A la captura del capital simbólico

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¿Rcuperación de una marca o relectura de los desafíos en la actual situación mundial?

El revival del desarrollismo y de sus figuras políticas (aún bastante restringido a Frondizi y Frigerio, dentro del leve movimiento actual revalorizador de sus aportes) puede ayudar a salir del actual encierro de la política argentina si se extraen de las particulares circunstancias históricas en que ellos actuaron algunas conclusiones metodológicas útiles para inspirar ambiciosas propuestas superadoras.

Si la historia solo se repite como farsa no tiene sentido la nostalgia ni la réplica de fórmulas que tuvieron su momento de luz y luego se reiteraron casi mecánicamente como consignas cada vez más fósiles. Importa el método, sobre el cual también hay una suerte de apropiación nominal, un mero intento de retención de una marca o propiedad intelectual, pero que no indaga sobre su esencia. Frigerio solía decir, cáustico, que quienes lo invocaban al voleo, confundían “método con procedimiento”. 

En la economía política nacional es un simplismo dar por concluida la etapa de sustitución de importaciones, allanando el país a la provisión externa de bienes y servicios que la Argentina puede brindar en grado de excelencia. Tanto como lo es, en el otro extremo, aplicar una política anacrónica, mediante el cierre de las fronteras económicas con el pretexto de forzar la industrialización, sin otro resultado que la crispación y el retroceso.

Así como en público no hacía alarde de su recurso metodológico al materialismo histórico, lo aplicaba con todo rigor a la hora de analizar los desafíos de la política y la economía.


La cuestión principal pasa ahora por determinar si el Estado Nacional puede garantizar la elevación de las condiciones de vida y de trabajo –es decir, del nivel cultural– de la totalidad de la población que alberga en su seno. Economistas actualizados, que se autodefinen como neoestructuralistas, asumen que eso no es realmente posible y proponen una administración progresista y sin dudas solidaria de la pobreza.

Tener en cuenta a todos parece un desafío difícil, si realmente se diferencian las declaraciones de los hechos y se apuesta a la mejora garantizando un piso creciente de igualdad. Operan en contra dos gigantescas tendencias que no son de carácter local: por un lado la producción se concentra a escala mundial, haciendo de la innovación una variable dependiente de la acumulación, que aporta un flujo ininterrumpido de avances técnicos, y por otro la tecnología resultante que, orientada específicamente a esos efectos, prescinde velozmente de la mano de obra poco o nada calificada. Lo que Jeremy Rifkin definió, bien provocativamente, como “el fin del trabajo”.

¿Puede aún el Estado Nacional presidir un proceso virtuoso donde se combine la iniciativa y la creatividad de los emprendedores con la ampliación de la inclusión social y el avance general de la educación y la cultura? Allí está, palabras más o menos, uno de los desafíos centrales de esta época y excede el propósito de esta nota desmenuzar sus implicancias.