El fortín

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Un relato de Daniela Silva.

 

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El chiquito que está en la foto conmigo se llamaba Leandro, y en ese momento a mí no me parecía un chiquito. Decían que era mi “primo”, pero yo no sé bien de quién era hijo. Ahora creo que los chicos no saben nada de parentescos y aunque fuera mi primo yo estaba un poco enamorada de él.

El problema del amor es que yo no quería ser nena y se me daba por jugar como los varones, y los chicos, entonces -y después también, cuando ya fui más grande-, nunca sabían cómo tratarme, porque yo no daba el tipo de bella-durmiente-que-espera-ser-despertada-por-el-beso-de-un-príncipe o de la-que-besa-sapos-en-espera-de-un-milagro.

Igual, este no era el tema, era otro. Este es otro problema que tengo: siempre me desvío.

Leandro y yo, en la foto, estamos jugando en la caja trasera de un camión. Alguien con una cámara capturó nuestra risa. El camión está en “El Fortín”. El tío Felipe y la tía Haydé tienen allí una casa de fin de semana y no tienen hijos.

Alrededor es inmenso; un campo verde amarillo, tierra y azul. Corro y respiro profundo. Ya entonces me gustaba jugar a “Viajé lejos y estoy sola”. Me pierdo en los pastos altos y espero atenta a que alguien pregunte por mí y empiecen a llamarme: “¡Alina, a comer…! ¿Osvaldo, dónde está tu hermana?” Y mi hermano viene a buscarme, protestando, y también me burlo de él, aunque sé que después se va a vengar.

En otra foto del mismo día estamos todos, comiendo. Mientras mi papá y el tío Felipe toman un vermouth, las mujeres armaron una mesa en el patio. La casa es de madera, rústica y se nota que hace mucho calor y es mediodía pleno porque en el aire flotan el olor y el color de la tierra. Mi tía Haydé -que en realidad no es mi tía, sino una vieja amiga de mamá y de papá, de cuando iban a bailar juntos al Club Comunicaciones- tiene puestos unos shortcitos blancos y una blusa rayada anudada a la cintura. Ella está siempre arreglada y lleva aros y la boca muy pintada. Pero yo creo que mi mamá es más linda, porque nunca siente maldad ni envidia ni se burla de nadie, y eso se le ve en la cara, y se enoja cuando yo digo que la tía Haydé tiene los dientes salidos como las ardillas. Mi mamá no tiene tiempo para pintarse los labios y mi papá siempre le está diciendo que vaya a la peluquería. Esa es la última foto de “El Fortín” que hay en el álbum, la del almuerzo.

Pero yo ahora me acuerdo de cosas que no están en las fotos.

Ese día comimos y el tío Felipe casi no hablaba. Mis hermanas más grandes -que habían dejado de jugar casi al mismo tiempo, y ahora se ponían pantalones Oxford e iban a los recitales de Sandro- murmuraban entre ellas, y de pronto la que era más seria de las dos le dijo a la otra con bronca “¡Callate! ¡No es así!”, y yo vi que tenía los ojos rojos, pero no era por el sol.

Después de comer mi hermano se vengó de mí y se fue a jugar a la pelota con Leandro y unos chicos de enfrente, y yo hice como que no me importaba y me fui a jugar a los “descubrimientos” alrededor de la casa. Di vueltas por el terreno, hasta el alambrado que estaba bien al fondo, y después volví corriendo en zig zag, con una mariposa enorme que había atrapado para meterla en un frasco junto a otros bichos que había juntado esa mañana.

Desde lejos vi a mamá, que lavaba los platos al lado de la bomba de agua. Mi tío Felipe se había ido en el camión con mis hermanas.

No se veía a nadie más.
Quise hacerle una broma a mi mamá y me acerqué despacito, para que no me escuche llegar, pero antes de sorprenderla, me desvié, para guardar la mariposa adentro de la casa, junto a mis otros tesoros.

Cuando entré, silenciosa, mi papá se puso todo colorado y se enojó. La tía Haydé se rio pero sonaba falso como la pintura corrida de sus labios. Y yo no sé lo que vi, pero se me escapó la mariposa, y papá enseguida me sacó afuera. Y nunca-nadie-dijo-nada.

Un tiempo después yo estaba mirando el álbum, y le pregunté a mamá por qué no íbamos más a “El Fortín”. Ella enseguida desvió el tema.

 

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