“Tendríamos que intentar evitar el conflicto dicotómico”

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LLP ¿Qué rol te parece que juegan los medios en relación a las mitomanías?


AG -Tienen un rol central, porque en la medida en que esas creencias no son cuestionadas entonces la percepción que cualquiera tiene -un maestro, un periodista, un alumno, un lector, un ciudadano-, todas sus lecturas de la realidad están guiadas por la matriz de percepción de esas mitomanías. Hay todo un capitulo que le dedico a la idea de la decadencia nacional y de que todo tiempo pasado fue mejor; en la medida en que vos supones que todo tiempo pasado fue mejor entonces cualquier dato que tengas sobre la escuela, sobre la seguridad, sobre la salud, sobre el transporte, sobre los salarios, sobre cualquier tema, los vas a leer sobre la base de una época en que la Argentina fue mejor.


¿Por qué objeto eso? Porque creo que no nos permite vislumbrar que puede haber ciertos temas  ciertas cosas en las cuales hubo algún momento histórico del pasado en el cual la Argentina fue mejor y hubo otros temas y otras cuestiones en las cuales la Argentina avanzó y no retrocedió.

 

LLP- ¿Podrías darnos algunos ejemplos?


AG -Por ejemplo, creo que nunca fue tan interesante como hoy la política hacia América Latina. ¿Qué quiere decir? Hasta el año ‘83, toda la política internacional de Argentina era estar de espaldas hacia los países vecinos, hacia Brasil, hacia Chile. Recién en el año ‘84 pudimos votar la paz con Chile y dejar de estar con conflictos limítrofes que casi nos llevan a una guerra; recién en el año ‘85 el presidente Alfonsín se reunió con el presidente de Brasil para iniciar lo que después se concretaría como Mercosur y nos lleva a toda esta situación de una sólida alianza en la región. Pasamos la mayor parte de nuestra historia con hipótesis de conflicto con países vecinos y eso fue profundamente nocivo para la Argentina. De la misma manera puedo decir que nunca hubo una inversión en ciencia y tecnología como la que hay hoy, Claramente de manera objetiva, hoy hay más investigadores que los que hubo en el pasado, con más recursos que los que tuvieron los investigadores en el pasado. ¿Eso quiere decir que la Argentina anda maravillosamente bien? No. En transporte la Argentina retrocedió, por poner un ejemplo.

 

LLP - Uno puede escuchar o leer en distintos lugares que Argentina no tiene nada que ver con otros países de América Latina. ¿A qué atribuís esa concepción? ¿Existe algo llamado América Latina?


AG -Ahí hay que entender varias cosas. La primera es que la manera en que se construyó la idea de nación vinculada a lo que llamamos europeísmo, que es la idea de que descendemos de los barcos, de somos un enclave autóctono en América Latina, etcétera. Todo eso fue una retórica y un discurso fundamental para distanciar a la Argentina de América Latina durante mucho tiempo. A mi juicio, ese discurso todavía tiene vigencia en la sociedad, por lo menos en ciertos sectores. No te podría decir si es mayoritario o no, pero aunque fuera minoritario, es muy relevante. No es de una pequeña minoría, sería de una gran minoría. De hecho, estoy convencido de que el menemismo fue posible en parte porque se basó en ese discurso y en que el uno a uno supuestamente nos llevaba a ser parte del Primer Mundo; se basó en la ilusión de que hay un camino por el cual nosotros podríamos no ser latinoamericanos, sino parte de los países centrales. Es decir, no es algo que está en un pasado lejano: está en un pasado muy cercano y en algunos de los discursos que escucho, está en el presente.


Ahora: la contraposición de eso es la afirmación de que América Latina es una unidad cultural y que nosotros pertenecemos a esa unidad cultural, y yo creo que no es así. América Latina es una región compleja, diversa, y los que reivindicamos la identidad latinoamericana tenemos que asumir la complejidad y la diversidad de las culturas latinoamericanas, que incluso no son latinas todas ellas. Porque, obviamente, las culturas indígenas o las culturas afro no son latinas. La cultura afro es muy relevante en muchos países de América Latina, tremendamente relevante, e incluso considero que en lo que es la América Latina contemporánea nosotros tenemos que incluir otros procesos más de las últimas décadas, como la migración de países asiáticos, donde en muchos países esos migrantes han llegado, se han integrado o deberían integrarse más. Esto da cuenta de una enorme heterogeneidad que no es un obstáculo para entender que la única forma de insertarse en un contexto global, desde una posición de fuerza relativa, es en una alianza latinoamericana.


Esa alianza no existe hoy por varias razones, lo que existe es Unasur, que es una alianza sudamericana. No es latinoamericana porque existe el Nafta. México que es el país de habla hispana más poblada, está inserto en el NAFTA, las políticas hacia Centroamérica han logrado alianzas entre EE.UU. y algunos de los países centroamericanos y eso plantea desafíos a futuro para una alianza realmente latinoamericana. En ese sentido, creo que hay dos visiones: una visión que dice que lo que existe es Unasur, y otra, que es la que yo entiendo, en la cual la alianza sudamericana es un paso fundamental para, en el momento adecuado, seguir avanzando hacia una alianza realmente latinoamericana. En el plano económico hoy eso es muy difícil, prácticamente imposible, pero podría tener un capitulo cultural fundamental, porque en el plano latinoamericano el intercambio cultural, el intercambio académico, circulación de libros, de cine, de música podría estar por delante de la economía. Lamentablemente, en muchos procesos de integración se colocó siempre a la economía por delante de la cultura, pero cuando la economía no está en condiciones de integrarse, por la razón que fuera, podría perfectamente colocarse a la cultura por delante de la economía.

 

LLP - Nosotros, como sociedad viviendo en democracia, somos relativamente jóvenes, ya que hace apenas treinta años que salimos de una dictadura donde no cabía discutir nada. Teniendo en cuenta esto, ¿cómo ves el futuro, en el sentido de si sos optimista o pesimista sobre nuestras posibilidades de romper con esa matriz de pensamiento binario que nos caracteriza?


AG -La Argentina ha tenido una característica muy distinta, por ejemplo, de Brasil, que es lo que yo llamo la discontinuidad. Generalmente se dice que Brasil es un país con políticas de Estado y la Argentina no, pero yo objeto esa afirmación en el libro y digo: no, Brasil es un país con continuidad y la Argentina es un país discontinuo y la continuidad es preferible a la discontinuidad cuando las políticas son buenas. Pareciera que la continuidad siempre es preferible, pero eso es falso porque la continuidad de la esclavitud que hubo en Brasil no es preferible a la discontinuidad de la esclavitud que hubo en la Argentina. La continuidad de las cinco llaves de los archivos de la dictadura brasileña no es preferible a la discontinuidad al juicio a las Juntas y todos los juicios que hubo en la Argentina. Entonces como la Argentina es un país discontinuo se ha metido rápido en la democracia porque encarceló a los militares muy, muy rápido, en dos años; hace treinta años tenemos democracia pero hace veintiocho que hubo juicio a las Juntas. Después, porque somos discontinuos, vino el indulto y todo lo que conocemos, pero también por suerte vino la anulación del indulto y yo espero ya no retroceder en todos los logros en derechos humanos que tuvo la Argentina.


O sea que la Argentina es a la vez joven pero al mismo tiempo tiene la ventaja de que fue un ejemplo y sigue siendo un ejemplo en muchos temas de derechos humanos. En ese sentido yo creo que el caso de los derechos humanos y de la propia valoración de la democracia (que fue un cambio impresionante). Si vemos lo que pensaban los actores sociales en los años sesenta de la democracia y lo que piensan hoy, el cambio es impresionante porque en los años sesenta no sé quiénes valoraban la democracia en sí misma; cuando vemos el golpe a Illia y toda esa situación te das cuenta de que existía esa valoración. Entonces en ese sentido, sí tengo un cierto optimismo, veo que hay cambios positivos. Al mismo tiempo, cuando veo la persistencia de ciertas formas a lo largo del tiempo y en contextos tan distintos de donde se originaron, admito que me torno más escéptico. Creo que podría reducir mi escepticismo si se potenciaran más conscientemente los instrumentos para socavar esos lenguajes anquilosados que nos impiden ir más allá de ciertos límites.

 

*Periodista. **Fotoperiodista

El Banco del Sur, un sueño

La creación de la Unasur (Unión de Naciones Sudamericanas) fue el primer paso de un ambicioso proyecto destinado a convertir el subcontinente en un bloque político sólido, con la autonomía suficiente como para reparar viejas debilidades y afrontar un intercambio más igualitario con las potencias mundiales.

El otro paso relevante fue, tal vez, más osado aún: la conformación del Banco del Sur, una entidad que sirviera de prestamista de última instancia en caso de crisis, y que también hiciera las veces de instrumento para financiar obras de infraestructura. La idea era desligarse de la influencia del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y el Bando Interamericano de Desarrollo, cuyas políticas e intereses no suelen coincidir con los de la región.

El afán independentista tiene, claro está, un precio alto. El Banco del Sur, para lograr realmente existir, debe capitalizarse con los fondos que las naciones miembro allí destinen. Por ahora se han sumado Argentina (promotora de la idea bajo la presidencia de Néstor Kirchner), Brasil, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Uruguay y Venezuela. Chile y Perú son socios observadores, mientras que Colombia decidió no intervenir.

Entre todos deberán invertir un capital inicial de u$s 20.000 millones, fragmentado en proporciones diversas. Argentina, Brasil y Venezuela serán los mayores financistas, con acciones por u$s 2.000 millones, que se completarán a lo largo de cinco años. Ecuador y Uruguay aportan u$s 400 millones cada uno, y Bolivia y Paraguay, u$s 100 millones.

El potencial es enorme, basta mencionar que el total de reservas de todos los bancos centrales de la región alcanza los u$s 800.000 millones. Pero la marcha es lenta y larga, obstaculizada por diferencias políticas y necesidades de caja que afectan el financiamiento.