A la captura del capital simbólico

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Hacia los nuevos paradigmas

A mediados del siglo XX el paradigma de la ocupación y la elevación social pasaba por el empleo industrial, que se proyectaba al sector agrario con la incorporación de maquinaria y agroquímicos, mientras un amplio abanico de servicios nuevos asistían esa transformación agilizando las transacciones y potenciando la producción. Ahora esto ocurre sin incorporar masivamente mano de obra, salvo la muy calificada.  

En el modelo industrialista del siglo XX el sindicato era la expresión orgánica de la clase obrera. Por eso, apuntémoslo de paso, el gobierno desarrollista promulgó la Ley de Asociaciones Profesionales que mejor expresaba a la clase trabajadora como un estamento con representación coherente: estableciendo una sola central obrera y un sindicato por rama de producción. El peronismo no llegó, ni en su mejor momento, a concretar ese encuadre que luego, en la OIT, fue considerado violatorio de la “libertad” sindical, consigna erigida en principio liminar, que sirve para un barrido y fregado. Pero si no hay representación democrática genuina en el seno de cada gremio, toda unidad es ilusoria y predominan en mayor o menor medida dirigencias enquistadas que obtienen para sí y sus propios intereses esa presunta representación.

Así, la cultura nacional está constituida por el conjunto de acciones que cada pueblo ha desenvuelto en las modificaciones de su ambiente, tanto con sus obras materiales como las expresiones espirituales, artísticas y científicas, y continúa haciéndolo.


Como un vendaval que arrasa las organizaciones de clase y diversifica las luchas sociales, ahora se anuncia el fin del sindicalismo con el pretexto de las variaciones que imponen al empleo las nuevas condiciones tecnológicas. En lugar de avanzar hacia representaciones más genuinas y más amplias se propugna un retroceso hacia el trabajador “libre” vendiendo su fuerza de labor al mejor postor. Así de retardataria puede ser la voz del presunto progreso. 
 
Nuestra hipótesis, siguiendo a Frigerio, asume que el Estado Nacional no ha agotado su función histórica, aún cuando la exigencia sobre la calidad de sus intervenciones haya aumentado notablemente. “Sintonía fina” es una expresión incorporada al lenguaje político, (lo cual de por sí ya es un indicio alentador en cuanto a la conciencia del problema), pero que dista de verificarse en numerosas acciones de la administración.

Representar al conjunto y orientarlo hacia formas superiores de convivencia es una tarea harto compleja. El viejo y siempre olvidado bien común vuelve por sus fueros, ahora que la humanidad ha resuelto su incapacidad anterior para solucionar los problemas básicos (alimentación, vestido, vivienda, educación) que caracterizaron las etapas históricas desde la Antigüedad hasta mediados del siglo XX o poco más.

Cuando el primer satélite ruso dio vueltas a la Tierra y la primera nave estadounidense se posó en la Luna, se había atravesado virtualmente el umbral de la escasez y solo restaba implementar los avances en materia agrícola (la revolución verde primero y la transgénesis auxiliada por la siembra directa después) y en las restantes esferas de la producción para que los flagelos del hambre, las enfermedades y el analfabetismo ya no fuesen nunca más barreras infranqueables que castigan a la especie.

Otro medio siglo ha transcurrido sin que se generalicen a todo el orbe los progresos que ahora son evidentes y palpables, configurando un escándalo inocultable que cuestiona la civilización misma y los valores universales que sobre ella se sustentan.

Rogelio Frigerio advirtió estas tendencias y las expuso, de un modo anticipatorio, casi más como un profeta que como un cronista, pues no se le ocultaba el sentido liberador de la revolución científico-tecnológica. Integración regional instrumento del monopolio (Ed. Hernández, 1968) es la obra donde expuso esa visión respecto de las tendencias mundiales, actualizando lo que había proyectado en Crecimiento económico y democracia, en 1963 (Losada), cuando todavía pensaba que la Unión Soviética crecería más rápido que los Estados Unidos y ello ampliaría y aceleraría las opciones nacionales de desarrollo independiente al equilibrar el poder económico con el militar.

Su último gran aporte fue Ciencia, tecnología y futuro (Sielp, 1987), donde insiste en que la revolución científico-tecnológica brinda numerosísimas y mejores opciones, en el abanico creciente de la producción cada vez más sofisticada, para que se multipliquen en cada país los impulsos del desarrollo, en el que incluía el despliegue de la creatividad y la cultura como manifestaciones elevadas de esos cambios, que veía contenidos, pero no excluyentemente, por los marcos nacionales. La nación, en la abstracción definida como una categoría histórica, es para Frigerio resultado de la labor múltiple del conjunto del pueblo, constituyendo la plataforma material y espiritual necesaria para ascender a niveles superiores de convivencia.

Los cambios se extenderán inexorablemente a todo el planeta y beneficiarán al conjunto del género humano, afirmaba Frigerio, pero no todos los pueblos llegarán al mismo tiempo al “reino de la libertad” ni mantendrán la riqueza y especificidad de cada cultura. Solo los pueblos que elijan un camino propio, incorporando fluidamente los saberes universales, arribarán al mundo-uno aportando las particularidades de su genio.

Y, por supuesto, creía que eso era posible hacerlo en la Argentina.

 

*Politólogo. Periodista y editor. Integrante del Club Político Argentino.