Samuel Kait

el .

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

La nueva tierra de promisión no fue tal, porque la desgracia se abatió sobre esta familia a poco andar: muere el padre y su madre, sin recursos, lo entrega al orfanato que funcionó en Cabildo al 3600 conocido como Asilo Argentino para Huérfanos Israelitas, donde se educó y aprendió su primer oficio: linotipista. Pero uno muy especial, porque dominaba el teclado en yddish, la lengua centroeuropea que hablaban los judíos asquenazíes de Buenos Aires.

 

No obstante esa iniciación “culta”, no quiso seguir estudios sistemáticos en la escuela, pues su vocación era el trabajo y en ello no había poca ideología. El socialismo primero y el comunismo luego lo contaron entre sus adeptos. Ambos partidos insistían en la formación permanente de sus militantes, lo que hizo de Samuel un lector tenaz y hasta, podría decirse, irredento.

 

Su alejamiento de las filas estalinistas a fines de los cuarenta tiene dos componentes interesantes. Por un lado Victorio Codovilla descabezó a la “Fede” y aunque Samuel integraba la estructura de adultos, con delicadas responsabilidades, vivió esto como un retroceso del partido que debía expresar la revolución en su propia dinámica; y por otro lado el hecho, cada vez más inocultable, de que funcionaba como una sucursal del Kremlim con escaso interés por insertarse genuinamente en las luchas sociales concretas de la comunidad argentina.

 

La asimilación de Samuel al país era tal que ya había hecho de él, precozmente, un “militante nacional”. Su formación era, sin embargo, la de un hombre de izquierda. Fue la experiencia laboral la que le permitió superar el sectarismo. Eso, y algunos encuentros que tuvo en su vida, que resultaron decisivos.

 

Del asilo salió recomendado para trabajar en una fábrica de aceite, pero hizo un curso como operario soldador para, con toda deliberación, “proletarizarse” y ser cabalmente parte del sujeto histórico encargado de transformar el mundo.

 

No desdeña entonces cualquier forma digna de ganarse la vida. Mientras avanzaba en su esfuerzo por convertirse en obrero calificado, vendía un insólito servicio casa por casa: fotografías ampliadas y coloreadas que las familias encargaban como retratos de sus seres queridos. Es difícil imaginar hoy aquello, entonces tan característico, de un simpático joven enarbolando muestras que llama a la puerta y convence a los vecinos de que, a partir de una foto cualquiera, iban a conseguir un espléndido retrato para exhibir en su sala…

 

A mediados de los 40 es ya oficial soldador, (proletario, pero pronto sin partido), en Aurora, fabricante de línea blanca, y luego ingresa a Talleres Nova, especializados en máquinas herramientas, donde llega a ser con el tiempo gerente comercial. En ejercicio de esa función recorre el país y empieza así su trayectoria como protagonista del movimiento industrial.

 

Desde la Asociación de Industriales Metalúrgicos de Rosario, Samuel Kait fue uno de los fundadores de la Coordinadora de Entidades Empresarias del Interior, que expresó a las pequeñas y medianas empresas que enfrentaron el proyecto desindustrializador de Martínez de Hoz.

Ya en los años cincuenta se integra a CAFMHA, la entidad gremial de los fabricantes de máquinas herramientas, desde donde actúa como vocal en la entidad de segundo grado, ADIMRA (Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina). Su trayectoria en la UIA ha comenzado.

 

Como protagonista de la actividad empresaria muestra la disciplina que lo caracteriza. En cada instancia del acontecer nacional toma posición, pero no se siente representado por las figuras recurrentes de la política: los socialistas, con Palacios a la cabeza, le parecen insustanciales, los comunistas solo miran a Moscú, los radicales están en la luna y los peronistas no avanzan hacia una industrialización completa, como cree que el país necesita.

 

Entonces se encuentra con Rogelio Frigerio y la amistad que forjan los enriquecerá a ambos.

 

Los presentó en 1963 Emilio Rognoni, un empresario cordobés que era socio de la firma Plegamet, de Villa María. La anécdota del encuentro se refiere a una cena, en casa de Frigerio, que no terminó sino en la alta madrugada, donde se habló de todo lo fundamental y un poco más. Al terminar, Samuel le preguntó a Rogelio: “¿qué hago desde mañana?” y la respuesta fue “ya se hará contacto con usted”. Quien lo hizo fue el ingeniero Héctor Valverde, un dirigente de larga trayectoria en la provincia de Buenos Aires.