Buitres de hoy y de ayer

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La necesidad de no perder la memoria

El valor de este logro solo puede ser apreciado si recordamos lo que nos pasó durante, nada menos, que un cuarto de siglo.

 

El mayor default de la historia fue la consecuencia del proceso iniciado por Martínez de Hoz, artífice y mentor local de la ingeniería que introdujo al país en el dispositivo de la usura internacional.

 

El creciente endeudamiento fue a la vez un sistema de extracción de riqueza y de condicionamientos de las políticas internas en términos de perpetuar el dispositivo que subordinó las variables macroeconómicas al objetivo excluyente del interés de los acreedores, aunque, como se sabe, ese sistema sufrió diversas transformaciones a lo largo del cuarto de siglo en el que impuso su lógica a la economía argentina.

 

El proceso del endeudamiento que se inicia con la dictadura y que culmina con el default del 2001 fue analizado en innumerables y valiosos trabajos que se detuvieron, precisamente, en describir las distintas etapas y fases por las que se desarrollo la crisis del endeudamiento y las correspondientes estrategias por parte de los acreedores.


No es el objeto de esta nota reconstruirlas, pero sí señalar el común denominador que existió como constante. Esto es, que en lo esencial las políticas internas, apelando a instrumentos diversos, siempre fueron diseñadas o condicionadas de acuerdo a las exigencias de las coyunturas creadas por las sucesivas crisis de la deuda y nunca en función de un programa de desarrollo nacional de largo alcance que se sobrepusiera a tales exigencias.

 

Cada fase dio origen a la etapa siguiente y la estrategia de los acreedores fue adaptándose, como se decía, a las condiciones que caracterizaron cada ciclo. Ellos nunca confundieron, como suele suceder en nuestro país, los objetivos con los instrumentos, es decir, sus intereses permanentes respecto de los medios (las recetas) adecuadas en cada ciclo o coyuntura.

 

Sólo basta mencionar el Plan Baker, que centró el modelo de pago en la formación de un excedente exportador, siempre insuficiente para hacer frente al peso de los intereses y capital de la deuda. Las variables claves fueron, en el marco de esa lógica, las altas tasas de interés, el tipo de cambio alto, los salarios bajos y el ajuste del gasto público para controlar el déficit fiscal.

 

O el Plan Brady, claramente distinto al Baker, que bajo las nuevas condiciones internacionales (y ante la evidencia del agotamiento de la receta anterior) impuso como enfoque general vincular la "solución" de la deuda a las políticas de privatización de los activos públicos, apelando (al estilo de lo que hizo Martínez de Hoz con la tablita) al establecimiento de un tipo de cambio fijo y crecientemente retrasado, uno de cuyos efectos fue abaratar las importaciones al mismo tiempo que se liberaba el movimiento de entrada y salida del capital financiero especulativo garantizando el precio interno de la divisa norteamericana.

 

Dos recetas distintas, basadas en enfoques e instrumentos de política económica también disímiles e incluso opuestos, pero emparentados esencialmente por el hecho de responder, en cada caso, a la prioridad excluyente de los intereses del capital financiero en su condición de acreedor.

 

La historia es bien conocida, aunque la memoria muchas veces sea frágil para muchos que avalaron aquellas recetas y que hoy se presentan como opositores de las políticas del actual gobierno.

 

Cuando se habla de la inestabilidad de la economía argentina, o lo que es lo mismo, de la imposibilidad de desarrollar un programa sostenido de largo plazo, muchas veces se hace caso omiso a la relación que existió durante casi tres décadas entre las crisis cíclicas y el dispositivo en el que fue introducido el país como consecuencia del proceso de endeudamiento externo y la usura.

 

No hay que ser demasiado agudo para advertir que las recurrentes crisis (desempleo masivo, hiperinflaciones, destrucción de la producción, inestabilidad, desequilibrios que culminan en colapsos, sin mencionar, claro está, los "efectos" sociales de las crisis) fueron inherentes al modo en que se gestionó la política económica interna en relación a las condiciones derivadas del proceso de endeudamiento.