Los medios no son solo un espejo

el .

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

 


Con pocas excepciones, los contenidos y actores en los medios de mayor alcance están impregnados por la violencia irrefrenable que ellos mismos le atribuyen en calidad de denunciantes a la sociedad, incluyendo el énfasis estigmatizador que, en forma explícita o velada, ejercen sobre los sectores que no encajan en sus modelos culturales o estéticos. Por esa razón, son un poderosísimo instrumento de intervención política que moldea los estados de opinión.


La dramatización de las situaciones, especialmente cuando se trata de cuestiones sociales y políticas, alienta los miedos y nos esclaviza ante las pantallas en calidad de observadores virtualmente activos pero realmente pasivos, y, por lo tanto, fácilmente manipulables. En cierto sentido podemos decir, como lo han analizado distintos autores, que cada vez más vemos al mundo a través de la televisión y los medios, y poco a poco, en la medida que ese hábito se consolida, vamos perdiendo la capacidad de formar nuestras percepciones y juicios críticos de la realidad mediante nuestra propia experiencia y capacidad de reflexión.


Esa influencia se traduce, según nuestras preferencias e inclinaciones, en la reproducción individual, y frecuentemente inconsciente, de los discursos que socialmente circulan los medios masivos en su descripción simplista y caricaturesca de la mayoría de temas que se tratan. Es decir, sin saberlo, vamos perdiendo la libertad, que no puede sino estar basada en la formación de un criterio propio y el conocimiento de causa sobre el conjunto de hechos que son objeto de nuestro interés.


En la televisión, donde se vive una competencia sórdida, el destrato y la ausencia, cada vez más marcada, de un mínimo de apego por el respeto a la dignidad de las personas, es moneda corriente. A fuerza de acostumbrarnos, a consecuencia de la repetición, vamos insensibilizando nuestras reacciones y naturalizando hechos que, en otro contexto, hubieran provocado los cuestionamientos más categóricos.


El acostumbramiento a lo negativo, a la continua y sistemática desacreditación, impide valorar en positivo nuestros logros colectivos, aunque estos -como sucede en cualquier país del mundo- sean siempre parciales e insuficientes. Siempre habrá vacíos que llenar y deudas que saldar, pero los logros merecerían no solo ser valorados sino celosamente cuidados, mucho más aún en un país como el nuestro que intenta reconstruirse desde los escombros del derrumbe del 2001, luego de décadas de sucesivos desastres y frustraciones.


Toda sociedad necesita idealizar su futuro, reconociendo los logros del pasado y del presente. Esa cuota necesaria de idealización, que despierta los sueños colectivos y los proyecta hacia metas que se dibujan en un horizonte inalcanzable, ya que siempre habrá nuevos desafíos que los inspiren, forma parte de toda construcción colectiva. De allí que la desvalorización como actitud generalizada y el continuo mensaje que niega y pone en constante cuestionamiento los frutos de nuestro propio esfuerzo, represente una inmensa fuerza que actúa reprimiendo nuestras energías, dañando nuestra autoestima colectiva.


No son pocos los medios que nos muestran el espectro de una realidad, donde no cabe otra cosa que no sea el conflicto, la corrupción, la inseguridad y el enfrentamiento de los ciudadanos entre sí y con el estado. Una imagen que nos invita a sumergirnos en la desesperanza, en el pesimismo, cuando no en el odio.


Pero bien miradas las cosas, el país, la sociedad, incluyendo a la propia política, son infinitamente mejores que aquella imagen deformada.  Hay una realidad que, aunque se mantenga invisibilizada, representa motivos suficientes para confiar en que el proyecto de reconstrucción de la Argentina, a la luz de la experiencia de los últimos años, y aún con sus errores y déficits, no solo que es necesario sino también que es posible.



*Analista y consultor político

El Banco del Sur, un sueño

La creación de la Unasur (Unión de Naciones Sudamericanas) fue el primer paso de un ambicioso proyecto destinado a convertir el subcontinente en un bloque político sólido, con la autonomía suficiente como para reparar viejas debilidades y afrontar un intercambio más igualitario con las potencias mundiales.

El otro paso relevante fue, tal vez, más osado aún: la conformación del Banco del Sur, una entidad que sirviera de prestamista de última instancia en caso de crisis, y que también hiciera las veces de instrumento para financiar obras de infraestructura. La idea era desligarse de la influencia del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y el Bando Interamericano de Desarrollo, cuyas políticas e intereses no suelen coincidir con los de la región.

El afán independentista tiene, claro está, un precio alto. El Banco del Sur, para lograr realmente existir, debe capitalizarse con los fondos que las naciones miembro allí destinen. Por ahora se han sumado Argentina (promotora de la idea bajo la presidencia de Néstor Kirchner), Brasil, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Uruguay y Venezuela. Chile y Perú son socios observadores, mientras que Colombia decidió no intervenir.

Entre todos deberán invertir un capital inicial de u$s 20.000 millones, fragmentado en proporciones diversas. Argentina, Brasil y Venezuela serán los mayores financistas, con acciones por u$s 2.000 millones, que se completarán a lo largo de cinco años. Ecuador y Uruguay aportan u$s 400 millones cada uno, y Bolivia y Paraguay, u$s 100 millones.

El potencial es enorme, basta mencionar que el total de reservas de todos los bancos centrales de la región alcanza los u$s 800.000 millones. Pero la marcha es lenta y larga, obstaculizada por diferencias políticas y necesidades de caja que afectan el financiamiento.