Pajaritos preñados

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(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Tendría que haberle hecho caso a su hermana: salir de la facultad, buscar la cita con el odontólogo, sacar la plata del alquiler. De ahí, derecho a casa. Pero ella había pensado que exageraba. Mica estaba demasiado parecida a la abuela, con esas manías de vieja que la volvían loca. Ella había cambiado el itinerario a propósito; en lugar de ir al consultorio, se fue al Mall. Miró tiendas como una polilla alrededor de un foco; al final había pasado por el cajero automático. Uno de los que le había ordenado Mica, con puerta, que no se viera nada desde afuera. Sacó la plata y, antes de salir, se había acomodado los billetes alrededor de los tobillos, tapados con las medias. Ni se notaban. Lo mejor era hacer como que no pasaba nada. Compró un agua mineral. Después, había caminado hasta el consultorio

—No escucho nada afuera —dijo, más para ella misma que para las otras.

—¿Ves? ¿Por qué no pruebas abrir? —dijo la gorda.

Quizás Miss Piggy tenía razón. Era probable que el ladrón ya no estuviera. Silvia se secó la mano con la franela y la apoyó en el picaporte. Sólo tenía que girar despacio. Pero ¿qué iba a hacer si el tipo no se había ido? La primera era ella. Aflojó la mano. Mejor quedarse quieta. Un cero a la izquierda. Borrarse, diría Mica. ¿Por qué tenía que volver a pensar en su hermana?

—¡Nos vamos a morir asfixiadas! —lloriqueó Miss Piggy.

—Nadie se va a morir —dijo Silvia.

No le gustaba gorda. Tenía la impresión de que todo el lío había empezado por su mala vibra. Mientras ella esperaba a la secretaria, para que le diera un turno, la mujer le había preguntado si conocía el caso del ingeniero Carbone. ¿Perdón?, había dicho ella. Entonces le contó la historia: a Carbone lo habían secuestrado en su propia camioneta, ¿podía creer? Lo encontraron tirado en la autopista, sin zapatos y con la cara rota. En esta ciudad ya no se puede vivir, hay demasiado malandro suelto, había dicho la gorda antes de regresar a la revista.

—¿Dónde estará el doctor? —preguntó ahora.

Silvia se estrujó las manos. Quizás el ladrón hasta lo había golpeado. Parecía capaz. Antes de encerrarlas, había preguntado dónde estaba el odontólogo y con quién. La secretaria había dicho que estaban solos, no había nadie más, aparte de ellas. Eso también lo había escuchado bien claro, tiesa, adherida a la pared, sin poder dejar de mirarse la punta de los zapatos.

—Sufro de claustrofobia, ¿sabes? —escuchó.

—¡Basta! —gritó la secretaria. Comenzó a toser. Silvia aspiró hondo, también le estaba costando respirar. El ladrón la había apretado demasiado fuerte cuando la agarró de golpe. ¿De dónde había salido? Ni siquiera lo había escuchado entrar al consultorio. Supo que había alguien detrás de ella por la cara que puso Miss Piggy. La revista se le había deslizado hasta el suelo. Antes de poder reaccionar ella sintió el abrazo. El ladrón le incrustó una mano entre las costillas, con la otra movía la pistola, dando órdenes. Malandro suelto, recordó. Se había quedado muda, ni un grito, nada, puro gimoteo ahogado. La secretaria seguía tosiendo. Con el encierro le había comenzado el silbido, ahora la tos. Silvia le palmeó la espalda. Sabía que con eso no arreglaba nada pero algo había que hacer.

—¿Estás bien? —le preguntó. La imaginó inclinada, con la boca abierta, buscando aire como un pez fuera del agua.

—¿No la estás escuchando? —se quejó la gorda—. Es obvio que no está bien. Ninguna está bien. Ni el doctor, pobre hombre.

De pronto escucharon algo parecido a un tiro.

—¡Lo mató! —el grito de Miss Piggy rebotó contra las paredes.

—¡Cállese! —ordenó Silvia. Su propia voz le sonó chillona. ¿De verdad había sido un tiro? No estaba segura. Tenía la impresión de que sonaban diferente. Volvió a apoyar la oreja contra la puerta. En momentos de crisis hay que pensar rápido, hermanita, le zumbó la voz de Mica en la cabeza.

—¡Sáquenme de aquí! —La gorda arremetió contra la puerta con todo su peso. Debía tener la cara pálida como al principio. Silvia quedó con el picaporte incrustado en la cintura.