Polvo de naúfragos

el .

(Tiempo estimado: 13 - 25 minutos)

Un cuento inédito de Alejandro Perandones*

 

cabo Juan thumbs

sabaleritalinda: y si gana veles? – nunca aprendió a escribirlo con z. Lo del acento, a esta altura, le parecía un lujo asiático. -Mejor, si es un poco tonta mejor-se decía. Si fuera más piola no le daría bola a él.
el_salmon: si gana Vélez te ponés lo que yo quiera

sabaleritalinda: y que queres que me ponga

el_salmon: la tanga que usás en la cancha

sabaleritalinda: ja

el_salmon: …

sabaleritalinda: y arriba

el_salmon: arriba qué

sabaleritalinda: que me pongo arriba 

el_salmon: arriba no te pongas nada

sabaleritalinda: ja

el_salmon: …

sabaleritalinda: tas loco

el_salmon: por vos

sabalertitalinda: corazonsito! –cómo puede estar tan buena una mina así de bruta.

el_salmon: …

sabaleritalinda: daleee que me pongo arriba

el_salmon: te llevás la ropa de fajina a tu casa?

sabaleritalinda: si

el_salmon: entonces ponete la camisa que tenés en la foto

sabaleritalinda: que foto

el_salmon: donde estás con dos amigas en el tanque de guerra

sabaleritalinda: esa queres?

el_salmon: sí ¿podés conseguir el tanque el finde?

sabaleritalinda: jaja

el_salmon: si no podemos tener el tanque ¿tendremos guerra?

sabaleritalinda: jaja estas cada día más loco

el_salmon: es que vos estás cada día más linda

sabaleritalinda: sos un amorcito…

el_salmon: ¿podrás tener un casco?

sabaleritalinda: es difícil, no lo podemos sacar. Aparte me arruina el pelo. Me lo tengo que recoger

el_salmon: déjame a mí eso

sabaleritalinda: que

el_salmon: lo de recoger

sabaleritalinda: ja sarpado!! –lo de las eses es una batalla perdida.

el_salmon: es el amor, me pone así

sabaleritalinda:

Sale frecuentemente -no tanto como le gustaría- con mujeres que conoce por Internet. La rutina es siempre la misma: arranca aburrido, con ánimo de llenar horas vacías y casi siempre, una persona sin cara, sin pasado, sin nombre, se instala un tiempito como alguien especial. Una mujer con quien, si no se alcanza a soñar, se pueda al menos espantar el tedio de las noches sin plan.

Cuando los encuentros se concretan transitan por los mismos libretos: una magia simulada, cierta empatía a empujones, a veces una intimidad prematura.


 

Después, con la tensión apagada y el amanecer demorado, toman protagonismo los detalles que no habían querido ver. Y los amantes, fugaces fugitivos de sus destinos, devienen miembros de una rara cofradía. La de los sin proyecto. Los que tienen la brújula descompuesta y el amor con una vacante. Los que hacen número en una ciudad ajena. Una donde nadie los espera ni los extraña. Donde las posibilidades se convirtieron en oportunidades perdidas. Los de un presente desolado y un futuro que mete miedo.

Ante eso, dos reacciones: la solidaridad, que toma la forma de módica compañía, en una oreja dispuesta –hasta ahí-; o el espanto, el horror que devuelve el espejo que no se quiere mirar. Frente a la segunda solo queda huir, si hay alguien capaz de escapar de sí mismo.

“Perdido en el mar, apenas flotando agarrado a una tabla, si llega a aparecer alguien lo más probable es que también sea sobreviviente de una tragedia”, le gusta decir a Juan, bastante conforme con la imagen que encontró para describir lo que le sucede. Una, dos, mil veces: “polvo de náufragos”.

Conoció a Nora en un sitio de encuentros. Ahí exhibía un perfil atractivo. En realidad, la atractiva era ella. Sargento del ejército, y una de las chicas que anticipan con una especie de desfile, disfrazado de coreografía sexy, la salida de Colón de Santa Fe cuando juega de local.

Su belleza dolía. Las fotos en traje de fajina, armada hasta los dientes y la cara pintada para camuflarse, alternadas con otras de mínimas polleritas y ajustados tops de porrista le despertaban todas las fantasías. Bah, en eso no podía considerarse original: las despertaban en él y en todos los hombres de buena voluntad que habitan el suelo argentino.

Los primeros intercambios fueron tranquilos. Juan es dueño de un sentido del humor algo especial. Trató de desplegarlo para ella: se presentaba como ganador de la Santa Fe-Coronda, especialista de sistemas de armas especiales y hasta como veterano conocedor de los secretos de la pesca en el Paraná.

La chica reía mucho con él, y empezó a contestar sus mensajes de manera cada vez más animada.

La fecha 11 del Torneo Clausura del Fútbol Argentino enfrentaba los clubes de sus amores. Juan puso en la mesa varias apuestas. Todas eran divertidas. Lo más importante era que con cualquier resultado terminaban paseando juntos.

Nora se mostraba más lanzada y decidida. Y en la semana previa sus respuestas fueron subiendo de tono: a los románticos paseos por la costa los cambió por cenas en su casa; y los tres resultados posibles generaban variantes como vestido violeta mínimo y flor en el pelo, tanguita roja y negra o ropa de fajina.

Llegó el día del partido.

Esa mañana bien temprano estaba firme en Retiro (firme y bien temprano, se rio al pensar que ya no le desagradaban tanto las costumbres castrenses), listo para abordar el Chevallier que lo depositaría a tiempo en Santa Fe.

Fue leyendo “Ciri, el buscapiel” durante el viaje. El libro compila las crónicas de un personaje, un buscahistorias, un narrador de la vida cotidiana, un biógrafo de la gente de a pie.

En destino bajó entusiasmado. Le pareció compleja la combinación de colectivos que planteó un viejo lustrabotas. Prefirió un taxi para llegar hasta la casa. Quedaba en las afueras de la ciudad. En un barrio de casitas parejas, probablemente de compañeros de arma.

Decidió dar una vuelta a la manzana. Un poco para tranquilizarse, calmar la ansiedad que le alborotaba la piel y para familiarizarse con el barrio de su amiga. Le gustaba imaginar historias. Siempre jugaba a eso, a reemplazar con su imaginación los huecos de las vidas de los demás. A buscarles pasados, parejas, profesiones, familias, sueños, pasatiempos.

Estaba en eso cuando llegó a la puerta. Un jardín prolijo pero despoblado separaba la casa de la vereda. No había timbre afuera. Abrió la verja baja y caminó por el camino de cerámica roja que llegaba hasta la puerta. Un cuzquito bajo, marrón, ladraba de desde una reja lateral.

Se propuso tocar un solo timbre, pero sólido. Muchas veces, con afán de no molestar hacía uno tan corto que no llegaban a escucharlo. Luego, ante la tardanza, no sabía si volver a tocar, o no. Por lo tanto, esta vez sería un único sonido, pero nítido; con determinación que disimulara su inquietud.

Se escuchó un “ya voy” animado, de una voz joven. Eso lo tranquilizó. Nora abrió la puerta, tan hermosa como en las fotos. Su sonrisa, plena, comenzó a ensombrecerse en una mueca.

-Vos no sos Juan de Mar del Plata ¿no?

-No… pero una vez me saqué una foto con los lobos marinos, no sé si con eso aplico -su sentido del humor apareció otra vez, aunque no alcanzaría para salvarle la tarde.

El encuentro tuvo una forma muy distinta a la deseada.

Ingresaron a la casa y navegaron la incomodidad con unos mates. A algunos silencios incómodos, fruto de la decepción de los dos, los superaron con gran dosis de franqueza. A Nora la soltó mucho la descripción burlona que Juan hizo de él mismo, caricaturizándose en viaje a una cita que no era suya.

-Preparé una torta- dijo, más para salir de la situación que por verdadera amabilidad. Él también se sirvió de la excusa. Con la boca llena de bizcochuelo y dulce de leche los silencios se alivianarían un poco.

-Yo renuevo los mates, déjame cebar a mí- se ofreció Juan. Tomo la pava casi vacía y el porongo lavado y arrancó con ellos decidido para la cocina. Era grande, con viejos azulejos celestes. Una ventana daba a un jardincito trasero. El pasto estaba bastante quemado por el frío y muy raleado a los costados. Se ve que el perrito usaba los bordes de las medianeras para ir y venir, ladrándole a los ruidos de los vecinos, a los autos, a los aviones, a la luna. En medio del parquecito había una calesita infantil, esas de bancos de madera y un manubrio metálico. Más atrás, un limonero escuálido y un par de rosales deshojados. Al fondo, apoyados contra la pared, un cuartucho para trastos, una parrilla que llevaba tiempo sin ver la carne y una mesada. Tres o cuatro alambres cruzaban todo el ancho del terreno. Uno tenía colgado un par de toallones y un jean.


 

El agua tardaba en calentarse. Juan tenía todo el tiempo del mundo. En el estante de un aparador marrón había una descolorida foto familiar. Un matrimonio en traje de baño con una nenita posaban delante de lo que seguro era un balneario de Córdoba. Se apoyaban los tres en un 504 rojo que seguramente los tenía muy orgullosos. El papá de Nora -el de patillas debía de ser su papá-, tenía el pelo oscuro y abigarrado. Juan reconoció que cada vez estaba más pendiente de ese tipo de detalles capilares, desde que la caída del suyo se hacía cada vez más indisimulable, sobre todo para él. La mamá estaba sonriente, enfundada en una malla enteriza naranja. Llevaba el pelo castaño claro recogido con una vincha blanca. Los anteojos de sol no alcanzaban a esconder la expresión de su rostro. Felices los tres, en unas vacaciones largamente esperadas. Norita, de unos tres años, sostenía un balde y un rastrillito. Parecía un equipo más pensado para la playa que para un río serrano, pero la mirada de la nena hacia un costado fuera del plano, y el brazo de la mamá que la contenía para la foto, denotaba que ya existía un proyecto de obra, de todos modos.

Cargó la yerba de una marca que no conocía. Le puso un par de cucharadas de azúcar en el fondo del mate y se tomó la libertad de cortarle un poco de cáscara a un limón de la mesada de granito gris.

Preparado, volvió al pequeño comedor. La cara de Nora ya estaba más suelta. Siguieron un buen rato con las bromas del viaje, el mate y la torta.

-Tendría que darle de comer a Bichi.

-¿A quién?

-A mi perro, por eso debe ladrar tanto el pobre. No come desde ayer.

-¿Qué le das?

-Alimento, es lo más cómodo. En la semana estoy poco en casa y es más fácil ¿vos tenés?

-¿Alimento? No, no traje, no sabía que tenías mascota.

-Ja, no tonto. Si tenés perro.

-No, vivo en un depto. Una cucaracha tengo, pero ella se encarga de su almuerzo, ya estamos todos grandes en casa.

-Ja, sos un loco. Te reconozco. Hablás como escribís cuando chateás. Sos divertido.

-Sí, pero no soy de Mar del Plata…

- Ufa, dale. Acompañame a darle de comer al Bichi.

-¿Ataca?

-Ja, es chiquito el pobre. No puede atacar a nadie.

-No me fío, decime dónde está tu arma, por las dudas…

-Ja, dale, vení. Acompañame.

Andaba con hambre, Bichi. Le dedicó su atención unos dos o tres segundos, no más, hasta que los primeros granos del balanceado comenzaron a caer en su cacharro.

-Tengo que dedicarle más tiempo a este fondo, mirá cómo está.

-Lindo está.

-Descuidado, si lo hubieras visto antes.

-¿Cuánto antes?

-Cuando lo mantenía mi vieja. El pasto estaba reverde.

-Bueno, no es la época ¿no?

-Igual, ella lo tenía siempre bien… y las flores.

-¿Qué pasó con tus viejos? -se animó a preguntar.

-Murieron los dos. Fue un accidente, en la ruta

-La cara de Nora se empañó.

-Lo siento mucho.

-Sí… gracias, qué sé yo. Fue hace mucho, y no tanto. Unos seis años… siete casi. Pero los extraño igual.

-Aunque fueran setenta, los seguirías extrañando.

-Sí. Si vieras cómo tenía mi viejo este cuartito. Era un loco de los asados. Los findes esto estaba lleno de amigos. Nos la pasábamos arriba de la calesita con mis primos –mientras lo decía, acariciaba los banquitos de madera con la misma ternura que le había dedicado al perrito un rato antes-. No sé, siempre digo que tendría que sacarla, pero es un trastorno. Además…

-¿Además?

-No creo que me haga mal acordarme de esos tiempos. Era todo tan… no sé qué palabra usar. -¿Feliz? -No. Bueno, sí, era feliz, me doy cuenta ahora. Pero creo que en aquel tiempo… no sé, era fácil ¿entendés?

-Creo que sí.

-Los problemas ¿cuáles eran, tener prueba al otro día? ¿Qué se acabara el fin de semana y tener que volver a la escuela? Cómo los cambiaría.

-Y los de ahora… ¿cuáles son?

-Si te cuento te vas a perder el partido.

-No importa.


 

Nora se quedó callada. A Juan le pareció que sus ojos se estaban llenando de lágrimas. Los entrecerró. Estaba seguro de que en su cabeza desfilaban las imágenes de este mismo lugar, en otros tiempos y con otra gente. Se sintió de más, un colado en la reunión de otros.

-¿Querés dar una vuelta?

-Hace mil que no me subo.

-Por eso, subí que te llevo, vení.

La expresión cambió. Se puso dura, incómoda. Si hubiera bajado un plato volador en su jardín ella habría subido con la misma actitud. El artefacto rechinó por la falta de uso y aceite, pero el mecanismo se puso en marcha, lenta al principio –Nora no ayudaba con el manubrio, el viaje era solo tracción a Juan- pero fue ganando ritmo. El vientito desordenó el pelo largo y despejó los temores. El rechinar del buje gastado fue tapando los sollozos. A la hora de los ruidos también Bichi hacía lo suyo, ladrando alrededor de ese socotroco hasta ahora inmóvil. Era la misma Norita, más grande sí, claro, pero pudo reconocerse en su esencia. Un poco machucada por la vida, con más experiencia, pero la misma persona. Y por un rato, ese pasado dejó de ser carga para convertirse en patrimonio, en bagaje. Se bajó de la calesita como quien sale de un bautizo profano.

-Vamos adentro. Sigamos con los mates ¿no querés más torta?

Sacó un álbum de fotos para documentar el feliz pasado de su jardín y puso un CD de cumbia colombiana. Juan no necesitaba chequearlo, estaba seguro de que todos los jardines tenían pasados auspiciosos. Pudo confirmarlo: ahí estaban todos. Entre muchos otros podía reconocer al de las patillas atendiendo una parrilla generosa, arropado con una camiseta de Colón con el dos en la espalda, la nena del balde y la linda mujer, esta vez sin anteojos, con una mirada muy parecida a la que ahora tenía adelante. La calesita había funcionado como nave del tiempo.

Muchos cumpleaños. En ellos pudo otear cómo la nenita fue dejando el balde hasta convertirse en una bella adolescente, algo flaca, vestida de princesa para bailar con el de patillas en saco y camisa.

Se dio cuenta de que los cumpleaños dejan una huella notable para cualquier investigador, hasta para los más chambones. Las bebidas fechan el acontecimiento con gran precisión. Si bien Nora no tiene los años suficientes para alcanzar marcas desaparecidas –como en los suyos, donde aparecen las crush, la neuss, o las tab- las formas de las botellas y los logos marcan la era. No lo había pensado antes, pero notó que la evolución en materia de bebidas no es acompañada por los platos. Las papas fritas, los sanguchitos de miga y los demás bocaditos no evolucionan al paso de las gaseosas.

Las fotos, y los diques que habían cedido en la charla los relajaron completamente. Nora estaba cómoda con él. Podía percibirlo hasta en los movimientos de su cuerpo. Sobre el sofá, demasiado mullido, sentada sobre una de sus piernas hizo un detallado (demasiado minucioso para Juan) recuento de los últimos años. De todos modos, la escuchó atento. Habló de su soledad, otra vez de la pérdida de sus viejos, de los años de su internación en el neuropsiquiátrico, de los cinco chicos de la calle que sostenía de manera informal. La vida, que no es fácil para nadie, había estado encarnizadamente cuesta arriba para ella. Las huellas de ese tránsito estaban a flor de piel, ahí nomás. Se acurrucó más para llorar amargamente mientras él le acariciaba el pelo.

Juan, confundido y tocado, le recordó dos frases hermosas de tipos horribles: “Todo pasa”, y “los días más felices son los que quedan por venir”. Logró consolarla un poco –eso creyó él- actuando una fe que había perdido.

-Ya está por arrancar el partido ¿querés verlo?

Él soltó un “mejor no, otro día” sin mucha convicción.

Tras otra rueda de mate, corta, quedaron en hacer un café en Buenos Aires, cuando Nora fuera a visitar a su tía, la que vive en Congreso. Se despidieron con un abrazo sincero y largo, que les hizo bien a los dos.

Se alejó caminando por las calles del barrio extraño. ¿Y si se quedaba, si empezaba de vuelta en otra ciudad? ¿Con Nora?

Entró en un bar viejo. Mesas de fórmica desvencijadas, una barra recubierta con madera machimbrada. Estanterías con botellas raleadas cubiertas de polvo, una mesa de billar y al fondo un televisor. Jugaban dos muchachos, uno con la camiseta de Colón, otros dos tomaban cerveza en una mesa cercana. Festejaban el triunfo parcial: dos a cero. Pensó en repetir ritual que traía desde la época de la secundaria. Era un remedo de prácticas aprendidas en Los Tres Chiflados. Cuando a Larry le dolía una muela, Moe lo solucionaba dándole un feroz martillazo en los dedos del pie. Entonces consultaba “¿qué te duele?”, “¡El pieeeee!!!” aullaba Larry. “¿Ves? Te curé la muela”, “… pero me duele el pieee!”. Acto seguido Moe le retorcía la oreja con una pinza, mientras preguntaba “¿y ahora?”.

De adolescente, cuando tenía alguna pena importante, se comía una fugazzeta entera en Soria, la vieja pizzería de Bolívar y Belgrano, en Ramos Mejía. No fallaba. Al día siguiente el ataque de hígado era atroz, capaz de empañar cualquier dolor. No era muy sano el método, sin dudas, pero trasladaba el foco de atención eficazmente.

Pensó en provocar a los del billar, meter un comentario sobre el promedio del descenso, y si ni con eso se enganchaban preguntar por la inundación. -Con eso me hago fajar seguro–, se convenció. El descuento llegó rápido.

Estaba en eso, dándole vueltas al asunto, cuando lo distrajo el dueño del bar.

-Estos de Vélez son unos pelotudos –afirmó mientras arrimaba un cortado. Era un gordo con la camisa abrochada en un único botón. En la panza marrón y peluda, bien acomodado, entraba un lechón entero.

-Sin dudas, por lo menos uno que conozco es el campeón -asintió.

Bien, un día tenemos que perder –pensaba- pero la actitud es buena. Miró medio de reojo el partido de billar, no entendía mucho. Habría querido conocer el juego. Le gustaba a su viejo, y jugar con él las tardes de sábado era una ilusión guardada.


 

Los flacos estaban bastante distraídos, el partido que arrancó con fiesta se embarraba. El billar quedaba cada vez más de costado al tiempo que ganaba protagonismo el fútbol. Y en él, los de Liniers apretaban cada vez más.

-¡Penal! -gritó sin darse cuenta. Los cuatro y el gordo giraron hacia él con mala cara – Cobró penal el hijo de puta de Bassi -simuló. Lo logró parcialmente, pero sabía que tendría que cuidarse luego de la ejecución.

El uruguayo López la mandó adentro.

-¡Ta que los parió! -gritó el más flaco, agitando el taco.

-Sí, sí, la puta que los parió -sostuvo Juan, ambiguo, e hizo el gesto de otro cortado. El gordo lanzó un chistido fuerte, luego gritó “Gisela, Gisela, ¡¡Giselaaaaaaa!!!”, la panza se movía mientras gritaba, era un ventrílocuo que se había comido el muñeco.

Una chica desgarbada, con cara de aburrida, entró desde una puerta angosta que separaba el bar de una vivienda trasera. La puerta tenía una cortina para moscas a tiritas plásticas rojas y negras.

-Preparale un café al… señor. Yo quiero ver el partido.

El ambiente se caldeaba.

Tardó bastante en traerlo. Mientras lo servía el Burrito Martínez la enganchó para afuera y sacudió de zurda poniendo a Vélez al frente.

Los gritos de los tipos sobresaltaron a la chica. El temblor de sus manos delgadas derramó café en el platito.

-Uy, traigo otro.

- No dejá, todo bien –dijo- y cobrame.

Ya había oscurecido. Ni un alma por la calle, menos un taxi. “Cuánto tardaré en llegar caminando a la estación”, se preguntó.

Centro desde la derecha, Nanni mete un pase de pecho que a Maradona no le saldría, el Ro Ro fusila a Pozo.

Todo Vélez se fundió en un abrazo, los jugadores y el banco se convirtieron en un borbotón de euforia. La gente en la tribuna no paraba de saltar.

Juan se acordó de su Viejo, lo imaginó a los saltitos en el living de su casa, yendo hasta la estatuita de San Roque para tocarla otra vez, como al inicio de cada tiempo –la cábala de todos los partidos- agradeciéndole la manito. Es el patrono de su pueblo en España, Lagunas de Somoza, pero su influencia celestial alcanza hasta donde el Fortín se presente.

El de la camiseta de Colón rompió el taco contra el borde de la mesa. El dueño del bar salió disparado desde el mostrador a las puteadas. Los otros tres alcanzaron, apenas, a pararlo. La chica gritaba pidiendo una calma que no tenía.

Definitivamente no es momento para aplicar el método Moe –concluyó.

Final del partido. Imagen de Mohamed, el técnico de Colón, en primer plano.

-Metete el toscano en el culo, forro –propone el del taco–, ¡¡quién te enseñó a hacer cambios, gordo gil!!

-¡¡Por qué no te fumás esta, tragaleche!! – coincide el dueño con el de la camiseta de Colón, mientras se agarra debajo de la panza.

-¡¡Papá!!

-¡Y qué querés, Gisela... si es un secaplanta el boludo ese!

Decidió irse, saludó con un gesto y salió por la puerta de la ochava. Los tipos ni lo miraron, enfrascados en su tragedia futbolera. Arrancó para la terminal.

Llegó bastante fácil. Se ubica bien aún entre calles desconocidas.

Sacó un pasaje para Buenos Aires y esperó la salida de su micro en el buffet de la terminal. En la tele sin volumen jugaba River.

Se acordó de que tenía hambre.

-Una milanga vendría bien –calculó. Si se confirmaban las dudas que el aspecto de una napolitana solitaria despertaba bajo la campana del mostrador y sobrevenía un ataque de hígado, tendría muchas cosas para olvidar de esa noche. No se animó. Tal vez, se dijo, fuera el primer indicio de la vida nueva.

No faltaba mucho para su horario de salida y trató de apurarlo llegando antes a la plataforma. No importaba si no se ponía en movimiento, los viajes comienzan al subir al ómnibus y él necesitaba que el suyo empezara de una vez. Tampoco Buenos Aires lo esperaba con los brazos abiertos, sabía, pero lo de Santa Fe fue demasiado para un día. Pocos minutos después el doble piso comenzó a desplazarse pesadamente. Otros suburbios pasaron por las ventanillas que pronto se hicieron noche oscura. De vez en cuando alguna estación de servicio desolada, un caserío aislado, una gomería, una parrilla, el sueño.

Despertó confundido. Probablemente la posición no fuera la mejor para sus cervicales y el dolor de cabeza ya amagaba lo que vendría. Devoró el sandwich de miga y el alfajorcito, que había dejado muy atrás sus mejores épocas. De todos modos, serían base suficiente para dos aspirinas.

El narigón de anteojos que estaba en el asiento contiguo, del lado del pasillo, esperaba la oportunidad para conversar y no la desaprovechó.

-Dan sueño estos viajes ¿no?

-Seee.


 

-¿Vas para Buenos Aires? ¿sos de ahí?

-Sí sí -se dio cuenta de que la repetición quedaba redonda, esta vez. Lo empezaba a preocupar la locuacidad de Nariz.

Sacó el libro de la mochila y trató de que su cabeza se volara con la lectura, y de que el gesto fuera bien decodificado por su compañero de camino.

-¿Te gusta el aceite de oliva?

-¿Queeé?

-Aceite de oliva ¿te gusta?

-No… no mucho en realidad, prefiero el de maíz para las ensaladas –era, a su criterio, la charla más disparatada de su historia.

-Ahhh, sí, hay gente a “la que le pasa eso”. Yo estoy representando una marca de Mendoza.

-Bien.

-Sí, muy bien. 18 pesos el litro te sale. Y te la mandan por un transporte en bidones de 5. De primera primera ¿eh? De la que va para afuera.

-Sí, no pero… no uso. Y con 5 litros aparte, tengo para todo la vida, es mucho.

-Claro ¿vivís solo? –ahí se dio cuenta que había entregado un dato innecesario, que había reavivado la charla.

-See

-Andás por los cuarenta ¿no? –Cómo hago para callar a este, qué producto me va a ofrecer ahora ¿podré leer?

-Sí.

-¿Creés en Dios? –Uh, la puta que lo parió, lo que me faltaba, cuánto falta para llegar.

-No, no. Bah, dudo. No sé. No pienso mucho en esos términos.

-Soy de Entretiempo ¿sabés qué es?

-No.

-Es un grupo. Varones de nuestra edad nos juntamos ahí. Como si fuera un partido ¿viste? Ahí vemos cómo vamos a jugar el segundo tiempo de la vida. Es un fin de semana, nomás ¿no te interesa?

-Mirá, te agradezco, pero por ahora paso.

-Los tiempos son los de El Señor. Yo te dejo una tarjeta, y no tenés más que contactarme.

-Dale, gracias.

Intentó un gesto desesperado, aunque sabía que tenía pocas chances. La luz del micro era mortecina y ya no daba para la lectura. Si prendía su foquito y se enfrascaba en el libro, tal vez Nariz se llamaba a sosiego. Pero los focos de lectura individuales no funcionan nunca. Tenía pocas chances en ese micro de mierda. Tras el click, llegó el haz salvador.

-¿Vas a leer?

-Sí, me gustaría, un rato, hasta dormirme –ya ves que no tengo en cuenta en ningún plan.

-Ah, bueno. Te dejo tranquilo entonces.

A los pocos kilómetros no pudo sostener la promesa.

-Disculpame ¿tu nombre era?

-Juan

-Juan, sí ¿viste los datos de la tarjeta? Los de Entretiempo…

-Sí.

-Si llegás a cambiar de idea con lo del aceite, también podés contactarme a esos.

-Ah, dale, bravo, te llamo ahí también.

-Sí. -Bien, gracias.

Volvió a meterse con el libro. Por un rato, una imagen llenó sus pensamientos. Los imaginó a todos en la calesita de Nora. A ella, al Bichi, al gordo del bar, a Gisela, a los cuatro sabaleros, a Nariz. Los ponía a dar vueltas a todos, y que el milagro volviera a dejarlos en sus mejores tiempos.

Una fábrica muy iluminada y un hotel de ruta lo hicieron regresar a esta dimensión. Volvió a concentrarse a en el libro.

En sus páginas, Ciri no paraba de preguntarse “¿A cuánto cotiza un poco de ternura?”.

Cuántos estaban, esa noche, detrás de la respuesta.

 

 

 

alejandro-perandonesEl autor:

Alejandro Perandones es un periodista que creció (hace mucho) en el conurbano, al oeste de la Ciudad de Buenos Aires. En distintos roles, también como guionista y productor, participó en numerosos proyectos alternativos (perdiendo plata) en distintos soportes (agarra lo que venga).
Actualmente se gana la vida (mejor pongamos empata) como analista de contenidos, mientras reincide con el portal de noticias www.meridianoactual.com