Los medios no son solo un espejo

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Esa lógica se conjuga con la tentación, por el facilismo y la pereza intelectual que conlleva, de ver el todo desde la mirada sesgada de una parcialidad que sólo se reconoce a sí misma, cerrándose a cualquier otra perspectiva que no sea la propia.


Los argumentos que se esgrimen para defender una u otra posición, la mayoría de las veces escasos de sustancia, conducen en un abrir y cerrar de ojos a la descalificación del otro, al prejuzgamiento, al antagonismo irreconciliable, a mirar el mundo desde la dicotomía víctima‑victimario, a la incapacidad de superar las propias posiciones, en fin, al inmovilismo propio de quienes confunden la coherencia con el ensimismamiento que significa mirar las cosas, siempre y en todos los casos, desde la misma óptica o posición.


No se requiere demasiada agudeza para advertir que esa mirada unilateral y, consecuentemente, maniquea impregna muchas veces los vínculos cotidianos, incluso en el micro-mundo de nuestras relaciones más cercanas, y es reconocible en la vida política, donde prevalecen conductas que ven en la pluralidad no la necesaria riqueza de matices con que la que se nutre la vida democrática, sino la presencia de una amenaza que socaba las posturas irreductibles que se intentan defender.


La generalización de esa lógica binaria, para la cual sólo existe el blanco y el negro, ahora potenciada hasta niveles extremos por la intervención manipuladora de los medios masivos, opera como un antídoto que inhibe las construcción colectiva que, por definición, exigen la superación de las diferencias en aras de un proyecto superador.


Llevada al extremo, puede conducir incluso a una suerte de obnubilación. Hemos presenciado últimamente cómo esa lógica disociadora puede desatar reacciones desproporcionadas y hasta despiadadamente violentas cuando un hecho actúa como un detonador que posibilita el estallido, como sucedió con los linchamientos.


Esos hechos no son sino el producto de la conjunción de múltiples causas. Allí está detrás la combinación del aumento del delito, muchas veces negado, y la inacción de la justicia, entre muchos factores que muestran el carácter lábil de nuestras instituciones. Pero, también, la manipulación perversa que algunos medios hacen de esa realidad, algunos por motivos decididamente políticos y otros por el ejercicio del amarillismo como código de comunicación con lectores, oyentes o televidentes.   


En términos generales, se constata que en sus disputas por el rating, en una sociedad que arrastra no pocas frustraciones y traumas colectivos, no han encontrado mejor fórmula que la de transformarse en el escenario donde se exhiben las peores miserias humanas que, como se sabe, no son precisamente las de índole material.


Los medios no ayudan a cerrar las heridas sino más bien a mantenerlas siempre abiertas bajo la imposición de formas dicotómicas y excluyentes. Podríamos decir que hay un "periodismo carroñero", que encarna lo peor de nosotros mismos y nos conduce, por sus caminos tramposos, a convalidar en calidad de observadores la práctica de explotar las desgracias ajenas.


Un motivo de atracción que, desde el punto de vista de los medios que lo explotan, se hace más eficaz en la medida que cobran mayor visibilidad los detalles escabrosos y todo aquello que le agregue "espectacularidad" a lo que circunstancialmente es objeto de atención.  


Ya sea de manera real o ficcional, hoy la fórmula que recorre la mayoría de los géneros de la televisión abierta es la de exacerbar los conflictos, relatar en detalle las peleas y contiendas más oscuras, generalizar denuncias, no importa que sea verdaderas o falsas, buscar culpables, ejercer la crucifixión pública o mostrar el drama ajeno con lujo de detalles, entre otras muchas prácticas inspiradas en un concepto de la "libertad de expresión" entendido de un modo, por lo menos, peculiar.


Esa es la alquimia con la que se intenta sostener, segundo a segundo, la atención de una audiencia absorta por esa dinámica avasallante que no repara en ningún límite, incluyendo aquello que representa la esfera más íntima de las personas.


Y todo ello, combinado con destellos de un humor sarcástico, ridiculizando a las personas que son objeto de estigmatización y buscando la complicidad de una audiencia que encuentra por esta vía el canal para hacer su propia catarsis, descargando la angustia y la violencia que los propios medios ayudaron a crear en sus mentes y sus corazones.