Crisis financiera y democracia

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Al cumplirse casi tres décadas de la recuperación de la democracia se torna necesario reflexionar sobre la relación entre la aplicación de los sucesivos programas de ajuste derivados de los condicionamientos impuestos por el endeudamiento externo, por un lado, y el progresivo deterioro de la democracia real que tiene como expresón culminante la crisis del 2001, por otro. Invertida aquella relación, a partir del crecimiento con inclusión social iniciado en 2003, amplios sectores del sistema político siguen hoy inmersos en las lógicas de un pasado de frustraciones que, en lo esencial, como país, dejamos atrás al liberarnos del mecanismo perverso del endeudamiento y la usura.

(Segunda parte del artículo “Su majestad el mercado: crisis financiera y democracia”)


Por Rafael Prieto*

 

Hace casi 30 años era un lugar común afirmar que la democracia recuperada se iría fortaleciendo con el transcurrir del tiempo como consecuencia necesaria del propio funcionamiento de sus instituciones fundamentales.

 

El razonamiento, implícitamente, descansaba en una lógica similar a lo que representa la ejercitación constante y disciplinada del deportista que se entrena para superar sus propias metas. Traducido: la continuidad de la práctica democrática desarrollada en el interior de las propias instituciones, por si misma, elevaría la cultura política, creando un círculo virtuoso en constante retroalimentación. Un círculo capaz de mejorar la calidad de la dirigencia, enriquecer la vida de las fuerzas políticas e instituciones; en definitiva, hacer madurar el sistema en su conjunto.


Sin dejar de reconocer que dicho razonamiento contenía, indudablemente, un ingrediente de verdad, su error descansaba en el concepto estrecho y limitado de lo que se designaba con el término democracia: este aparecía reducido (y esta caracterización no implica restarle importancia) al funcionamiento normal de las instituciones al margen del contenido de las políticas que determinaran la suerte del país. Es decir, una democracia concebida de manera disociada de la marcha de la economía, de la realidad social, cuando no de la propia cultura política que se expresa en el accionar de la dirigencia y su capacidad de representar y conducir el interés del país y de las mayorías populares.

Casi 20 años después de la apertura del proceso democrático, la Argentina se enfrentaba a la peor crisis de su historia. Esa, y no otra, fue la foto del 2001, una imagen impensada dos décadas atrás cuando el país salió de la noche negra de la dictadura. Una Argentina con su tejido social virtualmente destruido, con inmensas lagunas de pobreza y exclusión, fábricas arrumbadas y economías regionales destrozadas, sin moneda, con millones de desocupados y desesperanzados; sin Estado, con una dirigencia repudiada por la inmensa mayoría de la población, con sus instituciones diezmadas y sin un horizonte cierto de un futuro de esperanza.

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