Una masculinidad heroica o las alas de Ícaro

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A partir de la puesta en cuestión de una sola forma de ser masculino, la autora reflexiona sobre el modelo de masculinidad hegemónica y sus modos de construcción y representaciones culturales. En una de sus variantes más exaltadas -especialmente desde la publicidad-, ser varón hoy implica asumir "comportamientos temerarios": la tendencia a transgredir límites y desafiar la muerte para alcanzar la valoración y el prestigio social.

Por Silvana Camerlo*

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¿Es correcto hablar de masculinidad en singular? ¿Podría pensarse en múltiples masculinidades? Connel (1995) define la masculinidad hegemónica como “la configuración de práctica genérica que encarna la respuesta corrientemente aceptada al problema de la legitimidad del patriarcado, la que garantiza la posición dominante de los hombres”. El género dominante es el que sostiene y usa los medios de violencia. La masculinidad es un efecto de la cultura, una construcción o mascarada, no una “esencia” que define al hombre y que se eterniza más allá del momento socio-histórico, el espacio geográfico o la situación social que estudiemos y que, además se opone a la “esencia” femenina.

 

Sin embargo, durante siglos, hemos vivido en una cultura occidental, patriarcal, heterocentrada, en la que una sola masculinidad se ha constituido en la norma hegemónica, trayendo como consecuencias el heterosexismo y la misoginia, entre otras. El género es un constructo social, performativo, conformado por circunstancias históricas y discursos sociales y no por condiciones biológicas. Existen modelos de comportamiento elegidos y fijados por cada sociedad de cómo ser mujer o cómo ser varón. El tema de la masculinidad es un tema del ejercicio de un poder. La dominación y el poder masculinos han sido los culpables del surgimiento de actitudes racistas, sexistas, clasistas, homofóbicas. El creer que la masculinidad es un conjunto de valores “inmutables” no ha sido más que una excusa para fundamentar privilegios y descalificaciones. (Cortés: 2003).

Las guerras, los deportes de alto riesgo, el abuso de alcohol, drogas, y energizantes, las “picadas” (drag racing) de autos o de motos, la falta de uso de preservativos en las relaciones sexuales, entre muchas otras actividades, contribuyen al fortalecimiento de una imagen masculina, por la cual es imperiosa la confirmación de la valía, a través de la violencia, la fuerza y la agresividad.

La masculinidad – lo mismo que la feminidad– se adquiere, a través de un proceso de aprendizaje, en el que una es producto de la otra, puesto que la primera se define como la negación de la segunda y viceversa. Se crea una vinculación directa hombre= masculino; mujer= femenina. La mujer es descripta como lo extraño, lo oculto, lo desconocido, lo indefinido. Lo masculino, por lo contrario, tendrá como características lo claro, lo límpido, lo bien delimitado, lo firme y  lo natural. Esta concepción se fundamenta en el rechazo de la pasividad, actitud entendida como femenina. Transmitimos o percibimos los valores de género a partir del lenguaje y de la apariencia –movimientos, gestos, expresiones, entonación de la voz, vestimenta– y de ahí procedemos al etiquetamiento. (Cortés: 2003).

 

No existe una única masculinidad, entonces, sino masculinidades complejas y contradictorias y cada una tiene sus características específicas. La masculinidad hegemónica – imagen constituida para la clase media blanca y heterosexual–, no obstante, se construye a partir de la relación con las otras masculinidades subordinadas y la oposición a las feminidades. La identidad masculina se ha ido consolidando, a partir de la protección frente a dos amenazas: la feminidad y la homosexualidad. Ambas amenazas conllevan la peor humillación que un hombre pueda sufrir– según la visión hegemónica de la masculinidad–: la de ser penetrado como una mujer. Ésta es una masculinidad que necesita constantemente reafirmarse y para ello se vale de la violencia, la fuerza y la agresividad, a fin de mantener su dominio. (Cortés: 2003). “La masculinidad individual es una coraza para las acciones violentas”, dice Paul Smith. (Citado por Cortés: 2003: 231).

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