Pajaritos preñados

el .

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Un cuento inédito de Maumy González*

Pajaritos preñados

fortin

Silvia se puso las manos frente a la cara, tan cerca, que sintió su propio aliento. Aunque abrió bien los ojos, no logró vérselas. El corazón le latía casi en la garganta. Se acomodó contra la pared. Hacía rato que las cerámicas estaban tibias, igual que el aire dentro del baño, mezcla entre cigarrillo, sudor y caramelo de menta. A su lado, apretada contra el brazo derecho, la secretaria respiraba con dificultad, sin dejar de hacer ese ruido asmático que le paraba los pelos. Trató de recordar el color de las cerámicas. Grises, tal vez, no estaba segura. Tampoco iba a poder describir al ladrón, sólo había alcanzado a verlo de reojo: un amago de sonrisa, el mentón.

—¿Se habrá ido? —escuchó que decía la gorda desde el fondo del baño—. No soporto estar aplastada contra la poceta.

—Por lo menos puede sentarse, señora —dijo la secretaría. Silvia la escuchó tragar saliva.

—Shhh —hizo. Si el ladrón todavía estaba afuera podría escucharlas. Había tenido suerte de que a ella no la registrara como a las otras, sino se habría dado cuenta de la plata que tenía escondida entre las medias. Por suerte, la gorda le había resultado más llamativa. Era la única a quien ella había visto bien cuando entró en el consultorio. Hojeaba una revista, un anillo en cada dedo. Le había recordado a Miss Piggy, la cerdita de los Muppets. Quizá porque tenía el mismo efecto de ojos caídos y el pelo rubio, recién planchado. A su alrededor, sobre las sillas y en el suelo, tenía bolsas y paquetes de compras. Fue la primera a la que el ladrón vio, seguro. La había obligado a sacarse todo, hasta los zarcillos.

—Ya pasó un buen rato —dijo la gorda.

—Cállese, señora.

—Shhh —volvió a hacer Silvia. El tono de la secretaria era parecido al de su hermana. Durante el desayuno, Mica no había parado de darle órdenes para que no le robaran la plata del alquiler. Te vienes enseguida, le había dicho. Nada de andar con la boca abierta, pensando en pajaritos preñados. Calculó que la secretaria debían tener la misma edad que Mica, casi treinta o treinta y pocos.

—Deberíamos probar abrir la puerta —insistió la gorda.

—¿No escuchó lo que dijo el tipo? —El silbido seco de la secretaria sonaba cada vez peor. Si gritan o intentan abrir la puerta les pego un tiro, recordó Silvia. Lo había escuchado alto y claro, mientras veía el cañón que la apuntaba. Ella sí se había tomado la instrucción muy enserio. Bendita Miss Piggy.

—No creo que se quede a vigilarnos. Encima sin luz. ¿Seguro que no abre?

—Shhh —repitió Silvia con más fuerza. Apoyó la oreja contra la puerta. Hacía rato que había dejado de escuchar ruidos afuera.


Tendría que haberle hecho caso a su hermana: salir de la facultad, buscar la cita con el odontólogo, sacar la plata del alquiler. De ahí, derecho a casa. Pero ella había pensado que exageraba. Mica estaba demasiado parecida a la abuela, con esas manías de vieja que la volvían loca. Ella había cambiado el itinerario a propósito; en lugar de ir al consultorio, se fue al Mall. Miró tiendas como una polilla alrededor de un foco; al final había pasado por el cajero automático. Uno de los que le había ordenado Mica, con puerta, que no se viera nada desde afuera. Sacó la plata y, antes de salir, se había acomodado los billetes alrededor de los tobillos, tapados con las medias. Ni se notaban. Lo mejor era hacer como que no pasaba nada. Compró un agua mineral. Después, había caminado hasta el consultorio

—No escucho nada afuera —dijo, más para ella misma que para las otras.

—¿Ves? ¿Por qué no pruebas abrir? —dijo la gorda.

Quizás Miss Piggy tenía razón. Era probable que el ladrón ya no estuviera. Silvia se secó la mano con la franela y la apoyó en el picaporte. Sólo tenía que girar despacio. Pero ¿qué iba a hacer si el tipo no se había ido? La primera era ella. Aflojó la mano. Mejor quedarse quieta. Un cero a la izquierda. Borrarse, diría Mica. ¿Por qué tenía que volver a pensar en su hermana?

—¡Nos vamos a morir asfixiadas! —lloriqueó Miss Piggy.

—Nadie se va a morir —dijo Silvia.

No le gustaba gorda. Tenía la impresión de que todo el lío había empezado por su mala vibra. Mientras ella esperaba a la secretaria, para que le diera un turno, la mujer le había preguntado si conocía el caso del ingeniero Carbone. ¿Perdón?, había dicho ella. Entonces le contó la historia: a Carbone lo habían secuestrado en su propia camioneta, ¿podía creer? Lo encontraron tirado en la autopista, sin zapatos y con la cara rota. En esta ciudad ya no se puede vivir, hay demasiado malandro suelto, había dicho la gorda antes de regresar a la revista.

—¿Dónde estará el doctor? —preguntó ahora.

Silvia se estrujó las manos. Quizás el ladrón hasta lo había golpeado. Parecía capaz. Antes de encerrarlas, había preguntado dónde estaba el odontólogo y con quién. La secretaria había dicho que estaban solos, no había nadie más, aparte de ellas. Eso también lo había escuchado bien claro, tiesa, adherida a la pared, sin poder dejar de mirarse la punta de los zapatos.

—Sufro de claustrofobia, ¿sabes? —escuchó.

—¡Basta! —gritó la secretaria. Comenzó a toser. Silvia aspiró hondo, también le estaba costando respirar. El ladrón la había apretado demasiado fuerte cuando la agarró de golpe. ¿De dónde había salido? Ni siquiera lo había escuchado entrar al consultorio. Supo que había alguien detrás de ella por la cara que puso Miss Piggy. La revista se le había deslizado hasta el suelo. Antes de poder reaccionar ella sintió el abrazo. El ladrón le incrustó una mano entre las costillas, con la otra movía la pistola, dando órdenes. Malandro suelto, recordó. Se había quedado muda, ni un grito, nada, puro gimoteo ahogado. La secretaria seguía tosiendo. Con el encierro le había comenzado el silbido, ahora la tos. Silvia le palmeó la espalda. Sabía que con eso no arreglaba nada pero algo había que hacer.

—¿Estás bien? —le preguntó. La imaginó inclinada, con la boca abierta, buscando aire como un pez fuera del agua.

—¿No la estás escuchando? —se quejó la gorda—. Es obvio que no está bien. Ninguna está bien. Ni el doctor, pobre hombre.

De pronto escucharon algo parecido a un tiro.

—¡Lo mató! —el grito de Miss Piggy rebotó contra las paredes.

—¡Cállese! —ordenó Silvia. Su propia voz le sonó chillona. ¿De verdad había sido un tiro? No estaba segura. Tenía la impresión de que sonaban diferente. Volvió a apoyar la oreja contra la puerta. En momentos de crisis hay que pensar rápido, hermanita, le zumbó la voz de Mica en la cabeza.

—¡Sáquenme de aquí! —La gorda arremetió contra la puerta con todo su peso. Debía tener la cara pálida como al principio. Silvia quedó con el picaporte incrustado en la cintura.


—¡Me están aplastando! —gritó. Le iban a quedar moretones. Podía sentir las gotas de sudor rodándole por la espalda. Treinta y cinco grados, habían pronosticado en el noticiero de la mañana. Era lógico ahogarse ahí dentro.

—Me desmayo —murmuró la secretaria, había dejado de toser. Silvia la sintió resbalabar por la pared. Trató de sostenerla pero Miss Piggy volvió a empujar y la puerta cedió de golpe. La secretaria y ella rodaron por el suelo.

—Hay que llamar a la policía —jadeó la gorda desde el marco de la puerta. Parecía que hablaba en otra frecuencia. La secretaria no se movió. Silvia tuvo que empujarla para sacársela de encima. La dejó hecha un bollo en el suelo.

—Esa muchacha necesita un médico —volvió a jadear la gorda. Tenía los mechones amarillos adheridos a la frente.

Silvia volvió a pensar en Mica. Los policías también son unos delincuentes, solía decir. Tenía que aceptar que podía tener razón. Si llamaban a la policía ¿qué iba a hacer? Ella no había visto al ladrón. ¿Y la plata? Era probable que se la quitaran. Se tanteó los bultos alrededor de los tobillos casi por inercia. En éste país no se puede confiar en nadie, era otra de las frases de su hermana. Mejor no pensar. Se levantó como pudo. El dolor en las costillas era soportable. No estaba tan mal. Comenzó a moverse hacia la entrada.

—¿A dónde vas? —preguntó la gorda. Se había acercado a la secretaria y le abanicaba la cara con la mano.

—A llamar a la policía —dijo ella. Pasó frente a la puerta del consultorio. Estaba entreabierta. Alcanzó a ver los pies del odontólogo, un poco más allá de la silla con la parafernalia para tratar a los pacientes. El ladrón lo había atado con cinta plástica. No se movía. Escuchó que la gorda decía algo más pero la ignoró. Tenía que borrarse. Volvió a mirar los pies del odontólogo, después corrió. En la otra frecuencia, Miss Piggy insistía en gritarle. Ella siguió corriendo, aunque sintiera los pulmones a punto de reventar. Lo peor no era el encierro, ni siquiera el apretón, lo peor iba a ser Mica. Tener que soportarla diciéndole: te lo dije.

 

 

 

 

Maumy-GonzalezLa autora:

Escritora venezolana, de Maracay, reside en Buenos Aires. De profesión Ingeniera Metalúrgica, se formó como narradora en distintos grupos y talleres literarios. Trabajó como Community Manager y como colaboradora en diseño para gráfica y web. Su primer libro de cuentos Todas las mañanas un muerto fue premiado con la Primera Mención del Fondo Nacional de las Artes (Argentina) y editado por La Letra Eme. Actualmente continúa su labor literaria y es Secretaria de Difusión de la revista La balandra.

Foto: Rocío Pedroza