A la captura del capital simbólico

el .

(Tiempo estimado: 17 - 34 minutos)

Evidentemente en la convocatoria desarrollista a la inversión externa hay una inspiración, aunque remota en el tiempo y por las enormes diferencias estructurales, con las concesiones que se realizaron en la URSS, en el marco de la todavía bastante mal estudiada NEP (Nueva Política Económica) impulsada por Lenin en 1921. El líder soviético discrepó en ese momento con Trotski sobre la centralización de la economía e impulsó una apertura a la iniciativa privada que se registró sobre todo en el sector agrario con resultados importantes en el aumento de la producción de alimentos, lo que venía a resolver un déficit monumental.

En Frigerio, el ‘optimismo de la voluntad’ arrastró consigo al de la inteligencia. Su certeza de que la Argentina tenía un porvenir de nación plena fue realmente inconmovible, a despecho de todos los síntomas y de la comprobada baja calidad de la dirigencia, a la que reprochaba su rutina intelectual y su conformismo.


Se convocó también en el marco de la NEP al capital extranjero, mediante condiciones enormemente ventajosas, para elevar la productividad y participar del proceso de industrialización, que durante los primeros pasos de la Revolución, en la fase llamada del “comunismo de guerra”, había retrocedido muchísimo. A esa convocatoria respondieron empresarios alemanes, norteamericanos, italianos, suecos y otros, invirtiendo sumas considerables en la Unión Soviética. 

Sobre esta cuestión, Juan José Real escribió un ensayo introductorio y recopiló los escritos de Lenin, trabajo que forma parte destacada en la bibliografía desarrollista: Lenin y las concesiones al capital extranjero, Ed. Jorge Álvarez, Bs. As., 1968.

Hoy todo esto parece un debate entre extraterrestres, pero entonces despertó posiciones muy duras y polémicas interminables.

La convergencia con Frondizi

Asistimos ahora, en cambio, a una verdadera “recuperación” más que de los aspectos centrales del pensamiento y la propuesta, al menos de las principales figuras del desarrollismo. El deshielo respecto de Frondizi había empezado con el cambio de siglo y ahora le toca a Frigerio, aprovechando las efemérides. La alianza que vinculó a ambos estadistas durante más de cuatro décadas constituye un fenómeno inusual en la historia argentina, marcada por los caudillismos personalistas y excluyentes donde nadie puede crecer a la sombra de un jefe que todo lo sabe y concentra el poder sin compartirlo.

Esa coincidencia entre ambos cofundadores todavía no ha sido exprimida en sus fundamentos y en general las explicaciones que se brindan son mezquinas o superficiales. Hubo algo más que conveniencias políticas mutuas. Los unió un diagnóstico y una estrategia política de largo aliento.

Sin embargo, el renovado interés por el desarrollismo es todavía más bien módico. Piénsese que estamos atravesando una época oscura en materia de elaboración teórica en la Argentina, juicio tal vez demasiado general, en el que el autor de esta nota desearía estar equivocado. La lucha política no recurre ahora a fundamentos filosóficos para dirimir los objetivos últimos de la praxis. La generalmente aceptada extinción de los “grandes relatos” reemplaza la confrontación de ideas por las operaciones de propaganda y prensa. Los epistemólogos que no descienden a la arena de la publicidad no tienen trabajo en la actividad política.

Frigerio fue al encuentro de Frondizi, según los datos históricos, pero éste lo acogió instantáneamente como su aliado íntimo, lo cual habla de una preparación mutua para ese encuentro de inteligencias y voluntades como hay pocos ejemplos a los cuales referirse. Horacio García Bossio nos recuerda que hay dos casos en la historia argentina donde alguien allegado al primer mandatario influye poderosamente sobre él, según lo describió en su momento José Luis de Imaz: el caso de Eva Perón y de Rogelio Frigerio, por cierto, bien distintos entre sí. Lo que en Eva fue pasión y amor por los desposeídos, impulsada por una vocación reparadora irreductible, en Frigerio fue diagnóstico y programa de cambios estructurales, con gestión y voluntad indeclinables.

Volviendo un instante a Gramsci, con una variación, podría decirse que en Frigerio, el “optimismo de la voluntad” arrastró consigo al de la inteligencia. Su certeza de que la Argentina tenía un porvenir de nación plena fue realmente inconmovible, a despecho de todos los síntomas y de la comprobada baja calidad de la dirigencia, a la que reprochaba su rutina intelectual y su conformismo. Y a juzgar por los resultados, no tuvo razón en esto pues, con las excepciones que puedan registrarse, el oportunismo y la irresponsabilidad han sido característicos de la clase dirigente argentina, llevando a la crisis de principios de siglo.