Bajo bandera

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Por Luis García Conde*

conscriptos

Forman, flanqueados por dos soldados profesionales, ataviados con bombachas, sobreros de ala ancha, pañuelos al cuello y calzados que no parecen de cuero. Varios de los retratados visten sacos estilo inglés. Aunque no llevan armas y tienen más apariencia de labradores que de militares, integran la primera camada de conscriptos de la joven República Argentina. Es verano, transcurre el mes de enero de 1902 y la foto ilustra el inicio de una historia ambigua, demasiado mechada de sinsabores y que mantuvo su vigencia durante las primeras nueve décadas del siglo pasado.

 

El año anterior, en diciembre de 1901, había sido aprobada la ley 4.031 de servicio militar obligatorio, auspiciada por el entonces ministro de Guerra, coronel Pablo Ricchieri.

 

La Ley de Registro Civil y de Matrimonio Civil ya había afianzado la incumbencia del estado en la vida privada, presencia reforzada también con la regulación de la higiene, del trabajo y fundamentalmente con la ley 1420 de educación  primaria, laica, gratuita y obligatoria. Finalmente, la ley de servicio militar obligatorio colocaba a todos los hombres, al llegar a la mayoría de edad, bajo bandera para servir a la patria durante uno o dos años, según el destino que les tocara en suerte.

 

En la Argentina del siglo XIX habían predominado las tropas irregulares y recién sobre fines de siglo se consolidó un único ejército nacional. El Colegio Militar había sido fundado en 1870, con el fin de educar a los jóvenes aspirantes. Hasta entonces no era necesario asistir a sus aulas para obtener un grado de oficial. Con la excepción de sus comandos, el ejército se integraba con voluntarios enganchados, delincuentes y reclutados por la fuerza, siendo la mayoría pobres y desocupados.

 

El hacer del nuevo estado en construcción hizo pensar a las clases dirigentes en otro modelo para sus fuerzas armadas y, a comienzos del siglo XX, una serie de reformas modificaron el carácter de la organización militar. El temor por la actitud de países vecinos, algunos de los cuales se habían batido en guerras y el poderío armado de Chile, abonaron la voluntad de crear un ejército más profesional. Como parte de esas decisiones, fueron contratados oficiales alemanes para que formaran a nuestros cuadros castrenses. La idea tuvo en consideración que el ejército alemán de la época despertaba admiración en Europa y en el mundo. Como resultado de aquella elección, la presencia germánica dejó una huella trascendente en el modelo marcial de organización de la defensa. La disciplina alemana reemplazo los códigos y modos españoles vigentes hasta entonces. La organización rígida y la regla fueron llevadas hasta el extremo en las nuevas pautas militares.

 

La mayor parte de las innovaciones en la fuerza militar argentina, ocurrieron durante la segunda presidencia del general Julio A. Roca y la introducción del servicio militar obligatorio, masculino y universal, fue la novedad más trascendente. Desde 1902, todos los jóvenes con veinte años cumplidos estaban obligados a incorporarse a la milicia. La ley, reformada en 1905, establecía un año de servicio en el Ejército y dos años en la Marina, realizándose la selección del arma mediante un sorteo. En adelante, las filas del ejército argentino se formarían con profesionales permanentes, de carrera, y contingentes anuales de soldados ciudadanos.