El largo camino de la participación

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Un paso previo y de gran valor fue la ley 1420, de educación primaria obligatoria, sancionada en 1882, norma fundamental que con el siglo veinte iría dando sus buenos frutos. La Argentina llegaría a destacarse por sus altos índices de alfabetización y desarrollo cultural. La clase media, reforma universitaria mediante, aumentaría el número de profesionales universitarios hasta ubicarnos entre los países con mayor porcentaje de graduados en relación al total de sus habitantes.  

Luego, la llegada del peronismo al poder significó una marcada redistribución de ingresos y una generosa extensión de los derechos sociales.
De esta manera, en unas pocas décadas, con el sufragio verdaderamente universal (con la incorporación del voto femenino), con un buen sistema educativo, con más igualdad de posibilidades para acceder a una vida digna, y un piso de derechos garantizados por el Estado, la Argentina de los años cincuenta mejoró su vida democrática. Llegó el debate sobre los estilos y las formas, pero los habitantes de todo el país pudieron conocer cuales eran sus derechos políticos - sociales, y ejercerlos hubieran nacido ricos o pobres. Fueron los tiempos de la movilidad ascendente.

Por momentos, la sociedad pensó que ya nadie podría restringir esas conquistas. Para hacerlo tendrían que recurrir a la violencia. Y lo hicieron. Las conspiraciones y los golpes de Estado caracterizaron al siglo pasado. Las minorías privilegiadas no estuvieron dispuestas a aceptar mansamente la pérdida de prerrogativas y dedicaron sus esfuerzos a condicionar, o llanamente a derribar, los gobiernos representativos de la voluntad popular. En 1930, 1955, 1962, 1966 y 1976, por mencionar sólo los golpes de Estado más significativos, con sus crímenes, ajustes económicos y restricción de libertades y derechos, produjeron fuertes regresiones en el camino descrito.

Desde el retorno a la legalidad democrática en 1983, la sociedad viene recuperando espacios de participación y exige ser parte en las decisiones. Quiere ser escuchada no solo cuando vota, reclama ser gobierno día a día, en todos los temas y cuestiones. Democracia como gobierno del pueblo.

La reforma constitucional de 1994 introdujo buenos instrumentos como la Consulta Popular y la Iniciativa Popular, aunque permanecen como oportunidades desperdiciadas. Otras prácticas, como los presupuestos participativos, los foros vecinales, o las asambleas populares, avanzan en un buen sentido. Igual que el mayor compromiso de los jóvenes, que recientemente obtuvieron la posibilidad de votar a partir de los 16 años de edad.

Después de la grave crisis de los años 2001-2002, la población se lanzó a las calles a interpelar a funcionarios y dirigentes al grito de “que se vayan todos”, la indignación se mezcló con la exigencia de más y mejor  democracia.

Los reclamos exceden el ámbito estatal. También hay organizaciones civiles que se mantienen en deuda. Las asociaciones deportivas, las empresariales y sindicales, los partidos políticos, están aún muy lejos de ser un modelo de democracia y participación. Camarillas corruptas se aferran al poder y lo mantienen por décadas, obturando una sana renovación de sus políticas y conducciones.

La democracia, en su sentido más general, está muy lejos de ceñirse a sus aspectos puramente formales y extiende sus anhelos a toda la vida social. La democracia no está acabada, ni como sistema, ni como aspiración política, ni como utopía.

 

*Profesor de Historia. Investigador.

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