La violencia en el patriarcado

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La mujer avanza en múltiples terrenos. En algunos países se “acepta” que cumpla roles en diversos ámbitos públicos. Pero lo que se conoce como femicidios o feminicidios correspondiente al asesinato continuo y masivo de mujeres por su mera condición de tales- es una muestra absoluta y cabal de la existencia del patriarcado, tanto en Oriente, como en Occidente.

Por Silvana Camerlo*

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Me miró desde la pantalla de mi notebook: una bella adolescente morena, de negra cabellera ondulada y ojos vivaces. Su hijab violáceo descendía por su cabeza y le cubría sus hombros. No estaba asustada. Su mirada tampoco era desafiante. Sin embargo, con mucha seriedad en su expresión, parecía interpelarme del siguiente modo: “¿Qué sabés acerca del horror? ¿Podés imaginarlo, acaso?” Y fue en ese momento cuando advertí la marca en su rostro. Su nariz había sido mutilada.

 

La foto de la revista Time - tomada por Jodi Biever en 2010 y ganadora en la categoría retrato en la World Press Photo- recorrió el mundo entero. La historia-con variaciones- fue narrada en diversos periódicos. Aisha Bibi tenía sólo doce años cuando fue entregada por su padre a un talibán, a fin de pagar una deuda contraída por su tío. El talibán se convirtió en su esposo y la sometió a vejaciones múltiples. La encerró en un establo y la violó. Intentó escapar de la casa de la familia de su marido, pero desafortunadamente, lograron dar con ella. La sometieron a juicio. De nada valieron sus explicaciones: el juez consideró que su actitud había ocasionado la vergüenza y la deshonra del hombre abandonado.

 

La condena fue la mutilación. Su cuñado la sostuvo y el marido procedió a cercenarle orejas y nariz. El mismo que la había vendido, su padre, la llevó a un centro médico, cuando Aisha, arrastrándose, consiguió acercarse a la casa de su abuelo. De allí, fue trasladada a un refugio secreto en la ciudad de Kabul y más tarde, llevada a Estados Unidos, gracias a la Grossman Burn Foundation, en el marco de su campaña por la no violencia contra las mujeres. Aisha fue adoptada por una familia sustituta. Aprendió inglés y recibió una educación general en su propio idioma. Paulatinamente, fue recobrando su aspecto físico anterior a la tortura, debido a la colocación de una prótesis. En cuanto a lo psíquico, las huellas que le ocasionan el Trastorno de Estrés Post-Traumático que padece, serán imborrables.

 

Dice David Le Breton (2010) con respecto al tema de la desfiguración:” El sexo y el rostro, lugares esenciales de la cristalización de la identidad, cuando son tocados, trastornan la personalidad misma del actor, lo sumergen en una angustia a menudo desproporcionada con la gravedad de la situación. A través de ellos se juegan la significación y el valor mismo de la existencia. Son los lugares más altos del sentimiento de identidad regido por el yo, e indudablemente los más vulnerables a las fantasías nacidas del inconsciente”.

 

Mi enfoque, entonces, no tendrá en cuenta las críticas feroces realizadas a Time, acusada de oportunismo y de querer valerse de la cruenta fotografía para justificar la continuidad de la ocupación norteamericana en Afganistán. Tampoco será de mi incumbencia penetrar en los terrenos ríspidos de creencias religiosas varias, aunque parezca lo contrario. La mutilación de la muchacha afgana tiene su correlato en la clitoridectomía (ablación del clítoris), practicada en algunos países del África y de Oriente Medio. O en las padaung de Birmania, las mujeres de “cuello de jirafa”, quienes portan una espiral de anillos de cobre o de oro en su cuello, que señalan su posición social, dependiendo de la cantidad. Son símbolo de fidelidad hacia el esposo y de belleza. La sospecha de infidelidad es castigada con su retiro, que acarrea la incapacidad de sostener la cabeza, puesto que los músculos se han ido atrofiando con el pasar de los años. O por último, en las lapidaciones, ejecutadas en Oriente Medio, África o Asia, durante las cuales las mujeres son enterradas hasta la mitad del cuerpo, con su rostro cubierto por una tela, mientras la multitud les arroja piedras, por causa de una acusación de infidelidad.

 

Podrá decirse que esto es parte de una determinada práctica ritual o una ley, pertenecientes a cierta cultura y que por tanto, deben “respetarse”. Pero cuando un rasgo particular deviene condición universal nos encontramos ante una falla ética. En este efecto particularista radica la violación a los Derechos Humanos: cuando el campo particular de reconocimiento de un grupo -etnia, religión, lengua- no sostiene la condición humana en una de sus variaciones posibles, sino que aspira a colmarla, con la pretensión de que todos sean lo mismo, no reconociendo su diversidad. (Fariña: 1998: 54)

 

No necesitamos - podrá reclamárseme- dirigirnos a otros pueblos lejanos para dar evidencia de lo dicho. Y estoy de acuerdo. La actual quema de mujeres en Argentina no hace sino reproducir la hoguera de las brujas de la época de la Inquisición. No obstante, el sojuzgamiento de hoy no proviene, como en aquellas épocas, de un conocimiento que se desea acallar (muchas de las condenadas de aquel entonces eran parteras o poseían un saber en lo concerniente a hierbas medicinales). En febrero de 2010, Eduardo Vásquez, ex baterista del grupo musical Callejeros, quemó viva a su esposa, Wanda Taddei. A partir de este crimen, alrededor de cincuenta similares tuvieron lugar ese mismo año. Durante 2012, el músico fue sentenciado a dieciocho años de prisión por homicidio calificado por el vínculo, con el atenuante de “emoción violenta”, que de no haber mediado, lo hubiera llevado a la prisión perpetua. El caso podría haber sentado un precedente como femicidio, de no haber existido el atenuante.(I)

 

La mujer ha avanzado en múltiples terrenos. Se la ha “aceptado” en diversos ámbitos públicos (al menos, en Occidente). Pero lo que se conoce como femicidios o feminicidios- neologismo sobre el que todavía no hay acuerdo general en su denominación, correspondiente al asesinato continuo y masivo de mujeres por su mera condición de tales- es una muestra absoluta y cabal de la existencia del patriarcado. Aisha; la mujer jirafa; aquella cuyo placer sexual se ha silenciado mediante una ablación; la sometida a la trata; la rociada con alcohol y prendida fuego; la lapidada y tantísimas otras tienen en común el ser hermanas en el dolor. Por razón de un sistema de pensamiento, sostenido sobre el poder de dominio, que autoriza a matar, a degradar, a corromper, a devastar.

*Licenciada en Letras y en Psicología (Universidad de Buenos Aires). Semióloga y Psicóloga con perspectiva en Estudios del Género. Maestría en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad (Filosofía y Letras, U.B.A). Docente universitaria. Investigadora.

 

(I) Javier Weber fue condenado a 21 años de prisión por balear a Corina Fernández, en un juicio cuyos fundamentos se conocen ahora: el tribunal usó la figura de “tentativa de femicidio. El hecho acaeció en agosto de 2010 y fue conocida la sentencia en los primeros días de septiembre 2012.