Violencia Rivas: La risa que ayuda a escuchar

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(Tiempo estimado: 3 - 6 minutos)

El éxito cosechado por el personaje de Violencia Rivas bien hace pensar que algo de peso se tramita en la carcajada que desatan sus videos. Por algo, su libretista –Pedro Saborido- afirma que “la risa es un síntoma más de lo que somos”.

Por Sergio Zabalza*
escucha

¡La llamó así porque su mujer, era su madre,

vamos! ¡La llamaba como era necesario!

Jaques Lacan(1)

La psicoanalista Colette Soler(2) afirma que los hombres no escuchan a las mujeres porque les creen. Se trata de una afirmación paradójica ¿Cómo se puede creer lo que ni siquiera se escucha? La respuesta es que, salvo contadas excepciones, lo que llega a nuestros oídos es tan solo el mensaje tamizado de nuestros propios temores y fantasías. Aquel chiste del hombre urgido por cambiar la rueda del auto y que, antes de cualquier solicitud o respuesta, le grita al vecino: ¡metete el cricket en el traste! habla más que cien tomos de psicoanálisis.

 

Las situaciones conyugales constituyen, por lo tanto, una escena privilegiada de este malentendido que distingue a la condición humana. Es que, por lo general los varones ordenan su vida a partir de la demanda femenina. En efecto, la fantasía masculina construye una mamá todo terreno que, más o menos rezongona, más o menos exigente, indica las prioridades y pautas que orientan la vida: eso que en el barrio se llama la bruja. “Uno cree lo que ella dice: es lo que se llama el amor. Y es por eso que éste es un sentimiento que he calificado, en la ocasión, de cómico”, dice Lacan(3).

 

Tenemos entonces hasta aquí una mujer a la que se le está permitido hablar solo en determinados ámbitos Por algo, San Pablo especificaba que callen las mujeres en la iglesia, con lo cual quedaba acotada su palabra a los ámbito reservados del hogar y la familia. El chiste aquí convocado es aquel según el cual la última palabra en la casa la tiene el hombre: “Sí, querida”.

 

Así, el humor colabora a tramitar y revelar un conflicto subjetivo: en este caso, la paradójica confrontación que el varón sostiene –en su propia subjetividad- con el objeto de amor más deseado y temido, el más necesario y amenazante. En efecto, en virtud de este conflicto constitutivo, la voz de la mujer puede resultar para el macho tan indispensable como intolerable. Me duele una mujer en todo el cuerpo, decía Borges en un poema que, no por nada, lleva como título “El amenazado”.

 

Poco tiene que ver la efectiva compañera que con mejor o peor suerte acompaña los pasos del caballero. Con probabilidad, cualquier obligación será traducida como una exigencia que, vía la familia, los hijos, el laburo, etc, termina en la mujer/mamá que el macho alberga en su cabeza. Cuestión que explica el confinamiento que hasta no hace mucho padecía el verbo femenino. (Al respecto, Mary Catherine Bateson relataba las discusiones que sostenían sus padres a propósito de la función ordenadora que Margaret Mead -famosa antropóloga- prestaba a su marido Gregory, genial mentor de la psicología sistémica).

 

Ahora bien, ocurre que, hoy en día, las mujeres se prestan cada vez menos a servir de soporte a esta necesidad del macho/niño. La época, la cultura, la educación, ponen en cuestión aquel rol de madre y esposa que la civilización, para bien o para mal, otorgaba a la mujer hasta hace un tiempo. Basta colegir que, en lo que a la procreación respecta, la ciencia ha desalojado a la madre de su condición de certísima. Hoy tenemos una pluralización de la función materna: genitora, biológica, gestadora, adoptiva, sustituta, etc., mientras que el varón sigue siendo el mismo. O peor: Porque esta madre, ya no certísima, le ha quitado el principal punto de apoyo al macho, que hoy aparece, según los casos, acorralado, desorientado, violento, sumido en la… incertidumbre, precisamente. Por lo pronto, no sería descabellado considerar que la actual escalada femicida que padecemos echa raíces en este cambio de posición del campo femenino.

 

Inseminación artificial, embriones congelados, donación de esperma, vientres subrogados…, el otrora cruel reloj biológico ha perdido poder ante la multiplicidad de recursos que una mujer dispone para programar su acceso a la maternidad. Sin descartar, desde ya, a las que lisa y llanamente, optan por relegarlo en pos de objetivos laborales, vocacionales o de cualquier otra índole. De alguna manera, los tiempos actuales insinúan que la compañía permanente de un hombre ya no es tan necesaria para una mujer. Hasta pareciera que a los muchachos les conviene… callarse.

 

Lo cierto es que cuanto menos se callan las chicas, menos escuchan los hombres. Es que frente a los imperativos que hoy marca la época, tan dispuestas se muestran ellas como resistentes ellos. Por alguna razón el varón no acepta despojarse del imaginario del macho proveedor con la que hasta hace un tiempo encontraba un lugar en la comedia cotidiana. El macho solo escucha a su fantasma.

 

De allí que la pregunta acerca de: ¿Qué despiertan hoy las mujeres en la fantasía de los hombres? sería la más pertinente para el actual estado de cosas. Nuevamente el humor brinda esa puerta de alivio y esclarecimiento.

 

Violencia Rivas es quizás una de las figuras emblemáticas con las que el hoy humor ilumina los fantasmas que aquejan a las personas, en este caso a los tipos. No en vano, se trata del personaje de una mujer, pero encarnado por un hombre: Diego Capusotto.

 

Mujer de edad madura, Violencia –que no escucha nada ni a nadie- la emprende contra todos los semblantes instituidos. Así, la madre, la esposa, el amor, la buena fe, quedan pulverizados ante las puntuales verdades que Violencia expresa sin mediación ni pudor alguno. El éxito cosechado por el personaje bien hace pensar que algo de peso se tramita en la carcajada que desatan sus videos. Por algo, su libretista –Pedro Saborido- afirma que “la risa es un síntoma más de lo que somos”(4). Una oportunidad para reírnos de nosotros mismos. ¿Para escucharnos, tal vez?

*Psicoanalista.

 

(1) Jacques Lacan, El Seminario; Libro 18 , clase 5 del 10 de marzo.

(2) Colette Soler, La Maldición del Sexo, Buenos Aires, Manantial, 2005.

(3) Jacques Lacan, El Seminario; Libro 22, RSI, clase del 21 de enero de 1975.

(4) Revista Ñ, del 1° de septiembre del 2012, página 6.