¡Dale que entramos!

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Por Luis García Conde*

conscriptos

Sonrisas, entusiasmo, algarabía. Todos quieren su lugar en el vehículo de alquiler. Algunos van en mangas de camisa, otros de traje y un chico, de guardapolvo, levanta bien alto su bandera.

 Es la nota del domingo. Los hinchas se reúnen para ir a poblar los tablones del estadio y vivar a su equipo, chiflar al árbitro, gozar de los goles, jugadas y bailoteos. En la tribuna, por una tarde, se olvidan edades, profesiones y clases sociales.

“Los nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por un rato, por obra y gracia de esos pases devueltos al toque, esas gambetas que dibujan zetas en el césped, esos golazos de taquito o de chilena…” escribió Eduardo Galeano para describir ese sentir, la explosión de vida popular  que envuelve a la multitud en una atmósfera mágica de sueños, colores y papelitos en el aire. La reunión estruendosa, desordenada. Los enojos y las euforias colectivas, los silencios nerviosos y la explosión coordinada de miles de gargantas en un solo grito. Un espectáculo asombroso: el fútbol. Tal vez el fenómeno cultural de masas más importante del siglo veinte.

El colonialismo inglés sembró en sus áreas de dominio o influencia tradiciones, gustos y costumbres; entre ellas sus deportes. El rugby y el fútbol arraigaron con fuerza en estas tierras de frontera.

Dice la tradición que los primeros partidos de fútbol en suelo argentino fueron disputados por marineros ingleses, en las cercanías de los puertos. Pero el “balón pié” recién se practicó con regularidad desde las últimas décadas del siglo diecinueve, gracias al agrupamiento social de los británicos residentes en Buenos Aires. Fueron los empleados ferroviarios, jugando en los terraplenes de las estaciones, quienes llevaron el fútbol a las provincias.

En sus comienzos fue el deporte de una minoría, exclusivamente británica. El réferi dirigía en inglés y los reglamentos estaban escritos sólo en ese idioma. Team, referee, linesman, forward, faul, córner… Los argentinos quedaban, ajenos y observaban con curiosidad el aparente sin sentido de correr pateando una pelota de cuero.
Fue en Quilmes, en 1899, donde un grupo de criollos fundó el Club Argentinos (luego llamado Argentino) de Quilmes, en oposición al Quilmes Athletic Club, y le quitó el monopolio del fútbol a los súbditos de la reina.

En pocos años, argentinizado, el fútbol se expandió en “picados”, de potrero en potrero y por todo el país.
Con el nuevo siglo, en 1901, nació la primera división y los primeros campeonatos. Los disputaron cuatro equipos: Alumni, Belgrano, Quilmes y Lomas. Alumni, el cuadro más destacado y varias veces campeón, se convirtió en el mito de los orígenes de nuestro fútbol.
Y los clubes se multiplicaron.