uso. Y con 5 litros aparte, tengo para todo la vida, es mucho.

-Claro ¿vivís solo? –ahí se dio cuenta que había entregado un dato innecesario, que había reavivado la charla.

-See

-Andás por los cuarenta ¿no? –Cómo hago para callar a este, qué producto me va a ofrecer ahora ¿podré leer?

-Sí.

-¿Creés en Dios? –Uh, la puta que lo parió, lo que me faltaba, cuánto falta para llegar.

-No, no. Bah, dudo. No sé. No pienso mucho en esos términos.

-Soy de Entretiempo ¿sabés qué es?

-No.

-Es un grupo. Varones de nuestra edad nos juntamos ahí. Como si fuera un partido ¿viste? Ahí vemos cómo vamos a jugar el segundo tiempo de la vida. Es un fin de semana, nomás ¿no te interesa?

-Mirá, te agradezco, pero por ahora paso.

-Los tiempos son los de El Señor. Yo te dejo una tarjeta, y no tenés más que contactarme.

-Dale, gracias.

Intentó un gesto desesperado, aunque sabía que tenía pocas chances. La luz del micro era mortecina y ya no daba para la lectura. Si prendía su foquito y se enfrascaba en el libro, tal vez Nariz se llamaba a sosiego. Pero los focos de lectura individuales no funcionan nunca. Tenía pocas chances en ese micro de mierda. Tras el click, llegó el haz salvador.

-¿Vas a leer?

-Sí, me gustaría, un rato, hasta dormirme –ya ves que no tengo en cuenta en ningún plan.

-Ah, bueno. Te dejo tranquilo entonces.

A los pocos kilómetros no pudo sostener la promesa.

-Disculpame ¿tu nombre era?

-Juan

-Juan, sí ¿viste los datos de la tarjeta? Los de Entretiempo…

-Sí.

-Si llegás a cambiar de idea con lo del aceite, también podés contactarme a esos.

-Ah, dale, bravo, te llamo ahí también.

-Sí. -Bien, gracias.

Volvió a meterse con el libro. Por un rato, una imagen llenó sus pensamientos. Los imaginó a todos en la calesita de Nora. A ella, al Bichi, al gordo del bar, a Gisela, a los cuatro sabaleros, a Nariz. Los ponía a dar vueltas a todos, y que el milagro volviera a dejarlos en sus mejores tiempos.

Una fábrica muy iluminada y un hotel de ruta lo hicieron regresar a esta dimensión. Volvió a concentrarse a en el libro.

En sus páginas, Ciri no paraba de preguntarse “¿A cuánto cotiza un poco de ternura?”.

Cuántos estaban, esa noche, detrás de la respuesta.

 

 

 

alejandro-perandonesEl autor:

Alejandro Perandones es un periodista que creció (hace mucho) en el conurbano, al oeste de la Ciudad de Buenos Aires. En distintos roles, también como guionista y productor, participó en numerosos proyectos alternativos (perdiendo plata) en distintos soportes (agarra lo que venga).
Actualmente se gana la vida (mejor pongamos empata) como analista de contenidos, mientras reincide con el portal de noticias www.meridianoactual.com