A la captura del capital simbólico

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La cuestión agraria

Frigerio

La cuestión agraria fue el test que puso al desnudo el anacronismo analítico de la izquierda. Se repetía que el principal obstáculo para avanzar hacia el socialismo era la persistencia de las formas feudales personificadas en la gran propiedad rural, el latifundio con baja productividad, por lo que sin una reforma agraria “inmediata y profunda” no habría cambios sustanciales en la estructura social. Resabios de esta miope visión persisten hasta hoy, porque la ideología cristaliza infundadas certezas y la razón viene en auxilio del prejuicio para apuntalarlo, y no al revés, como sería esperable en la ya afianzada tradición iluminista.

Frigerio enfrentó esa visión retardataria sosteniendo que el problema del campo era un desafío típicamente capitalista y que las empresas rurales debían invertir para mejorar su productividad, puesto que ése era el verdadero desafío en términos macroeconómicos, y la política económica debía favorecerlo. Su tesis deslumbró a Juan José Real, un prestigioso dirigente comunista que había sido expulsado por propiciar una mejor comprensión del fenómeno peronista, quien se sumó entonces –aunque permaneció fuera de la mirada pública– al equipo desarrollista. Recientemente el historiador Aníbal Jáuregui, estudioso de la trayectoria de “Máximo” Real, lo definió con un simpático título como “un comunista en la corte del rey Arturo”.

Años después, en Síntesis de la historia crítica de la economía argentina, (Hachette, Bs. As., 1979), siguiendo a Emilio Coni, Frigerio presenta a la vaquería del siglo XVII, antecesora de la estancia, como un emprendimiento que empleaba trabajo libre asalariado, con propiedad privada de los medios de producción y regulación estatal a través del permiso concedido por el Cabildo. Con el añadido que los cueros obtenidos en esa suerte de cacería sangrienta tenían como destino el mercado, tanto local como mundial, o sea que reunía todos los ingredientes, aunque con recursos tecnológicos elementales, de una organización económica capitalista. Tanto la primitiva estancia, de la primera mitad del siglo XIX, como la moderna, con el alambrado y el ciclo lanar que siguen a Caseros, son para Frigerio típicas empresas capitalistas. El rastro feudal, si existía, debía buscarse en el sistema de propiedad que pervivía en las regiones más alejadas del centro dinámico, situado en el puerto de Buenos Aires y su área de influencia, cuya dirigencia, consciente de sus intereses, condujo a la Revolución de Mayo.

El capital extranjero

Idéntica miopía tuvo –y tiene aún– cierta izquierda criolla con su rechazo a la inversión de capitales extranjeros, algo que ya en pleno siglo XXI y con el fenomenal despliegue de China en primer plano, pone al descubierto su “indigencia teórica”, sobre la cual alertaba Frigerio. Esta limitación deviene de su precariedad analítica y consecuentemente la cuasi nula percepción del despliegue del capitalismo en su fase avanzada (incluso en su etapa “senil”, según Samir Amin), algo imperdonable en quienes se presumen marxistas. En la concepción de Frigerio, las inversiones extranjeras en sectores claves de la economía que contribuyeran a integrar la estructura productiva servían para impulsar el salto hacia el desarrollo en un país como el nuestro. Aquellas que replicaban lo ya existente no cumplían ese papel.

 

Como un vendaval que arrasa las organizaciones de clase y diversifica las luchas sociales, ahora se anuncia el fin del sindicalismo con el pretexto de las variaciones que imponen al empleo las nuevas condiciones tecnológicas. En lugar de avanzar hacia representaciones más genuinas y más amplias se propugna un retroceso hacia el trabajador ‘libre’ vendiendo su fuerza de labor al mejor postor. Así de retardataria puede ser la voz del presunto progreso.

Frigerio explicó tempranamente que la acumulación necesaria para atravesar el umbral de la autodeterminación (en el grado relativo, pero real, que admite el moderno sistema mundial) no surgía naturalmente en países sometidos a una pérdida del intercambio que ocurría de modo sistemático e incluso más allá de las oscilaciones circunstanciales de los precios de las materias primas. Tenía que ver con la composición orgánica del capital y sus diferencias de densidad influyendo sobre las transacciones comerciales, e incluso sobre las financieras, y requería por lo tanto una estrategia afinada para dar ese salto cualitativo, donde la cuestión de ritmo era asimismo fundamental.

 

Estrategia que difería explícitamente (pese a las semejanzas en el énfasis sobre los sectores básicos) del modelo estalinista soviético, que perseguía la industrialización forzada llevada a cabo en la URSS en base a una superexplotación del trabajo del pueblo al que, contradictoriamente, proclamaba liberar bajo la coartada de la dictadura del proletariado.

 

El recurso al capital externo, para Frigerio, incluye el acceso a la última tecnología disponible, apuntando a situarse en el más alto estándar de productividad que fuese posible. A diferencia del estalinismo, este modelo es compatible con un sistema democrático, y requiere una conducción del Estado incorrupta y técnicamente sólida.