A la captura del capital simbólico

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La influencia gramsciana

Frigerio

Hay algo de apresuramiento en negar la influencia de Gramsci sobre Frigerio. Y sin embargo son más las inducciones que así lo indican que los elementos en sentido contrario. Es materia de investigación para el futuro, mediante una exégesis detallada. Tanto su gran aporte, pensar los desafíos de la política y la economía en clave nacional y teniendo en cuenta a la cultura, como su propuesta política de construir una representación frentista que expresara una dinámica alianza de clases, que no era una “conciliación” ni “armonía”, para hacer el desarrollo (“a marchas forzadas”), llevan a pensar en el vínculo y la deuda con las reflexiones del pensador italiano. Su concepción de la cultura también, pero allí recoge ostensiblemente la tradición de la antropología y la etnología, integrándola en una matriz donde el desenvolvimiento de la base material, en cada país y en cada situación histórica, está muy fuertemente marcada por las ideas dominantes, por los valores, las costumbres y hasta por el paisaje.  

Frigerio solía decir, cáustico, que quienes lo invocaban al voleo, confundían 'método con procedimiento'.

En la década del treinta, cuando Frigerio militó en Insurrexit, (una organización estudiantil que el Partido Comunista trataba de controlar), la represión contra la izquierda era feroz, y entonces se hacía necesario –si se quería progresar en las profesiones y los negocios, salvo para algunos artistas protegidos– evitar cualquier vinculación grosera con el marxismo. De aquella situación provenía cierta paranoia y vocación por esa mal disimulada clandestinidad, bien distinta en sus consecuencias, por cierto, de la que practicó la lucha armada de los setenta, en el marco de una represión ilegal configurando terrorismo de estado.

De su paso por aquellas lides juveniles le quedaron a Frigerio los estigmas del anatema, aunque ironizaba sobre la audacia de reclamar, al promediar los ’30, la disolución del PC por incumplimiento de su cometido transformador. Fue denunciado mil veces por el PCA como un cerdo burgués, un traidor, con tan poca imaginación como rutina. Ello no impidió que algunas amistades sobrevivieran a los distanciamientos políticos. Con Héctor Agosti, por ejemplo, la cultivó hasta el fin de sus días, y con toda seguridad allí andaba el lingüista sardo de por medio.

 

Un testimonio personal: cuando supe que Agosti era un discreto colaborador de Clarín, Frigerio me ofreció conocerlo en persona. Un almuerzo en Veracruz, sobre la calle Uruguay, me permitió presenciar en directo la camaradería estrecha entre aquellos viejos cómplices.

 

A Héctor P. Agosti se le adjudica haber sido uno de los introductores de Gramsci en la Argentina, pero solo José Aricó se animó inicialmente a vincular esa influencia con el desarrollismo al señalar en su libro Marx y América Latina que la revista Qué, dirigida por Frigerio, había sido un ensayo orgánico de aplicación al periodismo y a la política de la obra del pensador italiano.  Más tarde, casi finalizando el siglo XX, Carlos Altamirano presentó un enfoque más aproximativo de las particularidades del desarrollismo argentino al escribir, entre otros aportes, la biografía de Arturo Frondizi para el Fondo de Cultura Económica (en la colección Los nombres del poder, cuyo director era Luis Alberto Romero y el editor Alejandro Katz)


Hasta entonces, los estudios académicos habían soslayado y menospreciado, muchas veces explícitamente, al pensamiento desarrollista. No se le concedía entidad como una corriente de ideas originales o se lo diluía en una versión presuntamente más amplia, casi como un subproducto, de la doctrina cepaliana que tuvo no poco impacto sobre las escuelas económicas y sociológicas locales por el ir y venir de profesionales argentinos. El “efecto Altamirano” obró como un deshielo, y por ahora es el autor más citado cuando se trata de abordar el estudio de esta vertiente política y teórica en los centros de investigación universitarios. La mejor astilla es la del mismo palo.

Tarde o temprano ese silencio y tenaz prejuicio, que duró cuatro décadas, será revisado y saldrán a la luz las motivaciones que inspiraron tal cerrazón. Confiemos en nuestros historiadores de las ideas. A cuenta de esa búsqueda, identificándolos como obstáculos, pueden anotarse los rencores del radicalismo, que no perdonó a Frondizi su profunda, instantánea y duradera alianza con Frigerio (que entre otras cosas llevó al trajinado entendimiento con el peronismo), además de la rusticidad y mecanicismo de una izquierda conservadora para quien resultaba inconcebible que aparecieran análisis y propuestas de inspiración marxista que no estuviesen regidas por las “verdades preconcebidas”. La fugaz y ridícula acusación a Frigerio de “marxista de derecha” no prendió.