La argenti-nada

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En el rechazo a la política encuentra el autor de este artículo una clave de lectura al "individualismo" de masa presente hoy en muchas expresiones de la vida cotidiana y en manifestaciones colectivas carentes de cualquier elemento cohesivo. La política lleva implícita la posibilidad (y la necesidad) del conflicto, pero "el arte de vivir" u otros gurúes permite a muchos sostener la ilusión de un mundo donde el conflicto, motor de la historia, está ausente.

Por Sergio Zabalza*

Burbujas

Escasos días atrás, tuve la oportunidad de presenciar la siguiente escena. Sábado al mediodía, restaurant en la calle Lavalle al 900: almuerzo junto con algunos colegas. De pronto, en la mesa de al lado se suscita la siguiente discusión:

-¡No señor! A mí me corresponde un descuento. Así dice el volante que me dieron. ¡Llame al gerente!

Viene el gerente.

- ¡Ustedes prometen algo que luego no cumplen! ¡A mí me corresponde el descuento!

El gerente le contesta algo en voz baja y entonces el cliente, casi fuera de sí, le espeta:

-Son unos chorros. ¡¡Esto es otra argentinada más!!

Dejo en claro que el señor cliente –cuyo reclamo quizás sea legítimo- es oriundo de esta bendita tierra.

Entonces: ¿Qué imaginario, qué ideología, qué tropiezo cultural hace que un argentino descalifique, insulte o critique a otro, mediante el expediente de la argentinada? ¿Ocurriría algo similar en Brasil, en Chile, o en otros países de la región o del mundo?

No lo creo, al menos: no de manera generalizada, como suele suceder en estos lares. Porque, a no dudarlo, el señor en cuestión es representante de un mal social que aqueja esta margen del Río de la Plata (plata, quizás de eso se trata).

 

En efecto, personas cuyo horizonte de vida no pasa del anhelo de estar satisfechos hay en todos lados, gente cuya inquietud no va más allá de: mi familia, mis vacaciones, mi coche, mis hijos, mi propiedad, etc. abundan por doquiera se vaya. Pero apelar a la nacionalidad a la que se pertenece para descalificar al semejante es propio de este país, tan raro, tan complejo, tan esquizo y violento.

 

Sin dudas, el fenómeno responde, en parte, al individualismo de masa cuyo origen se encuentra en el fetiche de la mercancía que Marx supo denunciar en El Capital. Pero la raíz criolla de esta calamidad habría que rastrearla en la mentalidad de saqueo que Martínez Estrada –por ejemplo- describe en su Radiografía de la Pampa, esa vocación de rapiña que antepone la seguridad del yo a la buena fe, indispensable para construir cualquier nosotros más o menos viable. Porque: Doña Rosa, mire, la inflación es siempre del yo.

Es que para acceder a la identificación con el Otro es menester desprenderse de alguna porción de narcisismo: creer en algo, para decirlo todo.

 

Sólo así se puede entender estas convocatorias en las que miles de personas se reúnen portando banderas –argentinas-, y cantando el himno –argentino- porque quieren comprar dólares sin pagar los impuestos. (Dicho sea de paso, para viajar a países donde te afanan en inglés o francés). Se trata de la argenti–nada: exige satisfacción sin formular propuestas.

 

En La izquierda lacaniana, Yannis Stavrakakis sostiene que “[…] lo `nuevo´ en la política siempre se relaciona con el surgimiento de un nuevo significante, un nuevo ideal que viene a ocupar el lugar de principio organizador de un campo discursivo y de identidades subjetivas asociadas”.

 

Me interesa destacar entonces un rasgo que distingue a este individualismo de masa: el rechazo a la política. Nadie en este montón se siente representado por ningún líder o credo. Es que para acceder a la identificación con el Otro es menester desprenderse de alguna porción de narcisismo: creer en algo, para decirlo todo.

 

Pero el individualismo argentino reduce su capacidad de creencia a los entes fetichistas que le provee la religión, el arte de vivir o cualquier gurú hábil para sostener la ilusión de un mundo sin conflicto.
Yannis Stravkakis, La izquierda lacaniana, Buenos Aires, FCE, 2010, página 82.

Pero el individualismo argentino reduce su capacidad de creencia a los entes fetichistas que le provee la religión, el arte de vivir o cualquier gurú hábil para sostener la ilusión de un mundo sin conflicto. El Otro – la diferencia- les resulta intolerable. Son amargos. Por eso, los estandartes o símbolos patrios pierden espesor y contenido en sus manos: no cohesionan –como destaca Freud en El Malestar en la Cultura- al colectivo tras un proyecto. La argenti-nada carece de valor erótico.

 

Por el contrario, la alegría de la gente en el Bicentenario nos brinda un ejemplo bien distinto: muchedumbres agolpadas se transformaron en cuerpos sexuados responsables, que bailaban, cantaban y aplaudían, sin por ello caer en el estado de masa. La fobia social, aunque sea por una vez, se había disipado. No en vano, Lacan afirma que “El inconciente es la política”, el lugar donde la singularidad –y no el individuo- tramita su habitat en el Todos. Bueno, nada.

 

*Psicoanalista.