A la captura del capital simbólico

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Frigerio

La decisión de Frondizi de apoyarse en Frigerio desde el mismo momento en que se conocieron es ciertamente asombrosa. Era un dirigente con notable experiencia parlamentaria y muy gravitante en la actividad partidaria. No tenía ingenuidad alguna en la política y sabía cómo conducir a sus seguidores, atrayendo a cualquiera que se acercara, con su magnética personalidad.

¿Cómo logró Frigerio impactarlo y convertirse en su consejero más íntimo primero y luego en su ejecutor más confiable? La explicación tiene que estar en la personalidad y la trayectoria de ambos. Frondizi tenía hechas lecturas sólidas, tanto de filosofía como de teoría política. Era un admirador del socialdemócrata inglés Harold Laski, aquél que calificó tempranamente al primer grupo nazi que rodeaba a Hitler al comienzo de su ascenso, como un “hato de forajidos”. Sus hermanos Risieri y Silvio, con quienes interactuaba, son la prueba palpable del nivel y calidad de la reflexión a que estaba acostumbrado Arturo desde el mismo núcleo familiar del que provenía, donde se movía cómodo.

Es plausible la hipótesis de que su trayectoria lo preparaba para el encuentro con Frigerio, si bien todo indica que fue éste quien buscó al prestigioso dirigente radical para proponerle, en un viraje único de la historia, fundar una nueva visión y una nueva forma de hacer política, donde las ideas y el programa orientaban las acciones tácticas.

En la concepción de Frigerio, las inversiones extranjeras en sectores claves de la economía que contribuyeran a integrar la estructura productiva servían para impulsar el salto hacia el desarrollo en un país como el nuestro. Aquellas que replicaban lo ya existente no cumplían ese papel.


Frigerio, a su vez, había de algún modo agotado su preparación de cenáculo. Durante años había animado equipos de reflexión y trabajo analítico sobre la realidad argentina y estaba preparado para dar un paso hacia la política de primer plano, en el que se movía Frondizi con experiencia, antecedentes y naturalidad. Era el hombre del destino y Frigerio le ofreció todo su potencial sin cortapisa alguna.

Con el trajinado relato a que obligan los años, Frigerio explicaba que cuando se conocieron Frondizi le preguntó cuánto tiempo disponía para dedicarle al trabajo político, dada su condición de exitoso ejecutivo empresario. La respuesta fue que le dedicaría medio día mientras continuaba atendiendo sus negocios el resto del tiempo. Y luego agregaba: “poco después, la dedicación era total”. La pasión y las circunstancias se combinaban felizmente.

Lograron una eficaz complementación. Frondizi, con la precandidatura presidencial era el máximo representante de una amplia coalición tácita que no se limitaba a la gran porción del radicalismo que estaba dispuesto a seguirlo, y que desde luego constituía el grupo mayoritario sobre el cual se tejía el nuevo partido que debería gestarse. Fue algo más que una pragmática distribución de tareas. Frigerio coordinaba el equipo de elaboración política y cultivaba los lazos con los restantes sectores que estaban convocados a sumarse, entre ellos sindicalistas, cuadros políticos peronistas que tenían una visión no sectaria de su propio movimiento y muchas figuras individuales o grupos que veían en esta integración una nueva fase de la historia argentina. 

La primera usina

No es fácil montar un verdadero equipo. De hecho, vulgarmente se le llama así a gente que trabaja en conjunto, pero es algo cualitativamente distinto cuando se trata de transformar un país. Frigerio logró articular a personalidades no solo muy valiosas sino que estuvieron de acuerdo en aportar desde su visión y experiencia a una nueva matriz de análisis que a la vez inspiraba las acciones políticas del gobierno frondicista. Eso fue revolucionario y no hay otros ejemplos en la historia nacional. La generación del 37 fue la inspiradora cultural del antirrosismo, y la del 80, que el grupo desarrollista consideraba de gravitación decisiva en la construcción de la Argentina moderna, compartió un espíritu de época y luego asimiló una influencia clarísima del positivismo francés y el pragmatismo inglés, como rigurosamente los describió José Luis Romero en su estudio de las ideas políticas. No fue el caso de la usina integracionista, y de allí su originalidad. Aportemos algunas referencias sobre algunos de sus miembros.