A la captura del capital simbólico

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A cien años del nacimiento de Rogelio Frigerio, un repaso por las principales vertientes de su pensamiento y su mirada sobre el diagnóstico y los caminos para el desarrollo nacional. "Su certeza de que la Argentina tenía un porvenir de nación plena fue realmente inconmovible, a despecho de todos los síntomas y de la comprobada baja calidad de la dirigencia, a la que reprochaba su rutina intelectual y su conformismo", señala el autor de esta nota.


Por Guillermo Ariza*

Dalí

 

Los cien años transcurridos desde que vino al mundo Rogelio Julio Frigerio han sido los de mayores y más acelerados cambios que ha vivido la humanidad y solo serán superados por los acontecimientos que vendrán. Verdad de Perogrullo, se dirá, pero que sirve para encabezar con aire historicista una reflexión sobre su legado teórico, cuya ponderación recién empieza, y sobre todo es necesaria para enmarcar lo que a todas luces es un esfuerzo para capturar el capital simbólico que el desarrollismo parece haber alcanzado hoy en la Argentina.

Frigerio insistía en que los desafíos del presente debían analizarse en el contexto de la cadena sin fin de sucesos que las sociedades y las culturas desenvuelven a lo largo de “proceso histórico-concreto”, en cuyo seno se registran los esfuerzos (los trabajos y las luchas) para construir formas de convivencia cada vez más solidarias y ricas en sus expresiones artísticas e intelectuales.

Rescataba las características nacionales como resultado de ese proceso, señalando que si lo que singularizaba a la Edad Media fue el aislamiento, sin duda lo que venía en este siglo XXI (él era sobre todo un hombre del XX, aunque con una mirada visionaria) sería el mundo-uno, donde todos los miembros de la especie se reconocieran plenamente como iguales en cuanto derechos y obligaciones, con toda la diversidad que las respectivas culturas hubiesen logrado amasar como expresión de su genio y creatividad. Así, la cultura nacional está constituida por el conjunto de acciones que cada pueblo ha desenvuelto en las modificaciones de su ambiente, tanto con sus obras materiales como las expresiones espirituales, artísticas y científicas, y continúa haciéndolo.


Entendía a la etapa nacional como una transición que, mientras estuviese vigente, debía realizarse como contenedora de las múltiples acciones humanas, moldeándolas en su interacción con el medio de un modo singular, específico de cada pueblo aunque se compartan conocimientos y valores universales. Y definió al Estado Nacional (bien diferente del Estado-Nación que generaron siglos atrás las monarquías europeas) como la “expresión jurídico-política” de esa singularidad histórica.

Asumía que existía una cultura latinoamericana, propia del continente, para añadir de inmediato que ella albergaba las particularidades que cada país y las regiones habían forjado a lo largo de su historia, recogiendo de modo específico el sustrato precolombino (lo cual ya establecía una primera y gran diferenciación interna) y transformado no sin sacrificio en expresiones únicas de los pueblos a lo largo de cinco siglos desde la llegada de los primeros navegantes ibéricos, a través de la lenta ocupación del territorio y explotación de sus recursos y pasando, como fase decisiva, por las gestas independentistas que construyeron los estados nacionales que hoy todavía identifican esta parte del mundo.

Para Frigerio la nación debía terminar de configurarse, tanto en el aspecto material como en el institucional y cultural, para fundirse en el todo aportando su identidad y enriqueciendo el conjunto. “Los pueblos -decía- se construyen a sí mismos en el duro lecho de la historia”, y la frase tenía inequívocas resonancias filosóficas.

Así como en público no hacía alarde de su recurso metodológico al materialismo histórico, lo aplicaba con todo rigor a la hora de analizar los desafíos de la política y la economía. Solo al final de su vida, cuando ya contemplaba su propia trayectoria con menos pasión inmediata, admitió en un reportaje académico su deuda intelectual con el pensamiento dialéctico, aunque esa filiación era desde siempre rastreable en sus escritos. A los jóvenes que se sumaban a la militancia en el marco de la organización que lideraba, les recomendaba imperativamente la lectura iniciática del manual en el que Engels sintetizó didácticamente el marxismo, el Anti–Dühring.