LUGO: “En Paraguay se iba consolidando un proceso genuinamente democrático y participativo”

el .

(Tiempo estimado: 12 - 24 minutos)

El presidente paraguayo depuesto por un golpe parlamentario reflexionó sobre el proceso político en su país y los intereses económicos y políticos que motivaron su destitución. Manifestó su esperanza en la creciente participación ciudadana, incluso en un contexto adverso frente a las próximas elecciones. En relación al Mercosur, enfatizó la necesidad de superar las asimetrías existentes.

Por Ana Quiroga Larrieu* / Fotografía: Víctor Candia

Lugo

En pocos días se cumplirán cuatro meses de la destitución del presidente paraguayo Fernando Lugo. Aquel 22 de junio de 2012, a muchos nos parecía estar contemplando una imagen venida desde la noche de los tiempos. Estupefactos, veíamos por televisión como un mandatario latinoamericano, democráticamente elegido, que asumió con amplio apoyo popular y rompió con seis décadas de continuidad gubernamental del partido Colorado, aceptaba el veredicto de un Parlamento que montó una parodia de juicio político. Probablemente ilegal, sin lugar a dudas ilegítimo.

 

Para afrontar ese juicio los abogados defensores de Lugo contaron con apenas un par de horas. Fue una farsa sumaria, expeditiva, plagada de irregularidades y complicidades. Oscar Tuma, el diputado del Partido Colorado que acusó por mal desempeño de sus funciones a Lugo, fue el mismo que días antes había pedido al Congreso intervenir para desalojar a unos campesinos que reclamaban por tierras en una propiedad del ex senador coloradista Blas Riquelme, cerca de la ciudad de Curuguaty. En esa acción se generó un enfrentamiento, aun no esclarecido, en el que murieron 11 campesinos y 6 policías, conocida como la masacre de Curuguaty.

 

En esa destitución sumaria los medios de comunicación paraguayos de mayor alcance contribuyeron a presentar como un hecho investido de legalidad el accionar del Parlamento paraguayo, y naturalizar la destitución de Fernando Lugo, como si no se tratara de lo que se ha dado en llamar, en los últimos tiempos, un verdadero “golpe blando”. Los golpes blandos en América Latina equiparan hoy lo que en otras épocas se presentaba sin eufemismos como golpes de Estado, realizados generalmente bajo la forma de asonadas militares, tales como las que se vivieron en la región en los años ‘60 y ‘70.  Estas nuevas formas destituyentes son también, como antaño, estratagemas de poderes económicos y geopolíticos, enquistados en instituciones que solo en apariencia representan al conjunto ciudadano y tienen capacidad de poner en jaque a gobiernos legítimos y de signo popular. El caso de Fernando Lugo se inscribe en la misma línea de acontecimientos que enfrentaron los presidentes Rafael Correa en Ecuador (2010), el hondureño Manuel Zelaya, destituido en 2009 y, muy recientemente, Evo Morales en Bolivia.

 

Es necesario disociar el repudio imprescindible a la ruptura de los procesos democráticos en América Latina, de las valoraciones sobre el desempeño político o el cumplimiento de las expectativas de un electorado respecto de sus gobernantes. Considerar que la defensa irrestricta de nuestras jóvenes democracias significa avalar en bloque gestiones gubernamentales a las que se les puede asignar aciertos y desaciertos es una simplificación a la que la gente se resiste en Paraguay, en Argentina o en cualquier parte.