A la captura del capital simbólico

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Isidro Odena, correntino de origen liberal y que había evolucionado hacia una posición socialdemócrata y se encontraba en el exilio trabajando para la radiodifusión de las Naciones Unidas. Regresó al país y visitó a Frondizi para ponerse a órdenes del nuevo proyecto. Recibió la recomendación de sumarse al equipo de Frigerio, con quien entabló una amistad profunda. Marcos Merchensky, periodista que con el grupo autodenominado Acción Socialista (del que participaba también Dardo Cúneo) había roto con el viejo partido de Juan B. Justo y Alfredo Palacios por su visión reaccionaria del peronismo, se integró a la reaparecida Qué, cuya primera redacción en los cuarenta, bajo la dirección de Baltazar Jaramillo, había integrado fugazmente.

Frigerio [sostenía] que el problema del campo era un desafío típicamente capitalista y que las empresas rurales debían invertir para mejorar su productividad, puesto que ése era el verdadero desafío en términos macroeconómicos, y la política económica debía favorecerlo.


Ramón Prieto, que era delegado de Perón junto con John William Cooke, fue un interlocutor lúcido en toda la fase preparatoria del pacto y su principal gestor práctico, convertido de hecho luego en nexo con dirigentes y organizaciones de base con quienes había trabajado estrechamente desde la Secretaría de Prensa y Difusión en los años anteriores a la Revolución Libertadora. Otros amigos de Frigerio, como Bernardo Sofovich, Eduardo Aragón, Arturo Sábato o Narciso Machinandiarena eran personalidades con funciones variables que incluían contactos diplomáticos, búsqueda de recursos económicos o llevaban a cabo misiones delicadas que requerían alta discreción. Arnaldo Musich, detenido junto con Merchensky por orden del ministro del Interior de Guido, en 1962, estaba en el grupo originario, pero tras el derrocamiento del gobierno se alejó de la política práctica e integró el núcleo directivo del grupo Techint. 

Carlos Hojvat, médico homeópta que formaba parte de los equipos previos de investigación socioeconómica y había sido socio de Frigerio en un instituto de salud, se alejó en esos años, probablemente por una disputa por el liderazgo, que consideraba le pertenecía. Se lo cita con frecuencia como un adelantado, por la publicación de Geografía Económico Social Argentina. ¿Somos una Nación? (El Ateneo, Bs. As., 1950), pero también se ha explicado que editó con su nombre el trabajo colectivo de todo el equipo, lo cual lo aisló. Otro facultativo de ese grupo, Jacobo Gringauz, permaneció vinculado y luego fue el médico personal de Frondizi, durante la Presidencia.

Todo indica que en el Centro de Investigaciones Nacionales, (antecesor del Centro de Estudios Nacionales) que tenía sede en la Av. Luis María Campos, funcionaba solo una parte del equipo, que no se confundía exactamente con la redacción de Qué, donde en cambio colaboraban Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, entre otros. (Sobre ambos íconos del “pensamiento nacional” hay diversos intentos de desenganche que los sustraiga del equipo que integraron, materia digna de análisis específico).  Eduardo Calamaro con el buen desempeño de sus funciones de corrector de estilo inspiró un nuevo verbo: calamarizar, que era la última fase antes de publicar un documento o una nota. Y asimismo había más miembros en las sombras, como Real, de cuya pertenencia al grupo áulico Marcos Merchensky se anotició recién en 1963, en una reunión de la cúpula frigerista en Montevideo en el exilio, tras el derrocamiento de Frondizi. Frigerio, que apreciaba mucho a ese gran periodista que había dirigido El Nacional, decía con afecto que se debía evitar herir los prejuicios anticomunistas de no pocos amigos socialistas…

La incorporación de Carlos Florit, joven abogado que había sido discípulo del padre Julio Meinvielle, (fundador de los scouts católicos y luego inspirador de grupos de la derecha integrista), muestra la amplitud con que se reclutaba a los miembros del equipo, a quienes se les exigía compromiso con el proyecto antes que presentar un carnet de identidad ideológica. Florit estuvo a cargo del ministerio de Relaciones Exteriores en la primera etapa del gobierno de Frondizi. Asimismo muy jóvenes, Oscar Camilión y Horacio Rodríguez Larreta se sumaron en puestos relevantes de la Cancillería, donde Ernesto Sábato, amigo de Frigerio desde Insurrexit, tenía la responsabilidad de administrar las relaciones culturales. Albino Gómez también se sumó a las tareas en ese sector y cumplió funciones de redactor asimismo en Olivos, cerca del Presidente.

La heterogeneidad de los orígenes de los integrantes de la usina es la prueba quizás más contundente de la fuerza de las ideas, la inteligencia de los participantes y las coincidencias férreas con un método de análisis que se empeñaba en “separar lo esencial de lo secundario, identificando las tendencias fundamentales”, y elaboraba propuestas que significaban la superación de bloqueos que mantenían las condiciones del subdesarrollo, punto de partida de todos los enfoques que se propusieron entonces tanto para la economía como para la política y la cultura.

Hay que remontarse, como se dijo, a la generación del 80 para encontrar un grupo dirigente con tanto “sentido de la historia” y conciencia de su papel en ella. En los dos movimientos nacionales del siglo XX, el radicalismo y el peronismo, como así también durante los gobiernos conservadores de principios de la centuria, existieron sin duda personalidades relevantes y protagonistas destacados, pero no es posible hablar en estos casos de un equipo afianzado que aplicó un programa de transformaciones estructurales. Y en esa coherencia durante la gestión desarrollista, el liderazgo intelectual de Frigerio fue el factor determinante.

Este equipo se hizo un lugar en la historia enfrentando circunstancias poco propicias, por la profundos antagonismos que resultaron del gobierno justicialista y el revanchismo de los “libertadores”, pero no tardó en definir como “falsas antinomias” las que dividían facciosamente a los partidarios de una y otra posición, señalando que los intereses de todos tenían un punto de convergencia objetivo en la superación de las estructuras atrasadas del país donde regía un esquema agroimportador, que exportaba materias primas alimenticias e importaba bienes de consumo y los insumos industriales que requería para funcionar.    

El punto de partida para diseñar una estrategia nacional fue la lectura anticipada, a mediados de los cincuenta, de que la Guerra Fría, a pesar de su virulencia ideológica, no iba a desembocar en una guerra de exterminio nuclear y que por lo tanto se imponía de hecho una coexistencia pacífica que ampliaba el margen de operación de los países que tuviesen un programa claro para emerger del subdesarrollo. Otra vez: el ritmo para hacerlo era fundamental para que fuese exitoso.