Pajaritos preñados

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(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

—¡Me están aplastando! —gritó. Le iban a quedar moretones. Podía sentir las gotas de sudor rodándole por la espalda. Treinta y cinco grados, habían pronosticado en el noticiero de la mañana. Era lógico ahogarse ahí dentro.

—Me desmayo —murmuró la secretaria, había dejado de toser. Silvia la sintió resbalabar por la pared. Trató de sostenerla pero Miss Piggy volvió a empujar y la puerta cedió de golpe. La secretaria y ella rodaron por el suelo.

—Hay que llamar a la policía —jadeó la gorda desde el marco de la puerta. Parecía que hablaba en otra frecuencia. La secretaria no se movió. Silvia tuvo que empujarla para sacársela de encima. La dejó hecha un bollo en el suelo.

—Esa muchacha necesita un médico —volvió a jadear la gorda. Tenía los mechones amarillos adheridos a la frente.

Silvia volvió a pensar en Mica. Los policías también son unos delincuentes, solía decir. Tenía que aceptar que podía tener razón. Si llamaban a la policía ¿qué iba a hacer? Ella no había visto al ladrón. ¿Y la plata? Era probable que se la quitaran. Se tanteó los bultos alrededor de los tobillos casi por inercia. En éste país no se puede confiar en nadie, era otra de las frases de su hermana. Mejor no pensar. Se levantó como pudo. El dolor en las costillas era soportable. No estaba tan mal. Comenzó a moverse hacia la entrada.

—¿A dónde vas? —preguntó la gorda. Se había acercado a la secretaria y le abanicaba la cara con la mano.

—A llamar a la policía —dijo ella. Pasó frente a la puerta del consultorio. Estaba entreabierta. Alcanzó a ver los pies del odontólogo, un poco más allá de la silla con la parafernalia para tratar a los pacientes. El ladrón lo había atado con cinta plástica. No se movía. Escuchó que la gorda decía algo más pero la ignoró. Tenía que borrarse. Volvió a mirar los pies del odontólogo, después corrió. En la otra frecuencia, Miss Piggy insistía en gritarle. Ella siguió corriendo, aunque sintiera los pulmones a punto de reventar. Lo peor no era el encierro, ni siquiera el apretón, lo peor iba a ser Mica. Tener que soportarla diciéndole: te lo dije.

 

 

 

 

Maumy-GonzalezLa autora:

Escritora venezolana, de Maracay, reside en Buenos Aires. De profesión Ingeniera Metalúrgica, se formó como narradora en distintos grupos y talleres literarios. Trabajó como Community Manager y como colaboradora en diseño para gráfica y web. Su primer libro de cuentos Todas las mañanas un muerto fue premiado con la Primera Mención del Fondo Nacional de las Artes (Argentina) y editado por La Letra Eme. Actualmente continúa su labor literaria y es Secretaria de Difusión de la revista La balandra.

Foto: Rocío Pedroza