El largo camino de la participación

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Por Luis García Conde*

hormiga negra

Un niño sonríe. En el cuadro no hay mujeres. Los hombres, serios, miran la cámara que va a retratarlos. Es un momento tenso y solemne, acaban de abrir el canasto lleno de urnas electorales. Los fiscales de los diferentes partidos políticos y las autoridades oficiales, controlan el traslado. Aunque el escrutinio promete ser transparente, vigilan con atención las cajas que contienen la opinión del pueblo; están en el Congreso de la Nación y las custodian Fuerzas Armadas. El padrón militar es una garantía de transparencia, todos los que figuran en él pudieron sufragar.

 

La foto es de 1914. Rige el derecho al voto secreto y obligatorio para los varones mayores de edad, de acuerdo a lo establecido, dos años antes, por la ley 8.871 de 1912 (conocida como ley Sáenz Peña).

La trampa era hasta entonces una práctica común y la negación de la voluntad de las mayorías una característica del régimen. Ante ello, las nuevas clases medias urbanas presionaban por su derecho a participar. La elite -que gobernaba el país desde hacía varias décadas- había perdido legitimidad y su hegemonía era cuestionada. Las organizaciones obreras, los núcleos anarquistas, sindicalistas y socialistas, sumaban sus reclamos sociales y sembraban los tiempos del Primer Centenario con amenazas revolucionarias.

La clase dirigente tradicional estaba alarmada por este efecto imprevisto de la inmigración: la llegada de europeos con ideas contestatarias, doctrinas nuevas para los trabajadores nativos. Las revueltas proletarias en Europa, y la revolución rusa, habían aumentado el miedo del grupo gobernante y algunos de sus dirigentes reconocieron la necesidad de aliviar las demandas populares y ampliar las bases de sustentación del esquema político.

En relación con otros países, incluso considerando a los europeos, el voto universal masculino fue incorporado por la Argentina de manera temprana, anticipándose a su aplicación en países como Italia, Dinamarca, Países Bajos, Gran Bretaña, Irlanda, Canadá, Suecia, o Japón, entre otros.

En las clases dominantes crecían las contradicciones, eran sus propios éxitos los que habían creado las condiciones para el cambio. Había un Estado fuerte, un sistema educativo extendido, un desarrollo cultural urbano y una economía que crecía ofreciendo oportunidades. Aunque el modelo agro‑exportador todavía no estaba en cuestión, la Argentina del siglo veinte no aceptaba más el gobierno elegido por una ínfima minoría de terratenientes y poderosos comerciantes, que se mantenía en el poder político por medio de trampas y componendas; aquello no tenía futuro. Se había agotado el tiempo del prestigio indiscutido de “los notables” y de las aristocráticas familias “bien”.

 

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